miércoles, 22 de noviembre de 2017

DELICADA BELLEZA PRETÉRITA

EL ANTICUARIO

Antonio Campillo Ruiz


   Oler lo antiguo. No lo viejo. Viejo y antiguo no es lo mismo. Son dos definiciones y causas de que un objeto, sea cual sea, posea un valor y belleza especial o que solamente se trate de algo usado y desgastado por el paso del tiempo. Oler a antiguo es apreciar el aroma de una trastienda plena de objetos de todo tipo, apreciar otras épocas y su magia. Husmear entre antigüedades supone convertirse en un pequeño ratón que habita entre los entresijos de una coqueta, un cajón sin fondo completo o un jarrón.


   Los viajes en el tiempo son realizados con una facilidad sorprendente. Se saben estilos, tipos de objetos preferidos en cada época, nombres, terminología específica, trato… ¡Ah! El trato para llegar a un acuerdo beneficioso para vendedor y comprador. Psicológicamente es tan grato, tan de miradas escamoteadas de uno al otro, tensión en la voz y, como siempre, las ganas de vender o comprar. Este aspecto es determinante para quien posee una joya antigua y quien se enamora de ella.


   Entre los curiosos y habituales de las zonas en las que el anticuario establece su tienda, plena de objetos de todo tipo que poseen una edad de más de cincuenta años, llegando a alcanzar siglos cuando aparece una casa por desmontar, una habitación que siempre ha servido para almacenar colecciones de los bisabuelos o anteriores parientes, siempre se encuentran escritores, pintores “al minuto”, bohemios y personajes que engañan y son engañados, que viven y se adaptan a las condiciones de un mercado que, para muchos, es inútil, vano y exclusivo de grandes cantidades de dinero intercambiadas por extraños, a veces, a cambio de objetos de una belleza y finura extraordinarias.


   Aprender “el oficio” supone saber qué hacer con un objeto viejo para transformarlo en antigüedad. No es fácil. La restauración es un arte de perfección sin igual y multiplica el valor de cualquier pieza varias veces en función de su perfección. Sigue siendo algo viejo y no antiguo pero, ¡ah!, pobre comprador enamorado, su fin será acabar con ella y exhibirla como un trofeo en una vitrina a la vista de amigos y de él mismo. ¡Qué satisfacción poder disfrutar de la belleza esculpida, pintada, tallada! No, no es nada fácil adquirir una afición por unos objetos determinados o simplemente por la diversidad bella sin otro fin que admirarla y disfrutarla en la propia casa y entorno de vida. Cuando se adquiere, existe un grave problema que se interpone entre ella y el comprador, su originalidad, su alma, su origen, su trato con el anticuario, su precio, su categoría como objeto y aplicación posible y, por fin, su ubicación en el lugar idóneo para ser admirada.   


   Salir a buscar esa butaca modernista, ese jarrón estilo Carlos V de Bohemia, esa cerámica o esa lámpara de bronce a la cera perdida, única y majestuosa, plagada de medallones de cristal de La Granja, no es una labor nimia. Es muy costoso elegir, valorar, comprobar y dejarse llevar por el peculiar gusto de quien la encuentra y quien la ha limpiado, restaurado sin que se aprecie ni un mínimo defecto posterior. El anticuario es siempre paciente, trata de vender más de lo que compra, se debe adaptar al vaivén de los precios y el poder adquisitivo de un mercado que, posiblemente, no va a tener utilidad excepto para la exposición y el placer de ser contemplado.


   Lenta pero con maestría, llevará hasta el punto de no retorno a quien posee una atracción irresistible hacia aquel libro, carta de navegación o bastón. Cuando todo se resuelve con satisfacción para ambos, cuando el cambio se produce, unos papeles de uso cotidiano a cambio de luz, color, pincel de largo trazado, talla o repujado, se valoran como se debe, como un éxito de quien ha encontrado lo que siempre ha buscado. 

Antonio Campillo Ruiz


Se recomienda visionar el vídeo a plena pantalla. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

ABECEDARIO: J

JULIA

Antonio Campillo Ruiz
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.

