Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de noviembre de 2012

CAMINO DE SÉNDARA

EL SUEÑO DEL REY KARNA-VOOTRA

Antonio Campillo Ruiz

Helena Nelson Reed

    El rey Karna-Vootra, sentado en su trono que todo lo domina, dijo:
-La pasada noche vi con toda claridad a la majestuosa Vava-Nyria. Aunque estaba parcialmente oculta por grandes nubarrones que continuamente pasaban por delante de ella, dando vueltas a su alrededor, su rostro estaba descubierto y en él resplandecía el claro de luna.

Helena Nelson Reed

 Le dije a ella:
-Pasea conmigo por los grandes estanques de la hermosa y llena de jardines Istrakhan, donde flotan lirios que producen deliciosos sueños; o, descorriendo la cortina de orquídeas colgantes, ven conmigo a través de un sendero secreto a la otra jungla impenetrable que cubre el único paso entre las montañas que rodean a Istrakhan. La cercan y la contemplan con alegría por la mañana y al anochecer, cuando los estanques todavía no están habituados a la luz, e incluso, a veces, en su alegría, derriten la fatal nieve que mata a los montañeros en las cumbres solitarias. Entre ellas hay valles más antiguos que los pliegues de la luna.

Helena Nelson Reed

Ven conmigo allí o quédate aquí e iremos a tierras románticas, de esas que los hombres de las caravanas únicamente evocan en sus canciones; o si no, pasearemos indiferentemente por una tierra tan encantadora que incluso las mariposas que por ella revolotean se asustan de su belleza al ver sus imágenes reflejadas en los estanques sagrados; y por la noche oiremos a innumerables ruiseñores cantando a coro a las estrellas hasta morir. Si te decides, enviaré heraldos lejos de aquí con noticias de tu belleza, los cuales se apresurarán y llegarán a Séndara y hablarán de ella a los hombres que cuidan los rebaños de ovejas marrones; y desde Séndara el rumor se esparcirá por las dos orillas del río sagrado Zoth, e incluso los constructores de cercas de las llanuras oirán hablar de tu belleza y la cantarán. Más tarde, los heraldos irán hacia el norte atravesando las colinas hasta llegar a Sooma. Y en esa ciudad de oro informarán a los reyes, sentados en sus arrogantes tronos de alabastro, de tu extraña e inesperada sonrisa. Y, a menudo, tu historia será contada en mercados lejanos por los mercaderes de Sooma, entre otros cuentos despreocupados con los que atraen a la gente hacia sus mercancías.

Helena Nelson Reed

Y los heraldos llegarán incluso a Ingra, donde la gente está siempre bailando. Y allí hablarán de ti, de manera que tu nombre será cantado en aquella alegre ciudad. Y pedirán allí camellos prestados y atravesarán las arenas y, por caminos desiertos, irán a la distante Nirid a hablar de ti a los hombres solitarios de los monasterios de las montañas.

Helena Nelson Reed

Ven conmigo ahora, pues es primavera.
Y, cuando dije aquello, ella movió su cabeza, ligera aunque perceptiblemente. Y sólo entonces recordé que yo había perdido la juventud y que ella estaba muerta desde hacía cuarenta años.

Lord Dunsany


Helena Nelson Reed 

jueves, 1 de noviembre de 2012

REMEDIOS LA BELLA

EL VIAJE DE REMEDIOS

Antonio Campillo Ruiz

Alyssa Monks

   Uno de los personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer bellísima y extraña, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el poético final de la historia de tan insólita mujer. 

   La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees", le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando de adiestrarla para la felicidad doméstica, porque estaba convencida de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe, renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa. 
-¿Te sientes mal? -le preguntó. 
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro  extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Gabriel García Márquez

La evidencia eterna, Manolo Fuster, 1993

PUBLICACIÓN PROGRAMADA

sábado, 27 de octubre de 2012

AMISTAD

ESTABA SEGURO

Antonio Campillo Ruiz


“Mi amigo no ha regresado del campo de batalla, señor, solicito permiso para salir a buscarlo”.
“Permiso denegado”, replicó el oficial. “No quiero que arriesgue Ud. su vida por un hombre que probablemente esté muerto”.
El soldado, haciendo caso omiso a la prohibición, salió y una hora más tarde regresó mortalmente herido, transportando el cadáver de su amigo.
El oficial estaba furioso: “¡Ya le dije yo que había muerto¡ ¡Ahora he perdido dos hombres! Dígame: ¿merecía la pena salir a traer un cadáver?”
Y el soldado moribundo respondió: “Claro que sí, señor, cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: “Jack…estaba seguro de que vendrías”.

