martes, 26 de abril de 2016

ES SOLO EL PRINCIPIO … I

OIGAMOS Y VEAMOS  XIX

Antonio Campillo Ruiz


   Con una apertura como si perteneciese a una sonata con acordes muy delicados en las cuerdas, oboes y clarinetes provocan una transición lacónica que modula en conjunto, de forma efectiva, la Sinfonía nº 8, la conocida como “Inacabada”, de Franz Schubert, genera una melodía lírica con un acompañamiento sincopado suave. Este es interrumpido por un grupo de cierre dramático alterando todos los instrumentos pesados, intercalando con pausas y variantes de desarrollo de la melodía principal.

   La sección de desarrollo comienza con una nueva exposición tranquila del tema de apertura, una tonalidad generalmente reservada para el final de un movimiento y se eleva a un prolongado clímax, comenzando con una variante dramática del primer tema con la orquesta completa. Las flautas y oboes  retoman su papel melódico al final de ese arrebato dramático, la transición a la recapitulación, transformando el conjunto en una sonata ortodoxa, de reelaboración dramática, que allana el camino para los acordes finales.

Es aconsejable visionar el vídeo a plena pantalla y escuchar la sinfonía con muy buen sonido e incluso utilizando auriculares.


   La Sinfonía número 2 en Do menor “Resurrección” de Gustav Mahler  está compuesta para una gran orquesta sinfónica, un coro mixto, dos solistas (soprano y contralto), órgano, y un conjunto fuera de escena de metales y percusión. El uso de dos gongs, uno con afinación grave y otro más agudo, es particularmente original; al final del último movimiento se les puede escuchar tocando en alternancia de forma repetida. La grandiosidad de la Sinfonía requiere una orquestación tan majestuosa como ella. Gustav Mahler empezó su composición con pasión y en 1888, ilusionado acabó su único movimiento. Desalentado por consejos y críticas, no dejó de trabajar en ella añadiéndole tres nuevos movimientos, acabados en 1893 y el estreno mundial se celebró, bajo la dirección del propio Mahler el 13 de diciembre de 1895 en Berlín.

   Los movimientos de la obra y la concepción argumental que de cada uno de ellos realizó Gustav Mahler es:

I.          Allegro maestoso (21:10)
Representa un funeral y responde a preguntas tan fundamentales como: "¿Hay vida después de la muerte?"

II.       Andante moderato (9:24)
Recuerdo de tiempos felices de la vida que se ha ido apagando.

III.   [Scherzo] En fließender ruhig Bewegung (11:18)
Representa una completa pérdida de fe y considera un gran sinsentido a la vida y sus mezquindades.

IV.    Urllicht. Feierlich Sehr, Schlicht aber (05:05)
Un lied, es el renacimiento de la fe: "Yo soy de Dios, y retornaré a Dios".

V.        Im Tempo des Scherzo. Salvaje herausfahrend - "Auferstehn" (37:25)
Después de regresar a las dudas del tercero y las preguntas del primero, termina con un a un acercamiento al amor de Dios, y el reconocimiento de la vida después del fin: La Resurrección.

   La intervención de soprano, contralto y coro es la siguiente:

Coro y Soprano:

¡Resucitarás, sí resucitarás,
polvo mío, tras breve descanso!
¡Vida inmortal
te dará quien te llamó!
¡Para volver a florecer has sido sembrado!
El dueño de la cosecha va
y recoge las gavillas
¡a nosotros, que morimos!

Contralto

Oh, créelo, corazón mío, créelo:
¡Nada se pierde de ti!
¡Tuyo es, sí, tuyo, lo que anhelabas!
¡Lo que ha perecido resucitará!

Soprano

Oh, créelo: ¡no has nacido en vano!
¡No has sufrido en vano!

Coro

¡Lo nacido debe perecer!
¡Lo que ha perecido, resucitará!

Coro, Contralto

¡Deja de temblar!
¡Prepárate para vivir!

Soprano, Contralto

¡Oh, dolor! ¡Tú, que todo lo colmas!
¡He escapado de ti!
¡Oh, muerte! ¡Tú que todo lo doblegas!
¡Ahora has sido doblegada!

Coro

Con alas que he conquistado
En ardiente afán de amor,
¡levantaré el vuelo
hacia la luz que no ha alcanzado ningún ojo!
¡Moriré para vivir!