Gustavo Adolfo Bécquer

 Ira Tsantakidou

   Julia sintió un escalofrío. Levantó levemente sus almendrados ojos color avellana por encima de las minúsculas gafitas de lectura y se encontró con dos faros verdes, fijos, impenetrables, incidiendo directamente en ellos. Con un suave movimiento dejó que las lentes resbalasen desde su nariz y quedasen colgando del cordón que rodeaba su cuello. Su turbación era desasosegante. La mirada verde incidía directamente es sus ojos, sin pestañear, hablándole con los miles de irisaciones que los cambios de luz reflejados en ellos destellaban de vez en cuando. Frente a frente, a una distancia no superior a un metro, la intensidad de la mirada la atraía y rechazaba. Cerró el libro que leía con parsimonia dejando la mirada quieta. Se recostó suavemente sobre el respaldo y trató de leer lo que estaba escrito en el espacio.

Ira Tsantakidou

   Julia, aquella mañana, en el baño reparador, había intuido que algo podría suceder aquel día. Quedó pensativa mientras el agua recorría su cuerpo y se rió. ¿Qué podría suceder? Pues, lo cotidiano. Iría al trabajo, con prisa, como siempre, se encontraría bien o regular, desearía terminar o se enfrascaría en su trabajo con intensidad. Lo cotidiano. Sin embargo aquellos ojos la atraparon con una intensidad nunca sentida. Y no se desviaban de los suyos. No recorrían su cuerpo ni observaban sin ver. Estaban hablando con los suyos en un lenguaje que no podía comprender. Con lentitud recorrió frente, pelo, labios y cara de quien se había atrevido a hablarle descarada, aguda y vehementemente.

Ira Tsantakidou

   Julia se sabía atractiva. Siempre decía de sí misma que sus pómulos sobresalientes y altos, sin formar huecos inoportunos, su ojos y sus labios formaban un conjunto armonioso y, posiblemente, cautivador. Bueno, era su opinión cuando delante del espejo se miraba sin una pizca de maquillaje. Jamás lo había usado. Su piel poseía la sencillez de la limpieza y la tersura de su tacto. De pronto la dirección de la luz verde fue bajando hacia el inicio de ese sensual canalito que separaba sus pechos. ¡Vaya con la luz verde, qué atrevida! Sin embargo no se movió ni un milímetro. Le agradaba que, como ella anteriormente, hiciesen un leve recorrido por su cuerpo. Pensó que estaba pensado en lo oculto bajo su leve ropa. Hacía todavía calor tras un verano pleno de luz y sol. Sus pezones se erizaron y su rigidez erecta casi traslucía. Se sonrojó un poco sin apartar la mirada de aquellos ojos que volvían a estar clavados en los suyos. ¿Cómo era posible que le sucediesen estas sensaciones? Tan temprano. Yendo a su trabajo. Sin esperarlo y sin haberlo soñado. La parada de su andén paso rauda y ella continuaba en su asiento. ¡No lo podía creer! Cuando, en la siguiente parada aquellos faros dejaron de iluminarla y marcharon sin volver a ser reconocidos entre la pequeña multitud, Julia, continuó el viaje y, en el siguiente recodo, bajó a los largos pasillos que la devolverían al sentido contrario para llegar, bastante tarde, a la mesa de su trabajo. Aquel día fue anodino. Sin sabor a nada. Su mirada estaba perdida sin ver los papeles, libros y personas que la rodeaban. Los ojos verdes quedaron en el olvido y pensó que, quizás, otro día, a otra hora volvería a sentir el sonrojo de ser admirada.  
Antonio Campillo Ruiz

Ira Tsantakidou

lunes, 13 de noviembre de 2017

NO ES EL PRINCIPIO NI EL FINAL

TRADUCIENDO A LA NATURALEZA

Antonio Campillo Ruiz


   Pocas veces se ha producido una reinterpretación y utilización tan prolífera de la traducción de la Naturaleza a notas musicales realizada por Ludwig van Beethoven. En medios escritos, dibujados, plasmados en imágenes estáticas, animadas en dibujos, imagen dinámica… en cualquier medio y reinventando que la Naturaleza posee tal diversidad y tan inmensa capacidad de ensueño, de ilusión, de pulcra y sobresaliente captación de las mínimas de sus manifestaciones que, Ludwig van Beethoven captó con los instrumentos que leían el más leve de sus sonidos o cambio medioambiental.