Anthony de Mello

domingo, 7 de octubre de 2012

ESCALOFRÍO

EN LA MADRUGADA

Antonio Campillo Ruiz

Bleeding Man, Max Oppenheimer, 1911

   La historia que más me ha impresionado en mi vida, la más brutal y al mismo tiempo la más humana, se la contaron a Ricardo Muñoz Suay, en 1947, cuando estaba preso en la cárcel de Ocaña, provincia de Toledo, España. Es la historia real de un prisionero republicano que fue fusilado en los primeros días de la guerra civil en la prisión de Ávila. El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que sólo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras que se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:
   -Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.

Gabriel García Márquez

domingo, 24 de junio de 2012

PINTORES GEMELOS

LOS NUEVOS HERMANOS SIAMESES

Antonio Campillo Ruiz

Los gemelos Oyens, David y Pieter Oyens

   Era una mujer que tuvo dos hijos gemelos y unidos a lo largo de todo el costado.
   - No podrán vivir - dijo un doctor
   - No podrán vivir - dijo el otro, quedando desahuciados los nuevos hermanos siameses.
   Sin embargo, un hombre con fantasía y suficiencia, que se enteró del caso, dijo:
   - Podrán vivir… Pero es menester que no se amen, sino que, por el contrario, se odien, se detesten.
   Y dedicándose a la tarea de curarlos, les enseñó la envidia, el rencor, los celos, soplando al oído del uno y del otro las más calumniosas razones contra el uno y contra el otro, y así el corazón se fue repartiendo en dos corazones, y un día de un sencillo tirón los desgajó y los hizo vivir muchos años separados.

Óscar Wilde, “Los nuevos hermanos siameses”

lunes, 18 de junio de 2012

ORDEN DE DESPERTAR

EPISODIO DEL ENEMIGO

Antonio Campillo Ruiz

Jorge Luis Borges

   Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

– Uno cree que los años pasan para uno –le dije– pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

– Para entrar a su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora ami merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

– Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

– Precisamente porque ya no soy aquel niño –me replicó– tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

– Puedo hacer una cosa –le contesté.

– ¿Cuál? –me preguntó.

–  Despertarme. 

   Y así lo hice.
Jorge Luis Borges, "Episodio del enemigo"

domingo, 17 de junio de 2012

CIRUGÍA PREVENTIVA


UN PACIENTE EN DISMINUCIÓN

María Luisa Arnaiz Sánchez

Personaje lanzando una piedra, Joan Miró

   El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era solo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
   El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y, “meneando con grave modo” la cabeza, resolvió:
   - Hay demasiado pie. Con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario a un cirujano.

Macedonio Fernández,  “Un paciente en disminución”

domingo, 10 de junio de 2012

CLARIVIDENCIA

EL PRÍNCIPE

Antonio Campillo Ruiz

Autorretrato, Aleksandr Deineka

EL PRÍNCIPE

   Cierta princesa Radziwill, con la que pasé varias tardes a orillas del Vístula junto a Varsovia, me habló de un tío suyo que, al cumplir los cincuenta años, se retiró a su castillo cerca de Radom porque, al cumplir los veintiuno, juró hacerlo. Los amigos que habían creído que, después de treinta años, no se acordaría ya de ese juramento o, sencillamente, lo pasaría por alto, se quedaron muy asombrados de que, al día siguiente de cumplir los cincuenta años, pasara la noche en Radom y jurara no abandonarlo. Como, aparentemente, el tiempo hacia su muerte se le hacía en Radom demasiado largo, se dio un tiro el día en que cumplió cincuenta y un años. Cuando le pregunté a la princesa por qué había actuado su tío de la forma que me había contado, me dijo que su tío le había dicho una vez que, en su opinión, tener que vivir cincuenta años en este mundo, sin haber sido consultado al respecto, era más que suficiente para un ser pensante. Quien seguía vegetando después, era débil de espíritu o de carácter.

Thomas Bernhard


PUBLICACIÓN PROGRAMADA

sábado, 9 de junio de 2012

LIBIDO

LA COSA

María Luisa Arnaiz Sánchez

Pareja universal XXI, Anna Rank
l
LA COSA

   Él, que pasaremos a llamar el sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.
   Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá -con un poco de suerte-  se detenían ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto, objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre.
   La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive.  El objeto asumió de inmeldiato -casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.