Coro, Soprano, Contralto

¡Resucitarás, sí, resucitarás,
corazón mío, en un instante!
Lo que ha latido,
¡habrá de llevarte a Dios!

Es aconsejable visionar el vídeo a plena pantalla y escuchar la sinfonía con muy buen sonido e incluso utilizando auriculares.
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sábado, 23 de abril de 2016

LA TORRALBA

UN CUENTO DE SANCHO

Antonio Campillo Ruiz

CAPÍTULO XX DE LA I PARTE

Montaje de "Don Quijote"(1955), de Pablo Picasso sobre el
"Trigal con segador a la salida del sol" (1889), de Van Gogh


De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famosol caballero en el mundo como la quell acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

—Pero, con todo eso, yo me esforzaré a decir una historia que, si la acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y estéme vuestra merced atento, que ya comienzo. «Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y advierta vuestra merced, señor mío, que el principio que los antiguos dieron a sus consejas no fue así como quiera, que fue una sentencia de Catón Zonzorino romano, que dice «y el mal, para quien le fuere a buscar», que viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté quedo y no vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos por otro camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos este donde tantos miedos nos sobresaltan.

—Sigue tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, y del camino que hemos de seguir déjame a mí el cuidado.

—«Digo, pues —prosiguió Sancho—, que en un lugar de Estremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir que guardaba cabras, el cual pastor o cabrerizo, como digo de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba; la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico; y este ganadero rico...»

—Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días: dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.

—De la misma manera que yo lo cuento —respondió Sancho— se cuentan en mi tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra, ni es bien que vuestra merced me pida que haga usos nuevos.

—Di como quisieres —respondió don Quijote—, que pues la suerte quiere que no pueda dejar de escucharte, prosigue.

—«Así que, señor mío de mi ánima —prosiguió Sancho—, que, como ya tengo dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba la pastora, que era una moza rolliza, zahareña, y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo».

—Luego ¿conocístela tú? —dijo don Quijote.

—No la conocí yo —respondió Sancho—, pero quien me contó este cuento me dijo que era tan cierto y verdadero, que podía bien, cuando lo contase a otro, afirmar y jurar que lo había visto todo. «Así que, yendo días y viniendo días, el diablo, que no duerme y que todo lo añasca, hizo de manera, que el amor que el pastor tenía a la pastora se volviese en omecillo y mala voluntad; y la causa fue, según malas lenguas, una cierta cantidad de celillos que ella le dio, tales, que pasaban de la raya y llegaban a lo vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreció de allí adelante, que, por no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e irse donde sus ojos no la viesen jamás. La Torralba, que se vio desdeñada del Lope, luego le quiso bien, mas que nunca le había querido.»

—Esa es natural condición de mujeres —dijo don Quijote—, desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho.

—«Sucedió —dijo Sancho— que el pastor puso por obra su determinación y, antecogiendo sus cabras, se encaminó por los campos de Estremadura, para pasarse a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras él y seguíale a pie y descalza desde lejos, con un bordón en la mano y con unas alforjas al cuello, donde llevaba, según es fama, un pedazo de espejo y otro de un peine y no sé qué botecillo de mudas para la cara; mas llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en averiguallo, solo diré que dicen que el pastor llegó con su ganado a pasar el río Guadiana, y en aquella sazón iba crecido y casi fuera de madre, y por la parte que llegó no había barca ni barco, ni quien le pasase a él ni a su ganado de la otra parte, de lo que se congojó mucho porque veía que la Torralba venía ya muy cerca y le había de dar mucha pesadumbre con sus ruegos y lágrimas; mas tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tenía junto a sí un barco, tan pequeño, que solamente podían caber en él una persona y una cabra; y, con todo esto, le habló y concertó con él que le pasase a él y a trecientas cabras que llevaba. Entró el pescador en el barco y pasó una cabra; volvió y pasó otra; tornó a volver y tornó a pasar otra.» Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento, y no será posible contar más palabra dél. «Sigo, pues, y digo que el desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvió por otra cabra, y otra, y otra...»

—Haz cuenta que las pasó todas —dijo don Quijote—, no andes yendo y viniendo desa manera, que no acabarás de pasarlas en un año.

—¿Cuántas han pasado hasta agora? —dijo Sancho.

—¿Yo qué diablos sé? —respondió don Quijote.

—He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues por Dios que se ha acabado el cuento, que no hay pasar adelante.