   Un fagot, una flauta travesera, violines, violas, trompas, todos y cada uno de los instrumentos representa y da vida a una flor, un escarabajo, una persecución en medio de una inmensa pradera que es sentida y valorada por el oyente que escucha con asombro y admiración la traducción realizada de unas imágenes soñadas y, posiblemente, jamás coincidentes entre dos espectadores, aun estando sentados en asientos vecinos de la platea. La sonoridad y la armonía de la Naturaleza se eleva por la sala de conciertos y aparece en una inmensa holografía particular ante músicos intérpretes y auditores silenciosos. Sí, es el movimiento Allegro. El indicado como: “alegre reunión de gente del campo…”



   No es el principio de la Sinfonía Nº 6 en Fa Mayor Opus 68, ''Pastoral'', interpretada por La Wiener Philharmoniker dirigida por Christian Thielemann, ni es el final. Escuchamos una parte que en su pasaje central, dedica, como toda ella, su atención a la Naturaleza que envuelve y a la vez intervienen, según criterio de quien la escucha, a los seres humanos en su pradera bucólica y verde. Nos trasladamos a esa campiña en la que, con mucho cuidado, procuramos no romper la más delicada de las plantas herbáceas que derraman su color y aroma cual si de una pintura impresionista se tratase.


   Breves carreras y caídas en la mullida yerba procuran la vivencia que niños y mayores proyectando al observar/oyente la paz de animales pastando, naciendo y creciendo en un lugar consagrado por y para ellos. Toda la orquesta rinde sus notas en una cohesión que contrasta con la libertad que depara el horizonte inmenso y el cielo que ilumina desde su mar azul con alguna ola de nube blanca un pequeño trozo de Naturaleza y de vida. La paz se ve alterada por la tormenta que, desatada tan súbita como violentamente, encoge el alma de quienes hasta ese momento se han sentido protegidos por la luz y el furioso viento arrasa, por un tiempo, todo cuanto se encuentra a su paso para demostrar que su poder es infinitamente más potente que el sopor de un sueño siempre pasivo y dulce. Apágase con la misma velocidad con la que apareció yendo a buscar nuevas cotas en las alturas inmensas de las montañas lejanas. 




viernes, 10 de noviembre de 2017

UN SER HUMANO DE PROFESIÓN ACTOR

FEDERICO LUPPI

Antonio Campillo Ruiz


   La Dama Negra ha vuelto a utilizar la sinrazón de una banalidad, un mínimo hecho fortuito, para arrebatar a un gigante humano que exportaba vida, ilusiones y continuo perfeccionismo en todo lo que hacía. En principio, atraído por los cómic para inmediatamente, el  teatro y el cine fueron la ilusión y profesión de un ser humano inmenso y en continuo cambio, adelantado en todo y contumaz defensor de la justicia y la paz. Nos lo ha arrebatado cor un zarpazo La Dama. Ha muerto Fedrico Luppi . La casual coincidencia con publicaciones y hechos de importancia relevante nos aparta, por unos instantes, de la luctuosa noticia humana y descansado e inmenso viaje feliz hacia la Pléyades, a las que ya habrá alcanzado y, posiblemente pasee, en este momento, con algún colega que, como él, se esforzó por ser un hombre de bien dónde y cuándo estuvo con nosotros.


   No, no existe biografía si no es la narrada por él mismo. Sería impropio de cualquier amanuense escamotear a un gran erudito y orador la particular forma con la que ha entendido y apreciado la vida y, a la vez, todo lo que de ella ha recibido.     




Si, en este caso, su centro de equilibrio ha sido el teatro, con el cine, tecnológicamente más incorrecto, donde la frescura de un vis a vis con el espectador, un mano a mano con la realidad que se debe crear y que, día a día cambia porque los cambios se producen con el paso mínimo del tiempo, facilita que los tic, los gestos minúsculos, la expresión en primerísimo primer plano, posean la inmensidad de una caracterización aparecida desde el interior de la persona que se transforma en un personaje al que no representa, lo asume, lo absorbe, lo duplica y el espectador lo puede leer sin escuchar absolutamente nada de sus pensamientos, jamás descritos narrativamente sino interpretados.
  