Luisa Valenzuela
  
PUBLICACIÓN PROGRAMADA

miércoles, 6 de junio de 2012

INITIATION

NO ME ESPEREN EN ABRIL

Antonio Campillo Ruiz

Takahiro Hara

   “Y tú encantada de la vida. O sea que yo no pude ir a buscarte. Ni te busqué en otra mujer ni nada. Ni siquiera te molesté. Lo que hice fue meterme en mi mundo para poderte esperar siempre ahí y fingir que la vida cotidiana también me era posible. Encontré toda una vida de sedantes en mis amigos y me reía y los hice reír y canté y me emborraché y trabajé y empecé a eso que se dice triunfar y bailé (pésimo siempre) y narices respingadas hubo, por decirlo de alguna manera, y algunas cruelmente mejor respingadas que las tuyas, pero bastaba siempre con acercarme bien para que nadie fuera como tú eres así. Y mi esperanza fue por dentro. Sigue yendo por dentro. Y a veces se ríe o se burla de mí cuando en la vida cotidiana hasta parece que fuera un canalla, unas veces; un cretino, otras, o aquel muchacho que empezó desde cero por eso de que, cuando iluminé un MG rojo, faltaban pocos meses para terminar el colegio y el baile de promoción era sagrado y cada uno debía asistir con la chica más maravillosa de su vida.”

Bryce Echenique, “No me esperen en abril”

viernes, 1 de junio de 2012

ICONOGRAFÍA

EL TELAR

Antonio Campillo Ruiz


   El telar producía un sonido acompasado y monótono. La lanzadera corría de un lado a otro empujada por la fuerza de aquellas manos que se adivinaban fuertes, nudosas, secas. Los pies cambiaban rítmicamente la base de miles de hilos multicolores. Con lentitud, martilleando y apretando fuertemente el entretejido, iban apareciendo unos dibujos que explicaban con brevedad acontecimientos pasados y presentes. Aquellas sabias manos expresaban con facilidad las sugerencias que, a través de los vivos colores de una seda pura, teñida con los imborrables tintes obtenidos de las plantas más extrañas del mundo, suave, hilada con esmero y de una perfección homogénea, ilustraban con pulcritud enerdecidas batallas, conmovedoras escenas de amor o importantes hechos sociales.
   La trama era inmensa. El tejido se perdía en el horizonte después de amontonarse con suavidad al final del telar. Se encontraba apoyado en las nubes blancas que cubrían la tierra y formaba una sombra larga y estrecha sobra ella. Su extremo inicial, entrelazado con los rayos de sol, caía por un agujero sobre una inmensa ciudad que cubría toda la tierra.
   Nadie había podido terminar de leer las imágenes que existían en tan enorme iconografía. Conforme llegaba a la tierra, miles y miles de personas, arremolinadas en un desorden irreverente, miraban con interés las imágenes pulcramente elaboradas por el tejedor. Unos llevaban tijeras y cortaban un trozo de seda, otros le prendían fuego y ardía crepitando; algunos trataban de apagar los retazos de historia y conseguían rescatar solo unos dibujos chamuscados, otros intentaban impedir que cortasen partes de las historias pues serían incomprensibles en el futuro. Siempre que lo conseguían, se felicitaban y los censores escapaban por entre las angostas callejuelas.
   El día que el proveedor de hilos de seda encontró al tejedor muerto sobre el telar, la producción se paró. El desconcierto se adueñó de los que esperaban la caída del tejido. El proveedor, turbado, apartó al tejedor y ocupó su lugar en el telar a pesar de no saber tejer. Empujó la lanzadera sin orden y cambió los hilos con los pies. Cuando empezó a llegar a la tierra este nuevo tejido todos expresaron su sorpresa. No se podía entender nada de lo descrito en sus bordados. Miles y miles de personas suspiraron con alivio y marcharon abandonando su espera. El tejido cayó y cayó hasta formar una montaña multicolor que escalan los niños con deleite correteando y jugando por entre sus colores.  
Antonio Campillo Ruiz


martes, 22 de mayo de 2012

¿CLONACIÓN?

