domingo, 5 de febrero de 2012

LA MUJER ADÚLTERA I

EL VIAJE

Antonio Campillo Ruiz
                                                            « Je comprends ce qu’on appelle gloire,
                                                             le droit d’aimer sans mesure. »
                                                                                 
                                                                                                            Albert Camus

   
   Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Albert Camus, Uno de los maestros de la filosofía existencialista y escritor de prosa tan precisa como penetrante. Su temprana muerte nos privó de un cambio en su pensamiento filosófico, en su estilo literario y en su concepción de una vida que estaba sufriendo muestras de renovación y revolución del pensamiento. Mi pequeño homenaje a su imborrable recuerdo es un canto a la libertad y rechazo a considerar siempre como normal aquello que queda establecido como adecuado, como cotidiano.
    
   “El exilio y el reino” de Albert Camus está formado por seis relatos y se publicó en 1957. En el primero de ellos, La mujer adúltera”, se patentiza lo que el propio autor pensaba: “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dichaEs muy frecuente que los lectores, críticos o estudiosos de esta obra, sepan de memoria su principio: Un matin d’hiver, en Algérie, dans un autocar brinquebalant aux glaces relevées en raison d’une tempête de sable, une “mouche maigre…” pero hoy me gustaría transcribir cómo se inicia la inquietud de una mujer casada mientras que acontece una tormenta de arena:

“Hacía rato que una mosca flaca daba vueltas por el autocar que sin embargo tenía los cristales levantados. Iba y venía sin ruido, insólita, con un vuelo extenuado. Janine la perdió de vista, después la vio aterrizar en la mano inmóvil de su marido. Hacía frío. La mosca se estremecía con el viento cargado de arena que rechinaba contra los cristales a cada ráfaga. En la escasa luz de la madrugada de invierno el vehículo rodaba, oscilaba y avanzaba a duras penas con gran ruido de ejes y chapas. Janine miró a su marido. Con aquellos espigados cabellos grises que nacían bajos en una frente apretada, su nariz ancha, su boca irregular, Marcel tenía un aspecto de fauno desdeñoso. A cada bache de la carretera le sentía saltar junto a ella. Después dejaba caer su torso pesado sobre sus piernas separadas, y de nuevo permanecía inerte, con la mirada fija, ausente. Únicamente sus gruesas manos lampiñas, que la franela gris que cubría las mangas de la camisa y las muñecas hacía parecer aún más cortas, parecían estar en acción. Apretaban con tanta fuerza una pequeña maleta de lona colocada entre sus rodillas que no parecían sentir el titubeante recorrido de la mosca.

De repente se oyó con nitidez el aullido del viento, y la bruma mineral que rodeaba al autocar se hizo aún más espesa. La arena caía ahora a puñados sobre los cristales, como arrojada por manos invisibles. La mosca agitó un ala friolera, se agachó sobre sus patas y alzó el vuelo. El autocar aminoró la marcha dando la impresión de que estaba a punto de detenerse. Después el viento pareció calmarse, la bruma se aclaró un poco y el vehículo recuperó velocidad. En el paisaje ahogado por el polvo se abrieron agujeros de luz. Dos o tres palmeras escuálidas y blanquecinas, que parecían recortadas en metal, surgieron en el cristal para desaparecer al instante.

—¡Qué país! —dijo Marcel.

El autocar estaba lleno de árabes que fingían dormir sepultados en sus chilabas. Algunos habían recogido los pies debajo del asiento y oscilaban más que los otros con el movimiento del vehículo. Su silencio, su impasibilidad, terminaban por resultar ominosos a Janine; le parecía que hacía días que viajaba con aquella escolta muda. Sin embargo el autocar había salido al amanecer de la terminal de ferrocarril, y hacía dos horas que avanzaba en la mañana fría por un páramo pedregoso, desolado, que al menos al principio se extendía en líneas rectas hacia horizontes rojizos. Pero se había levantado el viento y poco a poco se había tragado la inmensa llanura. A partir de aquel momento los viajeros no habían podido ver nada más; se habían ido callando uno tras otro para navegar en silencio por una especie de noche blanca, enjugándose a ratos los labios y los ojos, irritados por la arena que se infiltraba en el coche.

«¡Janine!» El grito de su marido la sobresaltó. Pensó una vez más en lo ridículo de aquel nombre, grande y fuerte, lo mismo que ella. Marcel quería saber dónde estaba el maletín de las muestras. Ella exploró con el pie el espacio vacío debajo del asiento, encontró un objeto y dedujo que era el maletín. De hecho no podía agacharse sin sofocarse un poco. Sin embargo en el colegio era la primera en gimnasia y sus pulmones eran inagotables. ¿Tanto tiempo hacía de eso? Veinticinco años. Pero veinticinco años no eran nada, porque le parecía que era ayer cuando aún dudaba entre la vida libre y el matrimonio, y que era ayer también cuando pensaba con angustia en el día en que quizá envejecería sola. No estaba sola, y aquel estudiante de Derecho que no quería dejarla nunca se encontraba ahora a su lado. Había terminado por aceptarle, aunque fuera un poco bajito y aunque no le gustara demasiado su risa ávida y breve, ni sus ojos negros demasiado saltones. Pero le gustaban sus ganas de vivir, algo que compartía con los franceses de aquel país. También le gustaba su aspecto lamentable cuando los acontecimientos, o los hombres, no respondían a sus expectativas. Sobre todo le gustaba ser amada, y él la había inundado de atenciones. Haciéndole sentir tan a menudo que ella existía para él, la hacía existir realmente. No, no estaba sola...