   Aderezados el cinematógrafo y el teatro, interpretados por Fedrico Luppi, con los excelentes directores y personas que intervienen en cada una de las manifestaciones de estos dos aspectos de la transformación, la realidad imaginada, el sueño fantástico que conlleva las vicisitudes propias de textos, imágenes, música, etc., la imaginación del espectador circundan al actor y lo elevan, como lo han hecho con Fedrico Luppi al enorme pedestal de los genios interpretativos.   





domingo, 5 de noviembre de 2017

LA TIZA ROJA

EL ESCRIBIDOR NOCTURNO

Antonio Campillo Ruiz

 Karol Bak

   Aquella luz, tan potente como el sol de mediodía, proyectó sobre la pared en la que escribía su sombra, recortada, nítida, negra y amenazadora. Quedó quieto con la tiza roja en la mano. Sin mirar detrás de sí, percibió un rumor inquietante. Quietud y silencio. Tres renglones se leían en la blanca pared mancillada por su osadía. Con la lentitud del miedo, giro su cuerpo para adivinar qué habían roto su soledad. Deslumbrado, tapó sus ojos con un brazo y se dejó caer al suelo hasta  quedar en posición fetal. Un rumor de pasos se acercó hasta él y una voz atronadora leyó:

Moriré cuanto más goce tenga.
Cuando cada paso que de
mi cuerpo sienta más placer, alegría y amor

Karol Bak

   Se produjo un silencio en el gran grupo de personas que escuchaban. Voces inconexas, roncas y fuertes sonaron al unísono: “¡Continúa!” “¡Sigue leyendo!” “¡Termina!” La primera de las voces volvió a gritar: “¡No hay nada más, no le habéis dejado acabar…!”
No sabía desde cuando escribía por las paredes de la ciudad. Siempre de noche, a altas horas de la madrugada. Necesitaba quietud y soledad para expresar todo lo que en él bullía. Parte del día lo dedicaba a buscar paredes, de inmaculada blancura, para que fuesen pasto de su permanente tiza roja.

Tus muslos perciben
la suave caricia de unos dedos
que apenas rozan tu piel
suave, lujuriosa y tersa.
Inquietos, no quieren romper
el leve placer de tu sosiego
de tu ronroneo,
de tu calor excitante.

 Karol Bak

   Plenas de sus pensamientos, de sus desatinos, de sus perennes invocaciones a un placer que jamás tuvo, a un instante jamás experimentado, las paredes se resignaban a la pérdida de su virginal blancura y eran leídas por los conciudadanos que, como tumultuoso enjambra, le seguían sin que él se percatase. Cuando cambiaba de pared, aquella multitud se precipitaba y leía con avidez las inconexas palabras en rojo.

Aquella noche, el sonido
del trueno, amenazador,
las culebrinas quebradas,
retorcidas en su maldición,
lanzando espumarajos de luz
azulada por el desgarro,
cayendo desde el infierno negro
a la ciudad, te desvelaron.
Y recurriste a mí,
a mí, un pobre tocador de muslos
turbados y fugaces.
El inquieto sonido del aire
elevó tus gemidos hasta quebrarse.
Cuando chocaron  el profundo cielo
con un mar de látigos de fuego,
se quebró tu espalda en un suspiro.
Quieta, deshaciéndote en ti,
fuiste cayendo de la cresta de
aquella ola de fuego que
ardía en tu interior.
Te derramaste y me bautizaste
con la espuma de tus cabellos
sudados y calenturientos.

Karol Bak

   Aquella pared sufrió duros ataques con similares tizas rojas que trataron de hacer ilegible lo escrito la noche anterior. No se podía permitir que en tal lugar se escribiesen pensamientos, experiencias, hechos acaecidos o no, que fuesen leídos con avidez por personas que trataban de encontrar, durante el día, lo escrito durante la noche por aquel personaje del que sólo sabían que muchos de sus escritos eran copia exacta de pasajes sucedidos en muchas de las vidas de los lectores que ansiaban aprender a saber explicarlos, comprenderlos y volverlos a vivir con la pasión que expresaban los textos rojos. Describían pormenores que jamás habían explicado a nadie, ritos y pequeñas costumbres muy personales.

La Luna se apagó cuando
tu gemido se convirtió en
un sonido agónico.
Barrió con su oscuridad
ojos, piel, pelo y hasta tu suspiro.
Jamás creí que te recuperases
de la agonía de aquel placer.
De la angustia.
De la felicidad.
Del remolino de tu pelo.
De tu cara pálida.

La suavidad aterciopelada de tus muslos
se escapa al tacto de otra piel
que apenas roza.
El deslizante mar de calor
que desprenden al excitar el alma
agitan dedos ávidos y nerviosos.