EL TREN DE LAS SEIS

Antonio Campillo Ruiz

El viaje angustiado, Giorgio de Chirico

   Si al salir del colegio, vengo directamente a casa y por el camino no me paro con nadie, si hago los deberes a todo correr y meriendo en un periquete las seis galletas y el vaso de leche que mamá me deja sobre la mesa de la cocina todos los días, si salgo como un bólido a las cinco en punto y no me caigo rodando al bajar por la escalera como aquel día que me esperaba toda la familia montada en el coche para salir de vacaciones y a mí se me habían olvidado los patines, y subí y bajé como una exhalación, y rodé dos pisos seguidos, rompiéndome una pierna, y hubo que decir adiós a las vacaciones y pasar todo el verano largo y horrible, quieta en la cama sin moverme, aguantando encima las malas caras de todos, que parecía como si yo me hubiera roto la pierna para fastidiar.
   Bueno, pues si, como os decía, salgo a las cinco en punto de casa, y cojo el autobús que para cerca de la estación, y este no encuentra en el trayecto demasiados semáforos en rojo, y en las paradas no suben muchas de esas personas que se eternizan sacando los cambios del monedero, tal vez logre llegar a tiempo para coger el tren de las cinco y veinte. Y suponiendo que éste llegue puntual a Köln, quizá pueda entonces comprobar que es mentira cuanto papá dice sobre la inexistencia de esa otra niña rubia, idéntica a mí, de la que cada vez con más frecuencia nos habla la gente, esa niña que toma todas las tardes en Köln el tren de las seis.
   Porque la podré ver con mis propios ojos. Y me acercaré a ella, y tal vez hasta me atreva a hablarle. Pero entonces ¿qué puede ocurrir? Quizás me cuente cosas que no deseo oír, como por ejemplo que en otras estaciones de otros países también cogen el tren de las seis niñas copias como yo, que todo es cuestión de irlo verificando. Cosas así de horribles y muchas más y peores que no me puedo ni imaginar.
   Pero también puede suceder que acabe los deberes, me coma las galletas, me beba el vaso de leche y no salga de casa para nada, y nunca más pregunte por esa otra niña que coge en Köln el tren de las seis, y me olvide de toda esta historia para siempre, y no vuelva a pensar en ella, ni siquiera ese día probable en que me encuentre a esa niña esperándome a la salida del colegio o mirándome con ojos extraños como ahora desde el umbral de la puerta de mi cuarto.
   Porque si hago como que no la veo, y soy prudente y sensata y todas esas cosas que suelen ser los mayores, e intento además, escapar siempre como de la peste de todo aquello que no entiendo, como aconseja mi padre, tal vez consiga entonces llegar a ser una persona adulta, capaz y aburrida como ellos.
Julia Otxoa


PUBLICACIÓN PROGRAMADA

lunes, 21 de mayo de 2012

INFIDELIDAD

TRAGEDIA

Antonio Campillo Ruiz

Mujer con camisa, André Derain

TRAGEDIA

   María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga. Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo. Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos. Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
   Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo. Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo solo que es un poco zurda.

Vicente Huidobro

PUBLICACIÓN PROGRAMADA

martes, 1 de mayo de 2012

ORTOGRAFÍA

EL TESORO DE LA SOMBRA

Antonio Campillo Ruiz

El salón de baile en Arlés, Van Gogh, 1888

   El salón de baile, por haber soportado sin cesar reuniones de gran envergadura, tenía los cimientos gastados. Emitía de vez en cuando un crujido que ningún convidado deseaba tomar en cuenta: la idea de derrumbe les parecía pecado y la desechaban de sus mentes. Un albañil que pasaba por allí se dio cuenta del problema. Como no lo dejaron entrar, escribió en un papel: “¡Kuidado, ba a kaerse el zalón!” y lanzó su advertencia por una ventana. Los danzantes recogieron el mensaje y estallaron en carcajadas: “¡Escribe cuidado con ka! ¡Va con be larga! ¡Kaerse por caerse! ¡Y salón con zeta! ¡Ja, ja, este necio tiene mala ortografía…!” De pronto cedieron las vigas y el techo cayó sobre amos y criados. El albañil, antes de continuar su camino, con una barra de tiza escribió en un pedazo de muro: “¡Ze loz adbertí!”.

Alejandro Jodorowsky, “El tesoro de la sombra”
  

viernes, 20 de abril de 2012

HOJAS DE NÁCAR

SI UNA MAÑANA TÚ

Antonio Campillo Ruiz

Paisaje de jardín italiano, Klimt, 1913

   Apoyó la espalda sobre la puerta mientras se cerraba lentamente y una vaharada de olor a comida la rodeó al instante. Sintió un escalofrío de soledad.