—¿Cómo puede ser eso? —respondió don Quijote—. ¿Tan de esencia de la historia es saber las cabras que han pasado por estenso, que si se yerra una del número no puedes seguir adelante con la historia?

—No, señor, en ninguna manera —respondió Sancho—; porque así como yo pregunté a vuestra merced que me dijese cuántas cabras habían pasado, y me respondió que no sabía, en aquel mesmo instante se me fue a mí de la memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y contento.

—¿De modo —dijo don Quijote— que ya la historia es acabada?

—Tan acabada es como mi madre —dijo Sancho.

—Dígote de verdad —respondió don Quijote— que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla ni dejarla jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues quizá estos golpes que no cesan te deben de tener turbado el entendimiento.

Miguel de Cervantes Saavedra

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martes, 19 de abril de 2016

MIRADAS DE LA VIDA

LA MIRADA EN EL ANTIGUO EGIPTO

Antonio Campillo Ruiz


No sé tu nombre, solo sé la
mirada con que me lo dices.

Mario Benedetti

   Los habitantes que tuvieron la oportunidad de vivir  en el período comprendido entre los años 1550 a 1069 a.n.e., el grandioso Reino Nuevo, espléndido apogeo de aquella civilización establecida en las riberas del fértil y benefactor río Nilo, el extenso Egipto, legaron a civilizaciones y pueblos foráneos hechos, sucesos y costumbres que, contemplados desde el transcurrir de un tiempo diferente y con una percepción incompleta, relatan aspectos que tratamos de descifrar con mucha lentitud y especial atención.

   
   Aquel día, la reina-faraón Hatshepsut había dictado unas novedosas leyes que nublaron la luz en los ojos de muchos agricultores que debían ceder parte de sus cosechas, muy duramente conseguidas, a los sacerdotes de los templos ricamente engalanados. Hatshepsut , obsesionada con la construcción de su inmenso hipogeo, no quería enfrentarse con los poderosos miembros de la comunidad sacerdotal y recababa su cuidado espiritual para alcanzar la eternidad.


   Su sucesor, Tutmosis III, vencedor de Mitanni, guerreaba y aumentaba las riquezas de Egipto, no sin antes obligar a gran parte de los hombres del pueblo y esclavos a poseer la mirada perdida, triste, por no poder contemplar su casa ni el sicómoro bajo el que se resguardaban de los ardientes rayos del divino Osiris. Luchar a las órdenes del gran Tutmosis era un honor que se debía pagar con la añoranza de una tranquila vida pintada en las pupilas.


   Y, con el paso del tiempo, cuando en las manifestaciones de alegría y benevolencia del reformador Akenatón, preocupado hasta el infinito por Atón y su esposa Nefertiti, los súbditos, ilusionados con el cambio que se producía en su próspero país, poseían una mirada de alegría, de una nueva pasión por vivir en la paz de ciudades modernas, dedicadas a la grandeza del nuevo dios y la prosperidad de todo el pueblo. Las expresiones de sus caras denotaban amor, un amor nacido de la amistad y el entendimiento entre los diferentes pobladores de las húmedas riberas del río en las que el papiro y el ibis convivían con ellos.


   Finas joyas talladas y metales tan amarillos como Osiris en su cenit eran atesoradas por el joven Tutankhamón para que acompañasen su ka y esperasen a su regreso del mundo de los muertos. Orfebres y celosos fundidores poseían una mirada  de admiración ante tales maravillas de la naturaleza. Las fueron acumulando en aquella casi desconocida tumba que acogió a un restaurador de las creencias y costumbres que vencieron a una renovación social que no pudo eliminar el poder de un clero que perdía sus grandes prerrogativas. Cuando el general Horemeb y, posteriormente, Seti I ocuparon el poder, se empezaba a respirar una nueva concepción del poder en un Reino grandioso.


   El pacto de paz con los hititas bajo el orden nuevo establecido por el longevo y gran Ramsés II, su esposa Nefertari y sus hijos, ayudó a que anhelo, paz, severidad, sorpresa, súplica, tristeza… la mirada de algunos seres humanos que fueron protagonistas de la grandeza de una civilización poderosa, conquistadora, implacable con los enemigos y generosa con los amigos, nos transmitiese una suerte de sentimientos que, trasladados a la piedra o madera por escultores y pintores, han llegado hasta nuestros días representando momentos cruciales de sus vidas. Poco a poco, la mirada de los egipcios languideció lentamente. A partir de Ramsés III, el poder de la monarquía se debilitó frente al creciente, ávido e inagotable poder del clero de Amón, el gran Dios de Tebas. A los egipcios se les nublo su mirada y el temor a una existencia siempre adocenada fue corroyendo a la sociedad hasta su total desaparición.
Antonio Campillo Ruiz  
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jueves, 14 de abril de 2016

¡¡¡MUCHAS FELICIDADES, QUERIDA REPÚBLICA ESPAÑOLA!!!

