jueves, 16 de agosto de 2018

SENSACIONES


AMANTES Y MÚSICA

Antonio Campillo Ruiz 


   Sí, hacía tiempo que la monotonía era sinónimo de la imperfecta unión en la que se había convertido, casi sin apreciarla conscientemente, la cotidiana realidad de un instante tras otro. Era lo que siempre habían tratado de evitar aprendiendo, anticipadamente, de las enseñanzas que la experiencia de quienes habían sido atacados por la invariabilidad de la uniformidad, transmitían, no sin pesar. La confianza, en su capacidad para variar la línea recta por la que se había trazado un camino que se apreciaba sin retorno, era potente y la solución debería de encontrarse en las miles de posibilidades de cambios inesperados, sorprendentes, posiblemente jamás probados. Cuando, tras ensayar una y otra vez, se propuso realizar la experiencia, viviendo y sintiendo en el instante en el que la sorpresa alcanzaba la curiosidad, comprobó que podría ser necesario un elemento externo que proporcionase la inmaterial sensación que pretendía alcanzar..



   Estaba seguro de poder descubrir lo desconocido. Aquello que para él se había convertido en un elemento indispensable para conseguir vibrar como la cuerda de un instrumento musical y emitir un sonido puro, unísono con su amada, cuando la excitación empezase a provocar la erupción del ardiente placer más grande que, brotado de la naturaleza, creía conocer. Sus cuerpos debían pelear por saberse, darse, rozarse, poseerse, agotarse y estallar con la presión que provoca tenerse.


   Durante las noches serenas, iluminadas por campánulas destellantes, las propuestas eran tan curiosas como poco experimentadas. Por ello, tratando de confeccionar un artilugio inmaterial muy perfeccionado, inició su utilización por medio de roces sincronizados que emitían la melodía que aportaba la percepción de idéntica frecuencia que los amantes captaban en el momento de apreciar un ligero aumento del placer. Podría ser debido a la casualidad o a la bondad del método que se experimentaba. Se tendría que aumentar la cantidad de posibles soluciones y aplicarlas a la vez pues, las dosis que se necesitaban para una completa recuperación, tendrían que aportar unas gotas de confianza, mil sensaciones soñadas e, incluso, una laxitud activa hecha y recibida con igual fortuna.


   Los compases se difundían por los cuerpos con tanta posesión como agradecimiento. Al aumentar el tiempo de sincronismo disminuía la atención hacia la inoperante pasividad anterior y una actividad desconocida se apoderaba de lo establecido anulándolo, cambiándolo. Ambos comprobaron que, al incidir la luz en las pequeñas gotas de sudor de sus cuerpos, un mar de colores flotaba en una atmósfera cuajada del aroma de miles de sensaciones, tan innovadoras y originales como placenteras. Pareciese que la experiencia estaba llegando a su reconocimiento y aceptación en estas primeras ocasiones. Ahora, con la serenidad que proporciona la experiencia, una vez tras otra, se repetirían hasta los mínimos movimientos y los espasmos que provocaban, no sólo pequeños roces, sino enormes palpaciones que provocaban palpitaciones desenfrenadas.       


Antonio Campillo Ruiz



Es aconsejable visionar el montaje a plena pantalla.

lunes, 6 de agosto de 2018

PASEO ESTELAR


EL VIAJE PROMETIDO

Antonio Campillo Ruiz


A Marisa, mi amada esposa,
que marchó a las Pléyades
hace dos años.


   La abuela siempre aseveraba lo que decía con tal seguridad que era obligatorio creerla. Viajábamos en su antiguo pero inmaculado coche por uno de los miles de caminos entretejidos como una tela de araña en la enorme planicie polvorienta que separaba su casa de la ciudad. El rostro de la abuela se diferenciaba de su pulido coche en los profundos valles que poseía. Secos y zigzagueantes recuerdos del lecho de una piel suave, martirizada por el sol y los potentes vientos del semidesierto donde vivía. Estaba segura de que nos podía llevar hasta uno de los lugares que más apreciaba de todo el Universo.

-      Sí, no lo dudéis, mis Pequeñas, podréis caminar por miles de caminos sólo saltando de un mínimo satélite a otro.