   Cuando horas antes había salido sin rumbo con la intención de respirar profundamente, otro escalofrío le había recorrido el cuerpo envuelto en el grueso y anticuado abrigo. Un viento gélido la rodeó durante el corto camino que la llevó al parque. Remolinos de hojas secas la acompañaban y abrazaban. Su largo pelo, recogido en gruesas columnas negras, tan negras como la noche, se movía con la violencia de las desarboladas velas de una goleta.

   Un lejano relámpago iluminó débilmente la oscurecida tarde. Había sucedido todo muy rápido, casi sin darle tiempo para asimilar su tristeza. No lograba entender por qué sentía aquel desconsuelo, aquella pena. No encontraba la razón que explicase sus músculos encogidos, su garganta seca, sus ojos mojados. Necesitaba respirar con fuerza, casi con avaricia. El ahogo encogía más su pecho bajo los brazos cruzados, escondido, protegido del extraño mundo que había creado su cerebro.

   ¿Por qué tardaba tanto en pasar el día? Se levantaba muy tarde para tratar de adelantarlo pero nunca duraba menos. Siempre esperaba sentada en su butaca preferida, la única que poseía, porque todo se lo habían llevado, incluso sus libros, sus libros de hojas blancas, casi nacaradas, que ella acariciaba lentamente conforme pasaba el día. Entre sus páginas guardaba sus pequeños tesoros blancos, blancos como las páginas. A veces se rompían y debía sustituirlos por otros, pero los protegía con mucho cuidado porque algunos se los robaban. Se entristecía mucho cuando los ladrones le quitaban sus tesoros.

   Conforme avanzaba la tarde el frío era más intenso y la tormenta casi estaba ya encima de ella. Sentía las juguetonas hojas secas hacerle cosquillas en las piernas. Una mano la cogió del brazo con firmeza y trató de levantarla de su banco. Se sorprendió pero, cuando vio a los dos hombres que estaban junto a ella, su cara se dulcificó y sonrió. Se dejó levantar y anduvo con sus compañeros. Abrieron la puerta y la invitaron a entrar.

   De nuevo el escalofrío de soledad. La tormenta descargaba unos gruesos goterones que crepitaban con fuerza sobre el cristal de la alta ventana. Observó a su alrededor y se entristeció al no encontrar sus libros con sus tesoros. La puerta se abrió y se sobresaltó. Era quien le regalaba sus tesoros. Vestía de blanco y ella se preguntaba si sabría que le gustaba ese color por carecer de manchas. Llevaba uno de sus tesoros y un vaso de agua.
- ¿Te tomas la pastilla?
Antonio Campillo Ruiz

sábado, 31 de marzo de 2012

NEGOCIO REDONDO

EL HORNO

Antonio Campillo Ruiz

Eugène Murer at his pastry oven, Camille Pissarro

EL HORNO

   Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo.
   Lo puso en práctica enseguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó ajustadamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas.
   Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido, en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las orejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos.
   Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le paso con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.

Joaquín Gómez Bas


   Joaquín Gómez Bas (Asturias, 1907 – Argentina, 1984) realizó toda su obra como escritor, pintor y guionista cinematográfico en Argentina, donde residió. El autor español recibió la Medalla de Oro por la novela "Barrio gris" de 1952, que dio lugar a la película homónima, de Mario Soffici, 1954, ganadora en 1955 del prestigioso premio argentino Cóndor de Plata a la mejor película.



viernes, 23 de marzo de 2012

HORIZONTE

DE COLOR AZUL

Antonio Campillo Ruiz

Mujer joven en la playa (La solitaria), Munch 


   Sus ojos habían adquirido el color del mar que jamás dejaba de mirar. Siempre escrutaba el inmenso horizonte esperando, buscando una alteración, un resquicio por el que poder pasar la larga línea que nunca faltaba a su cita diaria.

   Recordó cuando con su pequeña barca llegó hasta el primer horizonte, aquel que le era conocido. Fue un esfuerzo titánico pero su objetivo merecía ese trabajo. Quería llegar al último horizonte, donde sabía que esperaba. Sus brazos poseían cada vez menos fuerza. Al virar la barca hacia el horizonte de la tierra, tuvo la sensación de equivocación y deslumbramiento.

