sábado, 11 de diciembre de 2010

FERTILIDAD

LOS SENTIDOS

María Luisa Arnaiz Sánchez


   “La dama del unicornio”, un juego de tapices compuesto por seis piezas, fue descubierto en 1841 por Prosper Mérimée, inspector de edificios históricos, en el castillo de Boussac y de su existencia dio cuenta George Sand, que solía alojarse en él. La tapicería describe los cinco sentidos, aunque el sexto tapiz encierra un misterio aún hoy sin desvelar, porque la tienda central contiene una leyenda que dice: “A mi único deseo”, objeto de múltiples conjeturas al no saber a qué pueda referirse tan críptico mensaje. Los cartones se hicieron en París y los tejidos, de lana y seda, en los Países Bajos a finales del siglo XV. El Museo de Cluny, Francia, alberga tan famosa obra.

LA VISTA

 EL OÍDO

 EL OLFATO

 EL GUSTO

 EL TACTO

 A MI ÚNICO DESEO

     Antoine Glaenzer en “La Tenture de La Dame à la Licorne: du Bestiaire d'Amours à l'ordre des tapisseries”, 2002, defiende que “la pareja perro – conejo que figura a menudo como emblema de la conquista amorosa en los tapices representa el jugueteo entre el amante y la dama, pues (sendos animales) encarnan las pulsiones masculinas y femeninas respectivamente”. Por consiguiente, según su hipótesis, el número de conejos en un tapiz simboliza la mayor o menor euforia y potencia eróticas. 

Detalles de los tapices

   Mi intención al mostrar esta serie de imágenes, que por lo general  suelen pasar desapercibidas y que, sin embargo, el artista las puso obedeciendo a algún criterio de su tiempo, responde a querer aducir unas mínimas pruebas sobre un hecho diferencial entre Oriente y Occidente a la hora de concebir y representar las ideas que nos modelan, aunque cada vez estemos más uniformados, o seriados, o aculturizados, sobre todo los más jóvenes. 


   Supongo que muchos sabrán que los sencillos modelos mentales del tipo “¿la botella está medio llena o medio vacía?”, “¿la bandera se mueve o es movida por el viento?, o la forma en que se dibuja la luna, una estrella, etc., aportan no solo la evidencia palmaria de cuáles son las nociones que nos han formado, sino a qué universo pertenece nuestro imaginario, pues cada pueblo tiene su peculiar manera de concebir y representar el mundo, además de que “como supuestos hondamente arraigados…influyen en nuestro modo de comprender el mundo y actuar” dice Peter Senge.


   En Occidente los conejos han sido el arquetipo de la fecundidad y de la procreación. De hecho se han asociado a diosas-madre, como Astarté, pudiéndose encontrar en la Biblia incluso la prohibición de comerlos, tal como mantienen los judíos, siguiendo la prescripción del Deuteronomio XIV, 7 y 8: “Pero estos no comeréis, entre los que rumian o entre los que tienen pezuña hendida: camello, liebre y conejo…ni cerdo, porque tiene pezuña hendida…de la carne de estos no comeréis, ni tocaréis sus cuerpos muertos”. 
  

   Incluso tuvo que haber en latín un cruce o juego de palabras entre las voces “conejo”, “cuniculus”, y “vulva”, “cunnus”, a tenor de lo que explica Cicerón para referirse a la causa de no expresarse de forma correcta: se alteraba el orden de dos vocablos para evitar una obscenidad (“cum autem nobis non dicitur, sed nobiscum? Quia si ita diceretur, obscenius concurrent litterae”), pues “cum nobis” podía entenderse como “cunnus bis”, o sea, “dos veces coño”. Por tanto, no cabe ninguna duda acerca de que “conejo” fue la metonimia de los genitales femeninos. 


   Por el contrario, en Oriente la tradición determina que los conejos habitan en la luna, ya que se interpretan las manchas oscuras del astro como si un conejo estuviera de puntillas, inclinado dentro de un recipiente, elaborando algo. Conforme a esta representación, en Japón se asegura que el conejo está haciendo mochi, una golosina a base de arroz molido, y en China se afirma que está fabricando medicinas mágicas.

 La liebre, Durero. Galería Albertina, Viena

   Cuando se mira un objeto, lo primero que se percibe según el psicólogo estadounidense James J. Gibson son “sus prestaciones, no sus cualidades” pero en la tapicería lo que salta a la vista es que los animales representados se ciñen al patrón: cazador – cazado. Así, el león frente al unicornio, el lobo frente al cordero, el halcón frente a la garza, etc. Ahora bien, ¿cuál es el significado que se atribuía a los animales diseminados por el tejido? O mejor, ¿se trata de presentar al mítico unicornio en un marco faunístico? Por no extenderme, solo citaré que el perro indicaba el amor conquistado, el periquito, el amante, el grifón, la fidelidad conyugal, el mono la lujuria (atado, la sujeción de los instintos), la gineta, la veleidad o la picardía, y la urraca, la seducción


   Si los animales fueron caracterizados por un rasgo constitutivo propio, cuyo significado era preciso conocer para poder interpretar una conversación, un lienzo, un poema, etc., lo mismo ocurrió con las plantas, de forma que fauna y flora se aliaron para crear un lenguaje secreto que, o bien se conocía, o bien se ignoraba la trascendencia de los mensajes.


   La rosa es el amado o la amada. El clavel es la pedida de mano. El pensamiento es el afecto o el recuero. La violeta es el deseo. Hay que tener en cuenta que el significado de los referentes es convencional y que en Oriente tienen su propia atribución. 

Jugando con conejos, finales del XV. Museo Condé. Chantilly

   Así pues, queda claro que los conejos en Occidente se asocian al amor físico y que la teoría propuesta por Antoine Glaenzer no anda descaminada. Las imágenes de conejos abundan (compruébenlo) e intentan hablar de la idea de fertilidad, lo que se esperaba de una pareja núbil a la hora de casarse. Por eso un avispado Hugh M. Hefner creó “Playboy” y las conejitas.


   Por la misma razón en el imaginario misógino que heredamos, no  se puede pasar por alto que el sexo trae disputas (dice Horacio: “Nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli causa”), pero es una fuente de placer que sería un grave error no disfrutar.



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