UNA TERTULIA A LA QUE DEBEMOS ASISTIR

Antonio Campillo Ruiz


¡¡¡FELICIDADES, QUERIDA REPÚBLICA ESPAÑOLA!!!

   Hoy, día de tu cumpleaños, aunque ya conoces estas anecdóticas reuniones, permíteme que recuerde una de las tertulias distendidas pero apasionadas en la que varios pensadores exponían pensamientos que todos podían valorar, criticar, aceptar o modificar. Si, así es, esto que en la actualidad es pura retórica, impertinente, plagada de ansias de poder por el poder y que posee grandes deficiencias por no aplicar los principios básicos que deberían regir el pensamiento y actos humanos.


   La mañana estaba clara y el sol lamía con suavidad a hombres, plantas y templos cuando, en la casa que Polemarco, hijo de Céfalo, poseía en el Pireo, Platón garabateaba unas notas y memorizaba gran parte de las opiniones que su amigo y maestro Sócrates, con su claro método mayéutico alumbraba aquellos espíritus a los que se refería, mientras Céfalo, padre de Lisias, el propio Polemarco, Eutidemo, Trasímaco, Carmantides, Citafonte y Adimanto, opinaban e intervenían en aquella larga y habitual charla. El diferente pensamiento de todos y cada uno de los presentes, desde sofistas hasta críticos de Platón, imponía un respeto y pluralidad dignos del mérito de un diálogo abierto.


   Sócrates, al analizar la justicia plantea que, si la justicia consistiese en decir la verdad y dar a cada uno lo que le corresponde, entonces estamos siendo justos al negarle a quien confió en nosotros su arma al encontrarse valedor en una hipotética pelea y solicitarnos su arma para dirimir el entuerto. ¿Se cometería un acto justo sabiendo que se encuentra en un estado tan alterado que le convierte en un ser irracional? Sócrates concluye que devolverle el arma en tal estado sería muy injusto e incluso nunca se le debe decir la verdad del motivo.


   Trasímaco expone que la justicia es “lo que le conviene al más fuerte”, aspecto con el que , Sócrates está de acuerdo. Trasímaco, siguiendo con su argumentación, afirma que el hombre justo sufre en todo lugar y, por el contrario, el hombre injusto siempre saca provecho de todo, así que, reprochar la injusticia no se hace por miedo de cometerla, sino por temor a sufrirla. Así pues, la justicia no se practica en beneficio de los demás, sino en el de uno mismo.

“Los hombres buenos no apetecen el gobierno por las riquezas ni por la honra, porque no son ambiciosos. Ahora bien, el mayor castigo para un hombre que no se decide a gobernar, es el de ser gobernado por otro inferior que él. Ese castigo empuja a los hombres de bien a intervenir en los asuntos públicos e interactuar mezclados con los ineptos, no por interés personal, ni por placer, sino por necesidad”


   Platón establece que La República es un ejemplo de subordinación del individuo al interés de la comunidad, bajo un régimen que hace cumplir la justicia, virtud prioritaria para Platón de entre las cuatro en las que reside la perfección del Estado:
La Templanza, El Valor, La Prudencia y La Justicia.

La Templanza es la justa medida intermedia, la que debe moderar los sentidos para que se impida la existencia de extremos.

El Valor se debe entender como la no cesión ante hipotéticos enemigos, sea cual sea la presión que éste infrinja.

La Prudencia, nacida de la sabiduría, el más alto grado del conocimiento, conduce a una conducta racional en la vida social en común.

La Justicia colabora estrechamente en una conducta social en la que cada hombre debe ocuparse de los asuntos propios y quienes están al servicio directo de la sociedad no debe tener intereses distintos al de realizar un buen gobierno.


   Platón termina su intervención afirmando que La Educación es el factor que decide la labor social que debe poseer el individuo, según sus méritos y aptitudes, siendo esta imprescindible y necesaria para establecer un bienestar social que alcance a todos los individuos de la comunidad.