   Su pasión por los astros y el cielo inmaculado que la extasiaba todas las noches, sentada en el porche de su casa, observando con paciencia los detalles y variaciones en función de las estaciones que, posteriormente relataba a sus dos nietas con la pasión de haber vivido el encanto de constelaciones y todo tipo de formaciones estelares mitológicas. Muchas noches enseñaba, a simple vista, a las dos niñas las formaciones más peculiares y sencillas. Otras, escudriñaban las tres, a través del telescopio construido por el abuelo y que difícilmente dejaba a personas ajenas si no era ajustado previamente por él. Observaban embelesadas el cielo gracias a sus precisas lentes y espejos. sin luces parásitas que desvirtuasen la pureza de aquellos astros, a los que, con certeza, decía la abuela que nos enviaría para conocerlos en su inmensa grandeza.

-      Pero, abuela, ¿cómo vamos a viajar mi hermana y yo tan lejos? Tendrás que comprar o construir una nave espacial para que podamos alcanzar ese lugar que tanto te atrae.
-      No. Iréis cuando vuestro convencimiento por llegar sea tan potente que, para alcanzarlos el deseo por visitarlos sea tan grande en vosotras como las dimensiones de los lugares unidas a la distancia a las que se encuentran.


   En ese momento se produjo un enorme destello, unido a un chasquido de gran sonoridad y las dos hermanas se encontraron suspendidas en el espacio alejándose a gran velocidad del bello Planeta Azul en el que se encontraban hasta ese instante. La sorpresa ante la veracidad de las palabras de la abuela fueron olvidándola al observar la belleza de la que disfrutaban en aquel sorprendente vuelo por lo infinito. En varias ocasiones habían podido ver y leer las condiciones de los viajes en el espacio cercano. Los enormes y pesados trajes protectores con sus mecanismos y artilugios para detener la radiación solar, la complejidad del lanzamiento de las naves, la gran cantidad de técnicos encargados del proceso… No, no podían creer que ellas, con sus vestidos de verano, a través de las palabras de la abuela se encontrasen en el espacio.


   Inesperada y sorprendentemente sintieron en su cuerpo unos extraños choques a la vez que se detenían de golpe. Trataron de identificar el lugar donde se encontraban. Sus pies se posaban sobre unos pequeños trozos de hielo que percibían muy frío porque no llevaban zapatos. Al diluirse este hielo quedaron encima de unas pequeñas rocas que formaban, junto a miles y miles de otras, un inmenso plano circular que destellaba con la luz solar, mucho más débil que la percibida en la Tierra. Existían diferentes planos que rodeaban una enorme masa circular. Eran satélites de un planeta y lo aprendido les indicaba que debía ser Saturno, el “Gigante Bello”, como le llamaba la abuela. Lo habían  observado, investigado y fisgado desde la Tierra en todas sus posiciones y conocían esos inmensos anillos que lo rodean. Recordaron todo lo que le había contado la abuela y trataron de caminar, desde el lugar en el que se encontraban, a otras pequeñas rocas con hielo y lo consiguieron. Con alegría empezaron a trazar caminos y, de vez en cuando quedaban sobre uno de los satélites haciendo equilibrio con un solo pie como cuando jugaban a la rayuela. Gritaron:


-      ¡Principito, estos satélites a los que nos ha enviado muestra abuela son más pequeños que tu  planeta! ¡Y podemos caminar de uno a otro para dar la vuelta completa a este enorme Gigante Bello! Tú camina hacia la derecha haciendo curvas y yo hacia la izquierda - dijo una hermana a la otra - así, la abuela nos verá y comprenderá que nos divertimos jugando. 

   Jugaban a saltar de uno a otro componente de los inmensos anillos y cantando de felicidad observaron un cometa deslumbrante que se dirigía hacia donde se encontraban. Se detuvieron y, con la claridad de una aparente luz propia, vieron que era la abuela viajando a gran velocidad por la misma trayectoria que ellas habían recorrido.

-      ¡Abuela! ¡Abuela! ¿Dónde vas?
-      ¡Hola, mis Pequeñas princesas! Me dirijo a uno de los lugares más bellos del Universo al que vosotras no podéis acompañarme todavía. Se encuentra muy lejos, muy lejos. Se llama “Las Siete Hermanas”, Las Pléyades, en la constelación de Tauro. No podréis ir a ese lugar hasta que seáis tan mayores, tan mayores, como yo. Disfrutad mucho de vuestra imaginación y de la vida. ¡Adiós, mis queridas Pequeñas!