Son mentira los duelos de
los que imploran.
El horror no es extremo.
El dolor es rencor.
El mal es poder.
El placer se agita entre tormentas.
Vivimos para el placer.
Morimos por haber sido maldecidos.

  Karol Bak
Antonio Campillo Ruiz

  

lunes, 30 de octubre de 2017

COPIA SIN MALICIA

EL BASTÓN

Antonio Campillo Ruiz

Le moulin de la galette, 1876. Musée d’Orsay
Auguste Renoir

  Hasta el mediodía, Antonio no percibió que cuando puso un pie en el suelo desde su cama, muy temprano, iba a cometer tal cantidad de travesuras. Se detuvo y, mirando fijamente al infinito cielo azul, trató de obtener una explicación a los actos que estaba realizando sin ningún recato ni arrepentimiento. Los relacionó con el pequeño repaso que había dado la noche anterior a dos películas clásicas. Sí, era posible. “Veamos – se dijo – proyecté en la computadora “El testamento del Dr. Cordelier” de Jean Renoir, 1959, excelente película francesa realizada por el hijo de otro gran artista, Auguste Renoir, el gran pintor impresionista, que está basada en la novela  "The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde" de Robert Louis Stevenson. Y, “Toute une vie” de Claude Lelouch, 1974, bien diferente pero también un cine francés en estado de gracia”.

 
   Pues no, Antonio no encontraba razón para su comportamiento sino en la primera de las películas que había estudiado. ¡Claro! ¿Cómo no? Jean-Louis Barrault, su protagonista, durante su transformación en Mr. Hyde, Opal en la película, interpreta uno de los mejores papeles de la historia del cine y en ella, ¿cómo no?, Jean Renoir actúa en una interpretación secundaria, también muy convincente. La utilización del bastón, como en la película, las travesuras que pensaba, realizaba y sus  posteriores risas, su comportamiento inusual, se debía a esta “copia malévola” pero muy edulcorada, claro, sin el antagonismo planteado en el aleccionador guion entre el bien y el mal. La diferencia entre su actitud y la que Opal llevaba a cabo eran muy diferentes excepto en el bastón como elemento común. No resultó nadie lastimado sino, posiblemente, en la credulidad de los protagonistas.


   Antonio había cogido al salir de casa un bastón para, sin necesitarlo, pasear y moverlo como le había hacía mucho tiempo. Su blanca cabellera rala y larga, su larguirucho aspecto serio y su forma de caminar hicieron que, durante el trayecto hasta uno de los medios de locomoción de la gran ciudad, idease una sobreactuación que podría utilizarla para observar a caminantes y vecinos de viaje. Para ello debía de cimbrear el bastón con la alegría y, si era posible elegancia, como le había enseñado su abuelo. Siempre le decía:

-      Nene, el bastón debe tener una empuñadura bella y práctica. Si es posible debe poseer un punto de apoyo para el dedo índice y otro para el pulgar, de tal manera que, empujando con el pulgar y recibiendo el bastón en movimiento con el índice se eleve no más de 45º con respecto al plano del suelo. Ese es el ángulo. Si se eleva más es descarado y si lo hace menos parece que se necesita como tercera pierna.


   Realizando el paseo, en alguno de los pasos de peatones ralentizaba su caminar apoyado en el bastón hasta que, en varias ocasiones, caminantes anónimos le cogían del bazo y le ayudaban, a pesar de sus protestas, en el cruce. Ni qué decir de la entrada al medio de locomoción. ¡Apoteósica! Hasta cuatro personas, mujeres y hombres, se levantaron para dejarle el asiento al “señor del bastón”, posible traumatizado muscular, óseo o inválido. En ningún caso acogió su ofrecimiento sintiendo cómo los vecinos de viaje le miraban entre admirados y sorprendidos, tanto por su tenacidad como por su fortaleza. Al terminar su trayecto, su caminar era admirable y, patilargo como era, cimbreaba en el aire su bastón ante las miradas extrañas de quienes le habían tratado de ayudar, pese a él. La última “maldad” la realizó cuando, en otro medio de locomoción, encontró a un grupo de mozalbetes que ocupaban seis asientos. Antonio Pasó desapercibido y todos siguieron con sus bromas. Toco a uno de ellos en la pierna con el bastón y también con él, señaló el cartel, que sobre el asiento asignaba al mismo a personas minusválida. El muchacho volvió la cabeza y al leer el cartel se levantó inmediatamente cediendo su lugar. Su interpretación se acercó mucho a la de Louis Barrault. Ahí se acabaron los juegos. Fue la última "malicia" que realizó. Comprendió que los jóvenes no han experimentado el dolor ni saben de él.