¡¡BIENVENIDA, REPÚBLICA ESPAÑOLA!!!


Antonio Campillo Ruiz

sábado, 9 de abril de 2016

ABECEDARIO: E

EUGENIA

Antonio Campillo Ruiz

 Helena Nelson Reed

   Eugenia sintió un profundo pinchazo que atravesó su pecho. El inicio de un mal presagio se estaba gestando. En su pubertad, la abuela Catalina le repetía con frecuencia su cualidad diferenciadora: sería una mujer que podría sentir el tiempo. Nunca especificó qué tiempo sería pero estaba convencida de ello y repetía sin cesar una salmodia pagana premonitora de su afirmación. No, la abuela no era ninguna bruja, simplemente era una mujer que creía en el sonido del viento, el color de las nubes al atardecer y la niebla de la mañana. La Naturaleza la había dotado de una sensibilidad especial que, posiblemente, sería hereditaria. Los grandes ojos verdes de aquella muchacha púber que fue, poseían una vivacidad especial pero, con mucha frecuencia, destilaban un líquido incoloro que al llegar a su boca lo paladeaba salado. Se emocionaba con la voz recia, dulce y autoritaria con la que Catalina, la abuela, contaba historia tras historia, llevándola de la mano, por el inmenso bosque imaginario en donde se cruzaban caminos todavía desconocidos.  

 Helena Nelson Reed

   Eugenia se acaloró y jadeaba levemente tras subir el pequeño cerro en donde se encontraba “…el lugar más bello del mundo…” Los miles de aromas de un manto de plantas se unían al murmullo quedo y repetitivo del agua remansada, tan límpida  que reflejaba como un espejo el cielo, los árboles, e incluso su propia figura. Sí, su rincón era un remanso del río que, habiendo erosionado las débiles orillas formaba un ensanche que anegaba una buena extensión de terreno. Cuando niña se bañaba en él con sus amigos y hermanas casi todos los días del corto y caluroso verano. El pueblo se encontraba entre la ladera de las montañas y la inmensa llanura. Inspiró con fuerza, con mucha fuerza, tratando de que penetrase en sus pulmones aquel fresco que procedía de un entorno tan recóndito como apacible y desconocido. Se sentó en una lasca plana junto al agua que se deslizaba mansamente hacia la pequeña represa que existía en el curso del río. Quedó mirando embelesada el agua, los árboles, la tardía floración y las yerbas que, al pisarlas por la larga y empinada senda, desprendían un aroma a savia de heno embriagadora. Manejado como sabía hacerlo, el tiempo voló ante ella sumiso, como predijo la abuela Catalina. Tendió sobre el agua el manto de los recuerdos y ordenó, altiva, al tiempo que pintase en él las escenas que guardaba para ella. Los amigos se quitaban el calzado y se introducían en aquella agua cristalina. Buscaban piedras con diferentes franjas de colores y formas. Las más valiosas eran las planas, muy planas. Al lanzarlas como pequeños platillos voladores sobre la superficie del agua, saltaban una vez tras otra tal cual si poseyesen vida propia. Después, todo el grupo caminaba lentamente a través del agua pisando, delicadamente, un fondo rocoso que ocultaba oquedades en donde tenían sus pequeños nidos los cangrejos.

 Helena Nelson Reed

   Eugenia se sorprendió cuando una nueva pintura del tiempo le mostró cómo caminaba sola por el empinado sendero y al llegar a la pequeña laguna se empezaba a desvestir. Nerviosa, miraba sin cesar hacia todos lados como buscando a quien pudiese romper el rito que, diariamente, realizaba sin que amigos ni familia lo conocieran. Cuando sólo quedaba sobre su cuerpo los pequeños pantalones veraniegos, con cuidado, lenta y bien afianzada a una invisible cachaba, avanzó hasta el centro del gran remanso. La fría agua relajaba sus piernas y cuando lanzó delicadamente su cuerpo hasta sumergirlo, experimentó unos leves pinchazos que le recordaron el disgusto de aquella agua al sentir su superficie rota y alborotada. Nadaba muy apaciblemente cuando sintió una extraña caricia en sus pequeños y erectos pezones. Sus pechos, en la primera fase de formación todavía, se electrizaron y con rapidez trató de ponerse de pie. Un doloroso roce en las rodillas le indicó que el lecho se encontraba, en esa zona, a muy poca distancia de la superficie del agua. Comprendió con rapidez lo sucedido. Las redondeadas piedras del fondo, aquellas que buscaban con afán ella y los amigos, le habían acariciado sus pezones debido a la escasa profundidad. ¿O había sido por otro motivo? Nunca lo supo y volvió a soñar con aquel instante que nunca desaparecía de un recuerdo tan especial como celosamente guardado.