   Un sonido estridente les molestaba mucho y se agitaron cuando alguien las cogió y, en volandas, las trasladó a dos estrechas y duras camas donde quedaron dormidas. Un enfermero colocó los zapatos de ambas niñas en la parte posterior de las camillas. Las sirenas de ambulancias y policías ululaban sin cesar y varios hombres, con diferentes uniformes, trataban de rescatar a una mujer sin vida que se encontraba atrapado entre el volante y el asiento de un destartalado coche antiguo que había caído en un socavón sin señalización. La policía circundaba con vallas aquel extraño agujero en el que se podía apreciar un objeto ardiente en su centro. 
  

  Años después, las niñas que viajaron sin nave y jamás supieron por qué no se fueron con la abuela aquel lejano día, escribieron, en la parte posterior de una fotografía de la abuela con ellas, en la que se encontraban sentadas sobre las rodillas de aquella mujer tan admirada y recordada, uno de los fragmentos de su libro más querido, entremezclado con su perenne recuerdo:

“Sí, abuela, creemos que lo único que podemos sentir es tristeza, que es un sentimiento y, como decía D. Quijote, “… los sentimientos son privativos del alma y, querido Sancho, el alma sólo es de Dios”. Siempre te querremos querida abuela".

Antonio Campillo Ruiz




miércoles, 25 de julio de 2018

ABECEDARIO: M


MARÍA

Antonio Campillo Ruiz

Loui Jover    

   María cabalgaba en un alazán potente y veloz. Trataba de alcanzar a los cuatro harapientos jinetes que, en sus escuálidas monturas, dejaban a su paso un camino seco, quemado por unos cascos que retumbaban como las baquetas sobre el parche de un tambor del que rompían arillos y piolas. Dos fumarolas de vapor a presión salían por los ollares del caballo que abría sus belfos para absorber más aire. La carrera era larga y el suelo pesado, casi invisible, imperceptible a posibles irregularidades. Densas masas de niebla ocultaban un camino sin trazado que, como única referencia, ofrecía el sonoro retumbar de su galope. Acostumbrada a modernos aparatos de transporte, se lamentaba de no poseer uno más rápido que alcanzara a los cuatro engendros que perseguía cuando, de pronto, su caballo se transformó en una enorme locomotora que lanzaba un gran chorro de humo negro por su chimenea y vapor de agua hirviente a través de los mecanismos de sus ruedas que giraban locamente sin estar encajadas en railes. El aumento de velocidad lo apreció en los chirridos metálicos de una maquinaria tan escandalosa como eficaz. Alcanzó a los cuatro jinetes pero sólo pudo atropellar, hasta destruirlos, a tres de ellos. Nunca conseguía alcanzar al cuarto.

Loui Jover     

   María despertó sobresaltada, sudorosa y envuelta en la ropa de su cama, entremezclada y atada a ella. Su largo pelo le cubría parte de la cara y formaba una catarata que le impedía ver y orientarse en su habitación. Las tres cuarenta y ocho. La misma hora de siempre. Junto a ella, semidesnudo y durmiendo, se encontraba su compañero, aquel hombre que la sorprendió, iluminó y enamoró con sus múltiples habilidades y fácil verborrea. ¿La enamoró verdaderamente? Estaba segura de no conocer lo que significaba amar a una persona. Experimentaba impulsos, a veces inconexos, que la arrastraban hacia sensaciones agradables, fueran cuales fuesen. Sin embargo, ahora que, agitada, miraba fijamente a su aliado en la vida, constataba que la palabra amar poseía poco significado para ella. La recurrencia de aquella pesadilla la preocupaba. Sólo a ella. La narró con detalle el cuarto día que se repitió, a la misma hora y los mismos hechos. Poca atención se le prestó y las interpretaciones que se le sugirieron fueron tan simples, inseguras y, a la vez, tan  indiscutibles que ella calló. Noche tras noche durante más de treinta y cuatro días soportaba, no sin alterarse, la pesadilla que llegaba puntualmente.