   Fue entonces cuando percibió que la amabilidad, la bondad y el ánimo de ayuda entre los humanos es inmenso. Creyó comprender una necesidad de ayudar a quienes lo necesitan que une entre sí, con fuerza, a personas que sin conocerse, hablarse ni tan siquiera percibirse cuando se miran, ayudan a quien lo necesita sintiendo una especial atención por los más desfavorecidos. Este es el resultado de una evolución positiva de los humanos comprensivos, libres y con espíritu social. Aquel bastón, de empuñadura de bronce fundida a la cera perdida, único y con tallas de oro retocadas con precisión a mano, palo de madera de ébano y punta retocada pulcramente con adorno también de bronce, le enseño que el engaño, aun perteneciendo a un ensayo, broma o estudio del comportamiento humano, es innecesario y perjudicial para la honra y buen hacer de quienes son personas buenas por naturaleza. Su ensayo y divertimento lo dio por acabado inmediatamente. 

Antonio Campillo Ruiz

  
¡ATENCIÓN!
Las reservas de la propiedad intelectual permiten únicamente la exhibición de determinadas secuencias de la película “El testamento del Dr. Cordelier” de Jean Renoir, 1959. Sin embargo, la consecución de secuencias permite apreciar la transformación, de Cordelier en Hayd  (Opal), en idioma alemán y, posteriormente, si el lector espera unos segundos podrá visionar la escena en la que la maldad trata de imponerse, en idioma francés original.



lunes, 23 de octubre de 2017

PASEO POR LA VIDA Y LA MUERTE

EL CAMINANTE

Antonio Campillo Ruiz

Tomasz Alen Kopera Art

   Al leve arrastrar de la suela de los zapatos sobre aquellas losas antideslizantes, le seguía, cual perro faldero, el sonido de la cachaba cuando repiqueteaba en el suelo. Su cachaba procedía, según él, del árbol de la vida, directamente, de una de las ramas más rectas que había poseído y que él, con el mimo de no provocar daño ni derrames de savia, había cortado, con un ritual en el que consumió diez días. Era incapaz de recordar el tiempo que, una y otra vez, repetía su camino escribiendo una salmodia que le acompañaba y casi la cantaba sobre sus pasos. Todo nació de un no saber qué hacer pero que era imprescindible hacerlo. Se le ocurrió que caminaría, orientado y aprovechando sus largos paseos en lo que era de su agrado, nada de perder el tiempo con la cabeza hueca. Le resultó muy compleja la decisión de un trazado que no conllevase una monotonía de la que se cansaría con brevedad.

Tomasz Alen Kopera Art

   Valoró lugares, caminos, rutas más o menos aisladas. Así, a todos los caminos que podían resultar atractivos les fue clavando su especial espetón cual si fuese un mazo de bolillo. No se decidía y era, si no perentorio, sí importante para él. El día que tomó por el mejor de los caminos estudiados, se sorprendió a sí mismo de la osadía que había tenido. Daria sus paseos, cachaba en mano, por el cementerio del pueblo. Le pareció una idea genial. Nadie le molestaría, no existe contaminación atmosférica y saludaría a todos los amigos y familiares que se encontraban reposando después de una vida intensa, anodina, amañada, triste, solitaria o acompañada.

Tomasz Alen Kopera Art

   Todos su compañeros de paseo significaban para él un eterno renacimiento que, al igual que la rama que cortó, retalló nuevamente. Era el continuo germinar de las yemas que, una vez acartonada la piel viva de humanos, procuraban su transformación en seres que se autogeneraban en inmensos árboles, cuidadas luces que apenas tuvieron tiempo en el mundo conocido para alumbrar, en el amor llevado hasta el lugar que siempre pensó que deberían ocupar: la tierra directa, la fértil y bondadosa tierra que les haría crecer nuevamente y ser eternos en su esclavitud ante esa incontrolada y loca mujer, con manto y capucha para evadir la mirada directa, que no tuvo piedad de ellos. En estos lugares, tan diferente de los aportados por el mecanicismo del hombre, tendrían los cuatro elementos: aire, tierra, fuego y agua. Ellos les purificarían y favorecerían que su mutación se metamorfosease en un nuevo ser tan eterno como la Eternidad, tan bello como el Universo y tan pleno de felicidad como el resurgir de entre sus pobres y siempre tristes miserias.