   Aquella mañana, al llegar a la orilla del mar, parecía que en la línea majestuosa de color dorado por el tibio sol naciente existía un desfiladero, un paso, un camino. Su nerviosismo le empujó a botar la barca y salir de tierra rumbo al cortado, a la senda que había roto la armonía lineal y por la que quizás podría llegar al horizonte de tierra más allá del más allá de todos.

   Fue una vana ilusión. Cuando llegó, el camino se había difuminado y las olas eran barreras muy difíciles de pasar. Su cansancio llegó a ser tan doloroso como su ilusión. Ni existía el desfiladero de paso inmediato ni podría alcanzar la lejana tierra en donde aseguraban que vivía.

   Al atardecer, cuando el sol se hundía tras la impertérrita línea y las nubes, teñidas de un color rojo intenso, viajaban sobre el viento, llegó exhausto a la tierra que había dejado con el arrebato de un descubrimiento único, casi mágico. Cayó sobre la arena fría y quedó inerte. La barca era zarandeada por las olas rompientes, blancas, que sin cesar, con un juego monótono, la iban decolorando, hiriendo sus maderas sobre el fondo rocoso.

   Un calor intenso le despertó. Eran nuevamente los rayos de un sol hiriente que ya se encontraba alzado con majestuosidad. Miró el horizonte y observó que conservaba su monotonía cotidiana. Nada había cambiado. El camino que recorrió con tanta pasión para alcanzar el paso hacia más allá del horizonte no estaba trazado sobre la superficie del mar. ¿Existiría la última línea que no había podido alcanzar ni siquiera por el atajo que le mostró el cielo y el mar?

   Al día siguiente continuó observando con más atención, llenando sus ojos cada vez más del color cambiante de la superficie serena, quieta, inalterable, de la inmensa masa de agua que le separaba de su destino. ¿Miraría también al mar desde más allá del más allá del último horizonte? 

sábado, 17 de marzo de 2012

CÍRCULOS

RECUERDA

Antonio Campillo Ruiz

Noche estrellada, Van Gogh

   Recuerda que el mundo entero es un espejo, que en cada átomo se esconden miles de soles radiantes. Que del corazón de cada gota de agua derramada emergen miles de océanos cristalinos. Que de cada mota de polvo recogido pueden nacer miles de Adanes…
   Recuerda que un grano de trigo alberga un universo; todo confluye hacia el punto presente… De cada punto de un círculo se originan miles de formas. Y cada punto, en su girar continuo, es en ocasiones un círculo, en ocasiones una circunferencia que gira…

Mahmud Shabestari, siglo XIV

domingo, 4 de marzo de 2012

PRÍMULA

TOÑITO

Antonio Campillo Ruiz



La soga

    A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca, colgada de un árbol, después un arnéspara caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia adelante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida, que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga”. La soga aparecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire; como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia adelante, para retorcerse mejor. Si alguien le pedía: 
– Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
– No. A la soga ya le había salido una lengüita, en el sitio de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. ¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el nombre de Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos. Prímula”. Y Prímula obedecía. Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó en el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.

Silvina Ocampo


jueves, 23 de febrero de 2012

LA TEJEDORA DE SUEÑOS

EL MARAVILLOSO MAGO DE OZ

Antonio Campillo Ruiz

Tejedora de sueños, Edwin Rojas

   “La pérfida bruja del Oeste tenía un solo ojo, pero era potente como un telescopio y le permitía verlo todo. Así, mientras estaba sentada a la puerta de su castillo, al volverse por casualidad, vio a Dorothy que yacía medio dormida rodeada de todos sus amigos. Estaban a muchas millas de distancia, pero la pérfida bruja montó en cólera al verlos en su territorio y sopló con un silbato de plata que llevaba colgado al cuello. Inmediatamente acudió a su lado una manada de grandes lobos… -Id a buscar a esos forasteros -ordenó la bruja- y ¡despedazadlos!...
   - Dentro de un minuto me habré derretido por completo y ¡tú serás la dueña de este castillo! He sido muy mala en esta vida, pero nunca habría imaginado que una mocosa como tú pudiera darme muerte y poner fin a mis maldades. ¡Fíjate! ¡Se acabó!
   - Con estas palabras la bruja se transformó en una masa líquida, informe y oscura, que inmediatamente comenzó a extenderse por el suelo bien limpio de la cocina. Al ver que ya no quedaba rastro alguno de su enemiga, Dorothy echó sobre aquella papilla otro cubo lleno de agua y luego arrojó todo por la puerta.”

Lyman Frank Baum

The Wonderful Wizard of Oz