Loui Jover    

   María poseía una interpretación muy personal de sus malos encuentros nocturnos y estaba segura de la relación que poseían con su vida cotidiana. No terminaba de identificar sino rastros de su existencia ligados a las imágenes que percibía en ellos. Su vida se convirtió, no mucho tiempo después de hacer venir a casa a su compañero y amante, en algo similar a uno de los espectros que soñaba. El primer jinete que alcanzaba la locomotora era descarnado y casi sin rostro. Para ella, podría representar la carencia de emociones en sus encuentros físicos con su galán. La penuria y escasez de anhelos le provocaba una insatisfecha avidez que la convertía en el espectro que la asqueaba cuando aparecía en su sueño. Al ser alcanzado el segundo jinete, un escalofrío le traspasaba el corazón. Percibía su entorno diluyéndose, pudriéndose en sí mismo, sin aparente causa. El mal, el engaño, la dejadez jamás pensada pero constantemente presente, provocaban una perenne enfermedad crónica e irrecuperable. Con una espada en la mano y brillante peto de acero  cubriendo su esquelético pecho, el tercer monstruoso ser la sumía en el constante enfrentamiento silencioso e irresoluble que mantenía en su convivencia diaria. Ningún pacto, acuerdo o convenio eran capaces de fomentar un compromiso que admitiese gratamente la comunicación y comprensión. De forma constante, la lucha era el medio de no aceptar ideas o proyectos de uno hacia los dos, como amantes o pareja que tratan de introducirse en los complejos compartimentos de la vida en común y su difícil ciclo para darse, tenerse o compartir momentos e inquietudes nacidas de lo que se viene en denominar amor. El cuarto jinete era un esqueleto humano. De color amarillento, poseía unas cuencas en la calavera de las que partían dos destellantes luces más brillantes que la del sol. En ninguno de sus sueños logró jamás alcanzarle. Su figura se transformaba en una ilusión óptica y desaparecía cuando la negra locomotora aceleraba su marcha hasta el límite de su carcomida caldera. Para ella, su semejanza con lo inalcanzable e inesperado, fuese o no soñado, poseía la fuerza de lo irremediable, lo que tendrá que venir sin ser visto ni escuchado. Aquella mañana, cuando terminó de recoger su maleta con los pocos enseres que necesitaba, María salió de la casa y, bajando lentamente la escalera, salió a la calle perdiéndose entre el ya intenso ir y venir de los transeúntes que, con toda probabilidad soportaban, como ella, sus momentos felices, desencantos y la parquedad de quienes guardan celosamente sus ganas de vivir.

Antonio Campillo Ruiz

Loui Jover    



domingo, 20 de mayo de 2018

LA CIVILIZACIÓN MAYA


EL ENIGMA DE LAS CIUDADES PERDIDAS

Atonio Campillo Ruiz


   La historia de la creación de los mayas ha llegado hasta nosotros a través del Popol Vuh, un libro del siglo XVI: “En el origen no había nada más que silencio y vacío. No había humanos, ni animales, ni tan siquiera luz ni sonido. Los Dioses, ocultos, habitaban en un profundo océano. Un día se reunieron para llenar la inmensa Nada. “Tierra”, dijeron los Dioses y la superficie de la Tierra se materializó de inmediato. “Montañas y valles, ríos y lagos”. Los creadores no tenían más que pronunciar las palabras para que todo se convirtiera en realidad. Satisfechos, cubrieron el nuevo paisaje de árboles y arbustos”
El mundo estaba compuesto por tres partes: el cielo, el mundo medio y el inframundo. Xibalba, el inframundo, era el reino de la muerte y las enfermedades. El mundo medio, el terrestre, era donde vivían los humanos. En las esquinas del mundo se hallaban los Bacabs, deidades que sostenían el firmamento. El cielo era el dominio de los cuerpos celestes y el lugar donde habitaban los dioses. En el centro del mundo medio se alzaba el árbol del mundo, cuyas ramas se extendían hasta el cielo, mientras las raíces se hundían hasta las profundidades de Xibalba, donde se podía llegar desde cuevas, lagos y ríos. El mundo medio semejaba una tortuga o un cocodrilo que flotaban sobre las aguas que cubrían el inframundo y las montañas y los valles de la Tierra eran la grupa de los animales.


