CORAZÓN ROTO
Antonio
Campillo Ruiz
A mi padre, Antonio “El
Bamboso”
Pasó la punta de la
lengua por la fina capa de pegamento que llevaba el papel de trigo. Quedó
transparente y mojado en exceso. Presionó rotando el cigarrillo con una mano
mientras que con la otra formaba una aguda punta de papel en uno de sus
extremos. La picadura de tabaco quedó encerrada formando un cilindro irregular.
Tenía la costumbre de liar toda la picadura que llevaba el Ideal blanco (Caldo de gallina) y todos
le decían que liaba demasiado tabaco, que había para dos cigarrillos, pero a él
le gustaba que fuese completo. Al encender el recién enrollado, el papel empezaba a quemarse irregularmente debido a lo mojado que
se encontraba en toda la banda lateral. Chupaba con intensidad para tratar de
igualar la brasa sin conseguirlo. Después tranquilamente fumaba con el
cigarrillo colgando de la boca. Se apagaba, lo encendía. Se apagaba, lo
encendía. Quien estaba pendiente de la larga ceniza que se formaba observaba,
no sin cierta envidia, que tenía razón: el cigarrillo tardaba más tiempo en
consumirse si llevaba más picadura.
Sabía que las
opiniones sobre su gusto por el tabaco eran muy dispares y que el
médico amigo de la familia, censor de su incontinencia, trataba de minimizar los posibles efectos aconsejándole mezclas de picadura, tipos de papel -lo creía más pernicioso que el propio
tabaco-, liar los cigarrillos... El sinfín de recomendaciones favoreció que Antonio adquiriese una máquina para liar
tabaco muy bonita y que más parecía un juguete. Tenía una tolva donde se echaba la picadura y, colocando el papel en un soporte especial y girando una pequeña manivela, por una minicinta transportadora aparecía el cigarrillo perfectamente liado. Luego vino otro artilugio que evitaba la
rotura del papel, comprado por “libros” muy bien doblados: se ponía primero el
papel, después el tabaco, se mojaba el engrudo, se rotaba una persianilla de palitos entrelazados y voilà el flamante cigarrillo.
Antonio padecía una insuficiencia cardíaca y se hacía trampas para disfrutar de uno de sus placeres a pesar de las consecuencias, no muy bien
especificadas en una época en que la medicina buscaba relacionar causas y efectos. Con el tiempo, Antonio dejó de respirar el humo y sólo degustaba en la
boca un cúmulo de sabores fuertes y peculiares. No fue el tabaco la
causa de la temprana muerte de Antonio pues su corazón se encontraba seriamente
dañado desde hacía muchos años. Sabedor de su frágil salud, su trabajo era
infatigable porque trataba de hacerlo deprisa, para que la muerte no le
alcanzara sin haber llevado a cabo proyectos y tareas que eran necesarios para
su familia, para sus amigos y para sus convecinos. La guadaña le alcanzó con un golpe
seco, inesperado.
La casa se llenó de cuantos sabían que su pérdida les supondría no poder encontrar
un consejo acertado, un trabajo aun poco remunerado, una palabra de
ánimo o una ayuda en los momentos difíciles. Un río de personas le
llevaron en volandas hasta su destino final, adonde por primera vez las mujeres de la
familia asistieron con discreción. Pasaron
ante él durante largo tiempo todos sus acompañantes uno a uno. Cuando llegaron
allí donde dicen que reposan en paz quienes en esta vida han sido personas de bien,
hicieron que la luz se reflejara en su serena cara a pesar de que ya no podía verla.
Antonio Campillo Ruiz