 
Tomasz Alen Kopera Art

   Y, de esta forma tan sencilla, tras cuatro meses de pasear, leer lápidas, estar al tanto de todas las labores que sepulturero y ayudante hacían a diario, él paseaba con la paz, que bebía con delectación cuando sólo escuchaba el roce de sus zapatos sobre el suelo y el repique de su cachaba. Fue aprendiendo de todos sus convecinos, que le acompañaban en silencio, contándose, ellos a él y viceversa, desde anécdotas hasta locas pasiones, desde falsedades en los anagramas escritos acerca de muchos de ellos hasta pueriles formas de escamotear a la anciana censura prohibida, en un lugar denominado sagrado, que se desarrolló en etapas pretéritas y oscuras. Día a día eran más suyos, más queridos, más respetados y ayudaban a crecer a los enhiestos cipreses de le eternidad. Eran tan simples los censores que siempre se les escapaba el mejor textos porque estaba escrito en poesía, el más bello in memoriam que recogía el sentir peculiar de quien lo redactó en vida para sí mismo o cualquier anagrama, a veces pintado de prisa con un simple pincel, que era definitorio de un recuerdo tan sentido, como doloroso o alegre. Un amplio abanico de ilusiones perdidas y fracasos demoledores, al igual que motivos de felicidad que nunca eran reconocidos por deudos y llorones empedernidos.

 
Tomasz Alen Kopera Art

   Tejer el entramado de las calles, bien urbanizadas, del cementerio le gustaba hasta tal punto que todas las tardes, lloviese o tronase, siempre iba preparado para las eventualidades que pudiesen surgir. ¡Ah!, pero, eso sí. Respetaba los momentos en los que por circunstancias de la vida y la muerte, un sepelio tenía lugar cuando se encontraba dando su paseo. Jamás hizo sino ayudar en lo que fuese posible , discretamente. Tras la inhumación, solía terminar su camino para volver a casa y descansar.

Tomasz Alen Kopera Art
  
   Con el tiempo, años, se transformó en un guía para todos los que poseían interés en un anecdotario que, sin estar expresamente escrito, él lo llevaba consigo, en su cabeza, en su cerebro, como le gustaba decir. Árboles genealógicos nacieron y murieron con las preguntas a las que respondía sin pasión a familiares, o visitantes curiosos de su saber, con seguridad, con la entereza de saber que allí estaban con él abuelos, padres, hermanos, e incluso un hijo. Las mejores personas que habría podido encontrar en su camino y con las que le gustaba intercambiar opiniones e incluso chascarrillos que trataba de sonsacar a quienes no hablan. Cuando se cansaba se inventaba la historia y les decía a todos sus eternos amigos: “¿Veis como no es tan difícil que me contéis lo que sabéis?”
Antonio Camìllo Ruiz

Tomasz Alen Kopera Art

miércoles, 18 de octubre de 2017

EL NEGOCIO DEL GENOCIDIO

PUEBLOS PIGMEOS

Antonio Campillo Ruiz
“Desde que nos expulsaron de nuestra tierra,
la muerte nos persigue. Enterramos a gente
casi todos los días. La comunidad se está vaciando.
Vamos hacia la extinción.
Ahora todos los ancianos han muerto.
Nuestra cultura también se está muriendo.”
“HOMBRE MUTUA DE KALEHE, RDC.”

© Salomé/Survival

   “Los pueblos pigmeos" de África central son tradicionalmente cazadores-recolectores que viven en la selva tropical a lo ancho de la región. El término “pigmeo” ha adquirido una connotación negativa. Sin embargo, algunos grupos indígenas lo han reclamado como término de identidad. A pesar de ello, ante todo, estas comunidades se identifican a sí mismas como “pueblos de la selva”, debido a la importancia fundamental de la selva para su cultura, sus medios de subsistencia y su historia.

