jueves, 21 de abril de 2011

RELIGIÓN Y LUJURIA

LEYENDA DE SAN PLÁCIDO

María Luisa Arnaiz Sánchez

Igor Samsonov

   Las supersticiones de toda índole y las más absurdas creencias en toda clase de hechicerías y morbos se fundían en las mentes de los españoles del XVII, época a la que se circunscribe la leyenda sobre la que hablaré. Ni siquiera personas instruidas escaparon a las supercherías que un siglo después combatiría el padre Feijoo, lo que demuestra la falta de crítica y cómo se modelaron las mentes en nuestro país. Así se presenta el conde duque de Olivares, cuya exacerbada credulidad le llevó a confiar en tretas tales como la que empleó Jerónimo de Liébana para embaucarlo: lo convenció de que había enterrado un hechizo en Málaga que surtiría efecto a partir de 1643 y gastó grandes sumas en que el astuto hechicero anulara el maleficio. Después, sospechando el fraude, lo envió a la Inquisición, que lo condenó a reclusión perpetua.

Igor Samsonov

   En 1615 Felipe IV, de diez años, se casó con Isabel de Borbón, de trece, hija de Enrique IV de Francia y María de Médicis. Aunque tuvieron siete hijos, su descendencia se vio malograda desde el primer momento: el príncipe Baltasar Carlos murió a los diecisiete años y solo sobrevivió María Teresa, casada con el Rey Sol. Esta desgracia y la necesidad de un heredero fueron la razón de que el valido del rey diera el puesto de médico de cámara de la reina a un clérigo menor con fama de brujo, Andrés de León, que había sido condenado dos veces por la Inquisición. El papanatismo llegó al extremo de que el antiguo fraile perfumó y bendijo diez camisas de la reina, “de lo cual echó unas purgaciones que impedían concebir.”

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   Tres episodios aureolan el reinado de Felipe IV: los presuntos amores de la reina con el conde de Villamediana; los del rey con la Calderona, cuyo idilio trajo al mundo a don Juan José de Austria en 1629, primer bastardo reconocido de la monarquía española; y las  sacrílegas aventuras lascivas del rey con las monjas del convento de san Plácido, en las que le sirvió de tercero el propio conde duque. Este suceso, entreverado de donjuanismo al más puro estilo nacional, está trufado por la fantasía pervertida y sensual, que ha hecho estragos secularmente en la psique de los españoles gracias a la represión sobre sus conciencias. 

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   El convento de san Plácido se fundó en 1623 en Madrid por doña Teresa Valle de la Cerda, que aportó veinte mil ducados para su construcción con el fin de ser la priora; con otros tantos ducados colaboró su pariente, don Jerónimo de Villanueva, protonotario del reino, en quien concitaron su odio los catalanes por ser el causante de la nefasta política en Cataluña de su amigo íntimo don Gaspar de Guzmán, el conde duque. La primera vez que el convento se vio envuelto en un escándalo público fue en 1628 y vino de la mano de don Francisco García Calderón, el confesor de la comunidad, que en Sevilla había sido tenido por alumbrado. La Inquisición prendió al libidinoso que tenía cincuenta y seis años, el cual, abusando de su autoridad, había provocado una ola de histerismo entre las treinta enclaustradas y lo procesó junto con veinticinco monjas.

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   Según las actas del proceso, don Francisco “aconsejaba a las monjas que no se mortificaran…las exorcizaba, las llamaba mi reina y mi chiquilla, las acariciaba e incluso, comía con ellas y llegaba a darles algún bocado en la boca” y es que los alumbrados mantenían que debían ayuntarse con varias mujeres para engendrar profetas. Dado el pasado del confesor, no extraña que satisficiera su lascivia con las que había persuadido de que los pecados sexuales eran gratos a Dios. El médico de las religiosas diagnosticó el caso como de posesión demoníaca y ellas declararon que “Peregrino raro”, un diablo, las poseía. Transcurrido dos años, se conoció la benévola sentencia: don Francisco fue condenado a encierro perpetuo en un convento, doña Teresa a cuatro años en el Real de Toledo y las demás monjas fueron diseminadas en diferentes monasterios.