 Helena Nelson Reed

   Eugenia miró hacia todos lados. Comprobó que se encontraba sola con el tiempo, el agua y la naturaleza y empezó a desvestirse como hacía tantos años. Con sólo sus pequeños pantalones cortos se fue introduciendo en la laguna y nadó ansiosamente hacia el lugar donde se encontraba el bajío con gran cantidad de pequeñas piedras redondeadas.  

miércoles, 6 de abril de 2016

BELLEZA Y DESTRUCCIÓN

DESDE UNA CATEDRAL A UNA ERUPCIÓN

Antonio Campillo Ruiz

NGC 6357: Catedral de estrellas masivas


NASA, ESA, Jesús Maíz Apellániz (IAA, España)
y Davide De Martin (ESA / Hubble)

   ¿Cuánta masa puede tener una estrella normal? Estimaciones realizadas en función del brillo y modelos solares estándar una estrella en el cúmulo abierto Pismis 24 posee más de 200 veces la masa de nuestro Sol, por lo que es una de las estrellas más masivas conocidas. Esta estrella es el objeto más brillante situado justo por encima de la parte delantera de gas en la imagen que se muestra. Una inspección detallada de las imágenes tomadas con el telescopio espacial Hubble, sin embargo, han demostrado que Pismis 24-1 posee su brillante luminosidad no de una sola estrella sino de al menos tres estrellas cuya masa independiente de cada una se acerca a 100 masas solares, lo que las reafirma como las estrellas más masivas actualmente halladas a lo largo de la historia. Hacia la parte inferior de la imagen, las estrellas aún se están formando en la nebulosa de emisión NGC 6357. Apareciendo, tal vez, como una catedral gótica, estrellas energéticos cerca del centro parecen estar rompiendo e iluminando un capullo espectacular.

3D Ahuna Mons


NASA, JPL-Caltech, UCLA, MPS / DLR / IDA

   Saquen sus gafas rojo/azul y miren a través de Ceres las misteriosas montaña Ahuna Mons (para apreciar la sensación de tridimensionalidad es imprescindible que se utilicen unas gafas caseras que posean un filtro, cristal o celofán transparente, en un ojo y uno azul en el otro). Se muestran en una vista en perspectiva 3D anagriflo. Los datos de la imagen en mosaico fueron capturados en diciembre de 2015, captados desde la órbita de baja altitud de la nave espacial Dawn a unos 385 kilómetros por encima de la superficie de la cúpula del planeta enano Ceres. Con empinadas paredes lisas, Ahuna Mons posee una altura de unos 4 kilómetros siendo su cumbre aplanada, similar en tamaño a las montañas que se encuentran en el planeta Tierra. Ninguna otra superficie cereana es tan alta y bien definida. No se sabe cuál fue el proceso de formación de la solitaria Ahuna Mons, o si el material brillante de su lado más empinado es el mismo de los famosos puntos brillantes de Ceres.

La W de Casiopea


Rogelio Bernal Andreo (Cielo Profundo colores)

   Un familiar zigzag, modelo W en la constelación de Cassiopeia norte está trazado por cinco estrellas brillantes en este mosaico colorido y amplio. La escena celeste incluye nubes oscuras, nebulosas brillantes y cúmulos estelares a lo largo de la Vía Láctea. En tonos amarillo-naranja se distingue la estrella alfa Shedar de Cassiopeia. La estrella gigante de color amarillento es más fría que el Sol, a pesar de poseer más de 40 veces el diámetro solar, y tan luminoso que brilla en la noche de la Tierra a sus 230 años luz de distancia. Una estrella masiva y brillante, que gira rápidamente en el centro de la W, Gamma Cas, se encuentra a unos 550 años luz de distancia. Azulada, Gamma Cas es mucho más caliente que el Sol. Su intensa radiación ultravioleta, invisible, ioniza los átomos de hidrógeno en las nubes interestelares cercanas para producir la emisión H-alfa roja visible y como los átomos, se recombina con los electrones. Por supuesto, los observadores del cielo de la noche en el sistema estelar Alfa Centauro, pueden identificar también la silueta reconocible trazada por estrellas brillantes de Cassiopeia. Pero desde su perspectiva, a tan sólo 4,3 años luz de distancia, el propio Sol es una estrella brillante en Cassiopeia, extendiendo el modelo de zigzag más allá de su borde izquierdo.