 © Salomé/Survival

   Cada pueblo es distinto, como los twas, akas, bakas y mbutis, que viven en toda África central, incluyendo la República Centroafricana, la República Democrática del Congo (DRC), Ruanda, Uganda y Camerún. Los distintos grupos tienen lenguas y tradiciones de caza diferentes, aunque cada comunidad se enfrenta a amenazas y retos diferentes, para muchos de ellos los principales problemas son el racismo, la tala y la conservación medioambiental. “Los pueblos ’pigmeos” están formados por una población aproximada de medio millón de personas.

 © Salomé/Survival

   Su profunda conexión con las selvas donde viven y que han venerado y protegido desde hace generaciones, es un elemento central de la identidad de estos pueblos. Jengi, el espíritu del bosque, es una de las pocas palabras comunes a las distintas lenguas que hablan los pueblos de la selva. No se puede subestimar la importancia de la selva como su hogar espiritual y físico, y como fuente de su religión, de sus medios de subsistencia, medicina e identidad cultural. Tradicionalmente, pequeñas comunidades se movían frecuentemente por territorios definidos de la selva, recolectando una gran variedad de productos del bosque, recogiendo miel silvestre e intercambiando productos con las sociedades sedentarias de la zona. Sin embargo, muchas comunidades han sido desplazadas por proyectos de conservación medioambiental y la selva que les queda ha sido degradada por la tala extensiva, el incremento del número de agricultores y actividades comerciales como el tráfico intensivo de carne proveniente de la caza de animales salvajes.

 © Salomé/Survival

   Pocos han recibido compensación alguna por la pérdida de su existencia autosuficiente en la selva, y se enfrentan a niveles extremos de pobreza y mala salud en los campos de reasentamiento en las afueras del territorio que un día fue suyo. En Ruanda, por ejemplo, muchos twas desplazados de sus tierras se ganan la vida haciendo piezas de cerámica y vendiéndolas. Ahora, este medio de subsistencia está amenazado por la pérdida de acceso a la arcilla a causa de la privatización de la tierra y la creciente disponibilidad de productos de plástico. Las únicas opciones que les quedan a muchos de los pueblos de la selva desplazados es mendigar o trabajar por una miseria. Las consecuencias de perder su tierra son demasiado previsibles: la caída progresiva en la pobreza, mala salud y la destrucción profunda de su identidad, cultura y conexión con la tierra. Esto crea una nueva “subclase” que requiere el apoyo del gobierno central. Allí donde las comunidades “pigmeas” siguen teniendo acceso a los recursos abundantes de la selva, de los que han dependido tradicionalmente, su nivel de nutrición es bueno. Cuando se ven desplazados de la selva, a menudo sin compensación o alternativas para ganarse la vida, su salud se deteriora rápidamente.

© Salomé/Survival

   Los pueblos que viven en la tierra de la que han cuidado desde hace siglos gozan de mejor salud y nutrición que sus vecinos que han sido desplazados de sus territorios. Un estudio informa que un 80% de los bakas sedentarios en Camerún tienen frambesía (una infección dolorosa de la piel). Otros estudios han demostrado que las comunidades “pigmeas” que viven en la selva registran tasas más bajas de muchas enfermedades, como malaria, reumatismo, infecciones respiratorias, hepatitis C y VIH, en comparación con poblaciones sedentarias bantúes que viven cerca. Además, las comunidades ya no tienen acceso a los productos medicinales de la selva de los que dependían, y corren el riesgo de perder su rico conocimiento tradicional de la medicina natural. La mayoría de las comunidades no tienen acceso a asistencia sanitaria debido a la falta de disponibilidad, fondos y al maltrato humillante. Los programas de vacunación pueden tardar mucho en llegar a los pueblos de la selva y existen informes de personas “pigmeas” que han sido discriminadas por el personal médico.

 © Salomé/Survival

   SEMBAGARE FRANCIS, cuenta: “Un día, estábamos en la selva cuando vimos a hombres acercándose con ametralladoras que nos dijeron que saliéramos de la selva. Estábamos muy asustados y empezamos a correr sin saber a dónde ir y algunos de los nuestros desaparecieron. O murieron o se fueron a un lugar que no conocemos. La consecuencia de la expulsión es que ahora todos están dispersos.” A la vez, los ingresos turísticos de algunos de los principales parques nacionales son sustanciales. Los turistas extranjeros pagan cientos de dólares por una excursión de un día para ver gorilas en Bwindi. Este dinero va al Gobierno de Uganda. Son los pueblos de la selva quienes pagan por ello.

© Salomé/Survival