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   Como el juez del proceso había sido malintencionado por ser enemigo del confesor, a los ocho años se revisó la sentencia y se absolvió a las monjas: “que…(las) sentencias promulgadas contra ellas no las obstan ni pueden obstar para ningún efecto”. La relación de este hecho con el conde duque estriba en la fama de “adivinadoras” que adquirieron las religiosas después de ser encausadas. Sabida la debilidad de don Gaspar por lo extraordinario y habida cuenta de su obsesión por carecer de descendencia -su única hija había muerto en 1626-, buscó en la  visionaria priora predicciones acerca de su capacidad genésica.  Sin embargo, la perversidad del pueblo, reprimido sexualmente, pronto “encontró” sentido a las visitas del privado a san Plácido.

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   Apareció un libelo -los enemigos del conde duque eran cientos- que describía una escena depravada, mezcla de religión y lujuria, que ha servido para perpetuar una calumnia: “llevó el Conde Don Gaspar de Guzmán a su mujer a San Plácido, y en un oratorio tuvo acceso con ella, viéndolo las monjas que estaban en él, de que resultó hincharse la barriga de la Condesa, y al cabo de once meses se resolvió, echando gran cantidad de agua y sangre, lo cual fue muy público en Palacio; y las monjas decían: o Dios no es Dios o esta señora está preñada”. También se escribió que once monjas habían contemplado el coito en representación de los apóstoles, sin Judas claro, para asegurar la coyunda. Las actas inquisitoriales dicen que todo consistió en oraciones y consejos, lo que parece lógico, y no en el lúbrico pasaje descrito.

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   Años más tarde el convento volvió a estar en candelero por algo que se dijo que ocurrió dentro de sus paredes y cuyo testimonio se debe a la pluma de Mesonero Romanos ¡un siglo después! Contó el madrileño que, estando juntos un día Felipe IV, el de Olivares y el notario Villanueva, este -¿intencionadamente?- encomió la belleza de sor Margarita de la Cruz y el sensual rey, disfrazado, acudió al locutorio monjil y quiso poseerla. La casa de Villanueva lindaba con el convento y fue fácil abrir la vía sacrílega para que el rey lograra su propósito pero, enterada la priora, quiso proteger a su pupila de la real lujuria: mandó a la monja que se hiciera la muerta y rodeó el estrado, donde se colocó, con cirios. Cuando el notario, que encabezaba la marcha, se topó con el espectáculo, hizo retroceder al rey y al valido. 

 Igor Samsonov

   Es obvio que el chascarrillo tiene todos los ingredientes de la genuina tradición macabra y donjuanesca española, sin embargo Hume lo difundió como verídico y consta que cada versión posterior le añadió algo nuevo como: “volvió el Conde sus baterías hacia la superiora y al fin consiguió su intento, pasando la adulación desde el sacrilegio a la irreligión…y puesta (la monja) en rica gala de azul y blanco, en traje de Concepción, se daban al lecho el Rey y la dama; y el Conde y Don Jerónimo, con dos incensarios, les daban oloroso perfume alrededor de la cama”. Si hubiera habido algo de verdad en este asunto, no cabe duda de que hubiera aparecido en otros libelos porque al de Olivares se le atribuían no pocas insidias.

Igor Samsonov

   Se cuentan más despropósitos e infundios acerca de esta leyenda que apuntan a interés difamatorio. Ya en 1629 Quevedo, enemigo de don Gaspar, había escrito: “El conde, sigue ‘condeando’ y el rey durmiendo, que es su condición. Hay, parece, nuevas odaliscas en el serrallo y esto entretiene mucho a Su Majestad y alarga la condición de Olivares para pelar la bolsa, en tanto que su amo pela la pava”. A tenor de lo dicho y para terminar, recordaré la décima anónima dedicada al convento de la “Concepción Real”, antigua residencia del conde de Chirel cuya hija había parido al primer bastardo de Felipe IV:

Caminante, ésta que ves
casa, no es quien ser solía;
hízola al rey mancebía
para convento después.
Lo que un tiempo fue y lo que es,
aunque con roja señal
y título en el umbral,
ella lo dice y enseña
que casa en la que el rey empreña
es la “Concepción Real”.

 Igor Samsonov

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NOTA IMPORTANTE.- El documento audiovisual que se adjunta es un montaje especial y libre de la película “El rey pasmado” de Imanol Uribe, 1991, para DACTYLIOTHECA. Además de ser una de las realizaciones más sobresalientes del cine español y poseer multitud de premios nacionales e internacionales, es probablemente la película española que más fielmente refleja la decadencia de un imperio y la degeneración de una dinastía.

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