El autocar se abrió paso entre obstáculos invisibles con grandes toques de bocina. Sin embargo en el coche nadie se movió. De repente Janine sintió que alguien la miraba y se volvió hacia el asiento contiguo al suyo, del otro lado del pasillo. Aquel individuo no era un árabe y le extrañó no haberlo advertido al principio. Llevaba el uniforme de las unidades francesas del Sahara y un quepis de tela parda sobre un curtido rostro de chacal, largo y puntiagudo. La examinaba con sus ojos claros, fijamente, con una especie de hastío. De repente ella se ruborizó y se volvió hacia su marido que seguía mirando hacia el frente, hacia la bruma y el viento. Se arropó en el abrigo. Pero aún seguía viendo al soldado francés, alto y delgado, tan delgado en su guerrera ajustada que parecía fabricado con algún material seco y frío, una mezcla de arena y huesos. Fue entonces cuando vio las manos flacas y el rostro quemado de los árabes que iban delante de ella, y observó que parecía que estaban a sus anchas, a pesar de sus vestimentas amplias, en aquellos asientos en los que ella y su marido apenas cabían. Recogió junto al cuerpo los faldones del abrigo. Sin embargo ella no era tan gorda, sino más bien grande y llena, carnal y aún deseable —bien lo adivinaba en la mirada de los hombres— con su cara un tanto infantil, sus ojos frescos y claros, en contraste con aquel cuerpo grande que ella sabía tibio y relajante.”

Albert Camus

10 comentarios:

  1. Me he quedado maravillada de la impecable descripción que Camus hace, al principio de tu cita, de Marcel y el traqueteo del viaje: ese movimiento, tan difícilmente traducible a palabras que puedan visualizar imágenes tan complicadas de describir, lo ha conseguido de manera magistral.

    En cuanto al contenido, el deseo de estar o compartir la vida con alguien con el único fin de paliar la soledad o de tapar esas grietas de deseo de cariño o amor, es un mal asunto que nunca puede acabar bien. Las grietas se vuelven a abrir, y ese egoísmo acaba haciendo daño al arquitecto elegido para ese ensamblaje.

    Me ha encantado la cita de hoy, Antonio. Grande Camus.

    Un fuerte abrazo y buen domingo.

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  2. A descrição é impecável. Pelo visto o autor era um grande conhecedor da alma feminina.
    Um grande bj querido amigo

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  3. Imprescindible, Antonio.
    Por eso me gusta Camus.
    Es exacto, certero, breve.
    Lo contrario a lo cotidiano, creo.
    Gracias, otra vez.
    Alicia

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  4. Albert Camus es uno de los más grandes genios de las letras del siglo XX.
    Su obra, durante muchos años escamoteada a los españoles y, tras la transición y democracia, casi olvidada hasta hace dos años, es perfecta. Y, como dices, Marisa, sus descripciones son tan geniales que cuando el lector se sumerje en ellas las vive con una intensidad pocas veces conseguida en literatura.
    En cuanto al contenido, esperemos un poco y veremos hacia dónde nos lleva: el existencialismo nos ayudará a comprenderla.

    Un fuerte abrazo, querida Marisa.

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  5. Estamos de acuerdo, Recomenzar. Es una maravilla que vivimos con pasión, bebiéndonos el texto, visualizando lo que leemos.
    Nos sorprenderá mucho más.
    Me agrada que te haya gustado.

    Un fuerte abrazo, Recomenzar.

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  6. Pues para mí sí, amigo Enrique. Albert Camus es mi autor preferido.
    En ESCRITORES INMORTALES de este blog, el primero es Camus y puedes leer "La peste". Se encuentra completa.
    Te aconsejo que leas "L'Etranger" y, posteriormente, visiones la película de Luchino Visconti, 1967. Te sorprenderá Marcello Mastroianni y la pulcritud de Visconti.

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  7. Gisa, creo que Albert Camus conocía la vida de los humanos y, ¡como no!, el alma femenina.
    Por supuesto, su visión filosófica del existencialismo cambió la percepción del pensamiento humano.
    Tras Camus, la filosofía moderna inició unos "peculiares" cambios de los que se podría hablar durante mucho tiempo.
    Me alegro de que te guste Albert Camus.

    Un fuerte abrazo, Gisa.

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  8. Haces blanco en plena diana, querida Alicia.
    "Exacto, certero y breve", dices y expresas la síntesis de toda su obra.
    Con su peculiar estilo de perfectas frases cortas, parece esculpir obras de arte a las que se ha quitado todo lo innecesario.
    Como tú, creo que no es lo cotidiano, ni en forma ni en contenido.
    Me alegro mucho de tu gusto por la obra de Albert Camus.

    Un fuerte abrazo, querida Alicia.

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