   El mundo sobrenatural de los mayas estaba poblado por  arquetipos que provenían del entorno natural de la selva tropical: los dioses y los antepasados. Una manera de acercarse a ellos era a través de la intoxicación con sustancias psicotrópicas en combinación con ayunos extensivos, música monótona y bailes estáticos que facilitaban el ingreso a un mundo alternativo. Para alcanzar este estado, los mayas utilizaron bebidas alcohólicas como el Bolché, alcaloides alucinógenos extraídos de los hongos o sustancias tóxicas procedentes de los sapos como el “Bufo marinus”. Las cuevas eran los lugares elegidos para la celebración de dichos rituales, ya que eran consideradas como los umbrales del inframundo. En conexión con el conjuro ritual de dioses y antepasados, también se realizaban ofrendas en forma de sacrificios de animales e incluso humanos, entre los que destacaban los autosacrificios de sangre de los gobernantes, como parte importante de los rituales para rogar por cosechas abundantes o campañas militares exitosas. Los dioses de la lluvia, el comercio, la guerra, la fertilidad, etc., son alguno de los muchos que poseían. Cada uno de ellos contaba con sus cualidades y atributos propios. Una de las deidades supremas era Itzamna, dios de la agricultura, la escritura y la medicina. Chaac era el dios de las guerras y la lluvia. En general, portaban símbolos que los definían por sus cualidades.


   El dios del Maíz asciende al mundo bailando desde el inframundo sobre los brotes más tiernos de la planta. Crece con mayor velocidad cuando este baile tiene lugar sobre el agua que, en las mañanas húmedas, queda atrapada en las ásperas hojas de las plantas altas, cimbreantes y delgadas, como su dios, que buscan la luz y favorecen el crecimiento de las semillas. El ciclo de la vida y la muerte posee una simbología que es paralela al ciclo biológico de la planta sagrada: nacimiento, crecimiento y desvanecimiento. La mazorca, fruto esperado y alimento del ser vivo, posee mil por una semilla y, al morir, como el Dios, vuelve al inframundo y espera el momento para renacer cuando se vuelven a sembrar los granos que fructificarán para alimentar y cuidar de los hombres, mujeres y niños, tal y como fueron creados en un principio. El Dios del Maíz posee un cuerpo delgado, un rostro joven y una frente alargada, como la mazorca de maíz y de ella, molida, conformó la figura de todos los seres vivos con sus propias manos.


   Entre los meses de febrero a mayo el clima del espacio que ocupó la civilización maya es extremadamente seco. Tras ellos, las lluvias lloran sobre el terreno para dulcificarlo y proporcionar el alimento a través de mazorcas y frutos. Las precipitaciones llegan a ser seis veces mayores que las que se producen en Europa durante todo el año. El terreno cárstico de la península de Yucatán y zonas limítrofes absorbe el agua con gran rapidez alcanzando zonas de lixiviado profundas. Para evitar su desaparición, todos los reyes mayas invirtieron grandes esfuerzos en proyectos muy avanzados y se preocuparon de su racional consumo. Así, durante la temporada de lluvias el agua se almacenaba en grandes cisternas excavadas en la roca viva y se distribuía para el consumo de los habitantes humanos, animales, construcción y zonas de cultivo, mediante canales e infraestructuras complejas. Con ellas, era frecuente que los reyes se dejasen retratar en altorrelieves y pinturas, orgullosos de ayudar al Dios de la Lluvia con sus obras.


   Para los mayas, la ubicación espaciotemporal poseía una importancia fundamental. Dependían de la exactitud de sus cálculos para conocer los ciclos solares, ritmos naturales e, incluso, predecir sucesos de diversa consideración.  El calendario Tzolk’in, un calendario ritual de 260 días, el calendario Haab, con el que calculaban el año solar de 365 días y la llamada “Cuenta Larga”, eran los medios que poseían para registrar un evento de diferentes formas y con una exactitud muy precisa. Su conocimiento matemático y astronómico fue excepcional. Como base de cálculos utilizaban un sistema vigesimal modificado con cifras del 0 al 19 de forma eficaz y compleja. Un gran paso para el conocimiento y estudio de la antigua civilización maya se produjo cuando, a finales del siglo XIX, Ernst Wilhelm Förstemann estudió meticulosamente el código Dresde y logró esclarecer el código numérico y calendárico utilizado, continuamente reformado por los avances y estudios que realizaban de forma sistemática.


   La sociedad de los mayas estaba organizada jerárquicamente. La cima la ocupaban los reyes divinos que se rodeaban de la nobleza, los escribanos, los músicos y los sirvientes. Esta corte se encargaba de importantes funciones administrativas, del bienestar y del entretenimiento. El rey y su corte vivían en el palacio en el centro de la ciudad y la nobleza más alta en conjuntos residenciales en una vecindad inmediata. La realeza no solamente habitaba las viviendas más ricas, sino que también se vestía de manera más lujosa y con joyería abundante. Como anécdota podemos señalar que las personas con enanismo y los jorobados tenían en la sociedad maya un estatus especial. Su complexión corporal los distinguía y los situaba siempre cerca de los Dioses, una proximidad que era muy apreciada por los reyes. La corte real y la nobleza solamente representaban una minoría de la sociedad maya. La mayoría de los habitantes de las ciudades estado se dedicaban a la agricultura y la ganadería.


