domingo, 5 de noviembre de 2017

LA TIZA ROJA

EL ESCRIBIDOR NOCTURNO

Antonio Campillo Ruiz

 Karol Bak

   Aquella luz, tan potente como el sol de mediodía, proyectó sobre la pared en la que escribía su sombra, recortada, nítida, negra y amenazadora. Quedó quieto con la tiza roja en la mano. Sin mirar detrás de sí, percibió un rumor inquietante. Quietud y silencio. Tres renglones se leían en la blanca pared mancillada por su osadía. Con la lentitud del miedo, giro su cuerpo para adivinar qué habían roto su soledad. Deslumbrado, tapó sus ojos con un brazo y se dejó caer al suelo hasta  quedar en posición fetal. Un rumor de pasos se acercó hasta él y una voz atronadora leyó:

Moriré cuanto más goce tenga.
Cuando cada paso que de
mi cuerpo sienta más placer, alegría y amor

Karol Bak

   Se produjo un silencio en el gran grupo de personas que escuchaban. Voces inconexas, roncas y fuertes sonaron al unísono: “¡Continúa!” “¡Sigue leyendo!” “¡Termina!” La primera de las voces volvió a gritar: “¡No hay nada más, no le habéis dejado acabar…!”
No sabía desde cuando escribía por las paredes de la ciudad. Siempre de noche, a altas horas de la madrugada. Necesitaba quietud y soledad para expresar todo lo que en él bullía. Parte del día lo dedicaba a buscar paredes, de inmaculada blancura, para que fuesen pasto de su permanente tiza roja.

Tus muslos perciben
la suave caricia de unos dedos
que apenas rozan tu piel
suave, lujuriosa y tersa.
Inquietos, no quieren romper
el leve placer de tu sosiego
de tu ronroneo,
de tu calor excitante.

 Karol Bak

   Plenas de sus pensamientos, de sus desatinos, de sus perennes invocaciones a un placer que jamás tuvo, a un instante jamás experimentado, las paredes se resignaban a la pérdida de su virginal blancura y eran leídas por los conciudadanos que, como tumultuoso enjambra, le seguían sin que él se percatase. Cuando cambiaba de pared, aquella multitud se precipitaba y leía con avidez las inconexas palabras en rojo.

Aquella noche, el sonido
del trueno, amenazador,
las culebrinas quebradas,
retorcidas en su maldición,
lanzando espumarajos de luz
azulada por el desgarro,
cayendo desde el infierno negro
a la ciudad, te desvelaron.
Y recurriste a mí,
a mí, un pobre tocador de muslos
turbados y fugaces.
El inquieto sonido del aire
elevó tus gemidos hasta quebrarse.
Cuando chocaron  el profundo cielo
con un mar de látigos de fuego,
se quebró tu espalda en un suspiro.
Quieta, deshaciéndote en ti,
fuiste cayendo de la cresta de
aquella ola de fuego que
ardía en tu interior.
Te derramaste y me bautizaste
con la espuma de tus cabellos
sudados y calenturientos.

Karol Bak

   Aquella pared sufrió duros ataques con similares tizas rojas que trataron de hacer ilegible lo escrito la noche anterior. No se podía permitir que en tal lugar se escribiesen pensamientos, experiencias, hechos acaecidos o no, que fuesen leídos con avidez por personas que trataban de encontrar, durante el día, lo escrito durante la noche por aquel personaje del que sólo sabían que muchos de sus escritos eran copia exacta de pasajes sucedidos en muchas de las vidas de los lectores que ansiaban aprender a saber explicarlos, comprenderlos y volverlos a vivir con la pasión que expresaban los textos rojos. Describían pormenores que jamás habían explicado a nadie, ritos y pequeñas costumbres muy personales.

La Luna se apagó cuando
tu gemido se convirtió en
un sonido agónico.
Barrió con su oscuridad
ojos, piel, pelo y hasta tu suspiro.
Jamás creí que te recuperases
de la agonía de aquel placer.
De la angustia.
De la felicidad.
Del remolino de tu pelo.
De tu cara pálida.