Saturno en neón


Equipo VIMS, U. de Arizona, la ESA, la NASA

   Si se fotografía con la luz adecuada, Saturno brilla como una luz de neón. Aunque Saturno tiene comparativamente poco neón, una imagen compuesta en falso color en tres bandas de los puntos destacados de luces infrarrojas características del planeta gigante anillado, lo muestran como una señal luminosa. En la banda más azul de la luz infrarroja ofrecida, azul falsa de color en la imagen superior, el mismo Saturno aparece oscura, pero los delgados anillos de Saturno reflejan intensamente la luz de nuestro Sol Por el contrario, el anillo B de Saturno es tan espeso que la luz reflejada se percibe mal, creando una banda oscura entre los anillos A y C del planeta. En la banda más roja de los infrarrojos, de color rojo falsa, Saturno emite un resplandor térmico sorprendentemente detallada, indicando bandas de todo el planeta, enormes tormentas huracanadas, y un sistema de nubes en forma de extraño hexágono alrededor del Polo Norte. En la banda del infrarrojo medio, de color verde falso, el lado iluminado de la atmósfera de Saturno se refleja de forma brillante. La imagen fue obtenida por la sonda robótica Cassini que orbita a 1,6 millones kilómetros de Saturno.

Una erupción solar de SDO 

   Uno de los más espectaculares lugares solares es una protuberancia resultado de una erupción. La sonda Sun de la NASA captó imágenes a la nave espacial Observatorio Dinámico de una impresionante erupción en la superficie solar. La explosión, dramática, fue captada en luz ultravioleta en el video de time lapse que capta imágenes durante más de 90 minutos, en fotos con una temporalización entre imágenes de 24 segundos. La escala de la prominencia es enorme. La Tierra entera encajaría fácilmente debajo de la cortina de flujo de gas caliente. La protuberancia solar se  mantiene por encima de la superficie del Sol debido a su campo magnético. Una erupción de este tipo, en reposo, suele durar alrededor de un mes y puede expulsar una gran masa de la corona solar. El mecanismo de energía que crea una protuberancia solar sigue siendo un tema de investigación.

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Equipo de la NASA / Goddard / SDO AIA


sábado, 2 de abril de 2016

LA VIDA ETERNA

PABLO GENOVÉS

Antonio Campillo Ruiz
La mayor libertad nace
del mayor rigor

Paul Valéry


   Habitar en el tiempo. Observar un presente que nunca tuvo pasado o, por el contrario, un pasado sin futuro. Escuchar la imagen. Visionar los sonidos que conforman una eterna salmodia que empapa los cambios que se producen en una arquitectura peculiar, eterna, sin relación de estilos pero con el poder de escuchar, en el eco de la sonoridad de sus recintos, palabras de reconvención, de dudas irracionales y mandatos de obligado cumplimiento.


   No existe reconstrucción. La destrucción se encuentra íntimamente atrapada por su propia obsolescencia. Todo fluye y todo se transmuta a causa de una potente Naturaleza maltratada y despreciada por quienes están convencidos de una doma que utiliza malos tratos, espavientos y grandeza mínima comparada con la indomable fuerza de lo natural, lo que se transforma.


   Nada se desmorona si no es a causa de su propia debilidad o de la inseguridad de los pequeños seres endiosados a imagen y forma de no saben quién pero convencidos de su existencia. Una existencia eterna pero cambiante ante el lento oscilar de la nave que viaja a velocidades inmensas e incomprensibles. Una existencia pensada pero nunca vivida entre miles de formas, normas y una aparente creatividad que muere con la misma rapidez con la que se ha concebido. Movimiento sin movimiento ni en el espectador ni en la realización. Unas formas, animadas e incluso mal adaptadas a la técnica, con defectos que el espectador asocia a la propia imperfección perfecta de lo pretendidamente expresado y difícilmente captado.