La suavidad aterciopelada de tus muslos
se escapa al tacto de otra piel
que apenas roza.
El deslizante mar de calor
que desprenden al excitar el alma
agitan dedos ávidos y nerviosos.

Son mentira los duelos de
los que imploran.
El horror no es extremo.
El dolor es rencor.
El mal es poder.
El placer se agita entre tormentas.
Vivimos para el placer.
Morimos por haber sido maldecidos.

  Karol Bak
Antonio Campillo Ruiz

  

8 comentarios:

  1. Buenas tardes, Antonio.
    Lo de “tocador de muslos” me parece un sintagma glorioso.
    Tan bueno como la selección de elegantes mujeres de Karol Bak, a quien no conocía.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi querida amiga Anamaría, vuelo en pos de esos agasajos que muestran en cada una de tus palabras mi ferviente pasión por tu ingenio y genialidad. Has favorecido que crezcan en mis tobillos cuatro alas que, como Marcurio, me hagan volar en busca de un mensaje, una palabra, una letra, que llegue hasta ti para que la valores y me muestres el camino que sólo tú sabes trazar. Mi infinito agradecimiento. Un gran abrazo.

      Eliminar
  2. Amigo Antonio, después de leer tu relato he podido visualizar perfectamente a ese romántico y noctámbulo personaje, tizas rojas en ristre iluminando las paredes de la ciudad y seguido de ávidos lectores. Algo así como un flautista de Hamelín de la poesía.
    A las paredes, muros y muretes de nuestras calles les vendría muy bien que tu fantasía se hiciera realidad. Es espantoso el aspecto que ofrecen la mayoría de ellos. Pintadas reivindicativas de todo tipo. grafitis de dudoso gusto, cartelones de publicidades varias. Conciertos, normalmente de grupos con nombres imposibles; ferias comerciales, festejos taurinos, de algún circo decadente...y pegados unos sobre otros alcanzan a veces un grosor de uno o dos centímetros. Cuando con el paso del tiempo y la ayuda de algún que otro viandante, empiezan a deteriorarse, cuelgan espesos jirones donde se mezclan cantantes, toros y payasos en absurda amalgama.
    Total, que sería magnífico que tu sueño del poeta noctámbulo fuera una realidad y nuestras calles se convirtieran en poemarios al aire libre.
    Los textos hermosos y sugerentes. Las imágenes, exquisitas. Gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, mi querida Tía Conchi. Tienes razón. Colgajos cual piel seca y caída, rebosan en las pareces de la ciudad de vez en cuando. Sin embargo, a diferencia de los seguidores del “Escribidor…”, personas que aman el saber y adoran la fantasía, estos papeles amontonado incoherentemente, muchas veces no son sino embacaudores de nefastas veleidades de entretenimiento y limpieza cerebral. En muchas ciudades de este nuestro mundo, el mejor de los posibles porque no conocemos otro, existen trampantojos que inundan paredes de solares y lugares sin construir, retomando lo fantástico como real y bello. Bien, pues en el nuestro, País con una cultura como la inmensa del Siglo de Oro de las letras, deberían escribirse, a modo de realidades escritas, miles de poemas y cualesquiera otra alusión al saber y a la maravilla de lo creativo.

      Eliminar
  3. Siempre es emocionante leerte, amigo. Hoy me quedo con la última línea de tu emocionante post ... "Morimos por haber sido maldecidos"
    Un abrazo y feliz noche, maestro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las maldiciones, Enrique, sabes mejor que yo que son implacables, destructoras y mortecinas. Jamás deberían de haber existido si es que el bien existe. ¿Para qué maldecir el poco tiempo de vivencias inenarrables, placenteras y de ansias infinitas que la vida, ese don maravilloso, nos ofrece? Sí, morimos por el desajuste entre la maldición que no merecemos y la felicidad por la que luchamos. Un abrazo, querido amigo Enrique.

      Eliminar
  4. Ah, te robé el vídeo, claro: http://etarrago.tumblr.com/post/167276061368/ella

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Malo... maloso... Eres el mejor Arsenio Lupín del mundo mundial... Me encanta que traslades a tus amigos estas pequeñas películas con las que pretendo "engatusar" y adornar los textos. Un abrazo, Enrique.

      Eliminar