   Pablo Genovés y su padre, Juan, expresan, al unísono y en diferentes salas, sus fantasmas, sus luchas, sus miedos, premoniciones imaginadas por Pablo y experimentadas por Juan. Conocidas pero olvidadas por muchas personas que, a causa de su dejadez, se pueden encontrar con una repetición de vivencias jamás asumidas y causantes de un agónico paso del tiempo en la obra de Juan Genovés, expresado en la publicación precedente. Tiempo detenido y tiempo imaginado por Pablo Genovés, veloz, destructor e imaginado en una realidad tan virtual como el medio de representación.

 Antonio Campillo Ruiz

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domingo, 27 de marzo de 2016

MULTITUDES

JUAN GENOVÉS

Antonio Campillo Ruiz
“Sólo me preocupan las
personas y las agresiones
a que se ven sometidas”

Juan Genovés


   “Vae victis”, gritó el jefe galo Breno arrojando su espada para aumentar el peso en el platillo de la balanza donde se determinaba el rescate solicitado a Roma. “¡Ay, de los vencidos!” recorrió como el viento los lugares en donde tenues sombras vagaban en su errático caminar hacia cualquier dirección. Desasosiego permanente. Huida ante la barbarie. Desesperación y muerte. Un rayo de luz que apaga el gris, el negro de dolor, de lágrimas, de luto. Expresividad de una etapa que marcó, a sangre y fuego, una represión alimentada por el fanatismo del poder decisorio, de la discriminación, de un silencio obligado que sólo se pudo escuchar desde lugares mutilados sistemática e impúdicamente por vencedores de su propio fracaso como personas. Expresividad de la obra de Juan Genovés.


   Una década después de la cruenta agresión a la libertad por los desalmados que cercenaron mentes y corazones sin piedad, artistas de diversas tendencias y estilos fueron aunando sus fuerzas para manifestar, sólo manifestar, su inconformismo contra la clausura impuesta a la razón por quienes la denostaron. Así, grupos a los que perteneció y fundó Genovés, “Los Siete”, “Parpallo”, “Hondo”, y otros que colaboraban en la lucha contra la irracionalidad, como “El Paso”, fueron el germen de artistas tan importantes como libres en su concepción del arte y de la sociedad. Juan Genovés, Rafael Canogar, Antoni Tàpies, Manuel Millares, Antonio Saura, Luis Feito o Modest Cuixart, por nombrar a un grupo representativo de todos aquellos hombres libres que creyeron en las personas y en el poder de su ayuda para recuperar la libertad secuestrada, lucharon por el honor pisoteado durante la etapa oscura de una dictadura tan brutal como ladinamente proyectada durante cuatro décadas de terror.


   Mientras la lucha, muy lejana para muchos, se libraba entre los bastidores de las telas y las retorcidas formas de materiales tridimensionales, las multitudes marchaban sin rumbo por caminos marcados con largas líneas que suponían la degradación, cuanto no la muerte, al traspasarlas sin la innoble cortesía de quienes dirimían el destino que existía tras ellas. Y, ahí estaba Juan Genovés para plasmar esas tenues siluetas, casi sin definir, rodeadas de niebla y penumbra, enmarcadas por los signos que fueron sus límites y el motivo de su horror.


   Las décadas de los años 50 y 60 del siglo XX, aplaudidos por el triunfalismo de la “creación” de un estado moderno, que en realidad supuso un afianzamiento de sectores de la sociedad que han perdurado en tiempo, forma y pensamiento tras la destrucción, por causas naturales, de un terror del que fluyó una lucha dura y perseverante por el individuo y la multitud. Sí, una multitud que representaba la destrucción de la solidaridad comunitaria y la tragedia del individuo solitario. Un individuo condenado a su propia soledad al tratar de pertenecer a una multitud que podía poseer una fuerza que, bajo el régimen franquista, supuso una separación ultrajante del individuo que la conformaba. Para Juan Genovés, la habilidad de mirarse a uno profunda y responsablemente, supone el punto culminante del desarrollo de la madurez individual.


“La pintura, como la fotografía, congela un momento y lo hace eterno. El ser humano necesita crear paradas frente al incesante fluir de la Naturaleza en su mutación continua, un alivio frente al desasosiego que genera el perpetuo movimiento.
Pintar un cuadro es una sucesión de elecciones y, por tanto, de eliminaciones; un estado permanente de selección, qué añadir, qué eliminar y el miedo a errar, el principal enemigo. ¡El miedo del pintor!, en medio del eterno dilema de elegir y rechazar.” 

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