   Las alianzas eran fundamentales para la supervivencia de las ciudades mayas. Sin ellas, las ciudades más pequeñas podían caer bajo el dominio de reyes poderosos. El imperio maya no tuvo jamás un gobernante único que controlara la totalidad del territorio, sino que cada ciudad era regida por su propio rey. Poseían el mismo idioma, religión y costumbres pero eran independientes y con frecuencia los reyes se encontraban enfrentados entre sí. Su similitud con las ciudades-estado de la antigua Grecia fue muy significativa y curiosa. El comercio, las alianzas políticas y las obligaciones fiscales eran su medio de conexión. Las mujeres desempeñaban un papel relevante a la hora de forjar alianzas y era habitual que los reyes entregaran a sus hijas en matrimonio a hombres destacados de otras ciudades para así poder aliarse con familias de diferentes caracteres consanguíneos y distintas de las que habitaban su propia ciudad. Algunas ciudades poseían más superficie e influencia que otras. Las más débiles, sometidas por guerras o no, debían tributar con impuestos a las más poderosas. Las estelas han dejado el rastro de las diferentes dependencias y cambios de una ciudad con otra.


   El conflicto entre Tikal y Calakmul dominó el paisaje político de las ciudades-estado durante el período Clásico Tardío. Las dos potencias lograron establecer una vasta esfera de influencia con una gran cantidad de estados-vasallos vinculados. Tikal, sin duda, fue la ciudad más poderosa del Clásico Temprano en las Tierras Bajas mayas, donde la influencia de la metrópoli de Teotihuacán era muy evidente. A partir del siglo VI d.n.e. se iniciaron los conflictos con Calakmul, aunque generalmente, no fueron confrontaciones directas, siendo guerras entre los aliados y apoyadas por los reyes de Tikal y Calakmul. A pesar de ello, cada una de estas guerras tuvo impactos dramáticos. A mediados del siglo VI, Tikal fue vencida por Calakmul y tuvo que entronizar a un gobernante títere, iniciando un período de debilidad que duró más de cien años. Posteriormente Tikal logro recuperarse y restablecerse de nuevo como una ciudad hegemónica en las Tierras Bajas mayas.


   Hacia el año 1000 todas las ciudades mayas estaban despobladas y toda su civilización había desaparecido. No hay una explicación sencilla para este fenómeno, las razones son múltiples y el colapso fue un proceso muy largo. Uno de los motivos parece encontrarse en la desestabilización producida por la victoria de Tikal sobre Calakmul. En sucesivas guerras, las ciudades anteriormente aliadas a estas potencias lucharon por la supremacía, extinguiéndose sus dinastías. Ninguna ciudad logró imponerse en este conflicto y el precio fue muy alto. La organización interna de las ciudades falló, el poder y el carácter divino de los reyes fue puesto en duda y el sistema político cayo hecho pedazos. Ya no existía una élite capaz de superar la crisis. A su vez, un cambio climático agravó mortalmente la situación con sequías prolongadas y hambrunas. El apogeo de la cultura maya, basado en el crecimiento exagerado de las ciudades agotó las reservas de suelo agrícola, lo que obligó a los campesinos a abandonar sus tierras mientras la selva húmeda recuperaba su espacio y ya no pudieron ni supieron adaptarse nuevamente.

Antonio Campillo Ruiz



domingo, 13 de mayo de 2018

PARTIDA SIN RETORNO


UNA VIDA DE DUDAS

Antonio Campillo Ruiz

Anne Bachelier

   El recelo creó una prevención que se convirtió en terror. Nadie quería hacer aquello. El tiempo pasaba velozmente y el pueblo languidecía con la preocupación. Partir hasta aquel lugar y abtener éxito haciendo que los problemas desapareciesen era una idea disparatada para muchos, Él se levantó y echándose la cuerda que siempre le acompañaba allá donde iba y partió para hacerlo. Su temeridad era muy superior a los consejos. Para otros, también su terquedad. Pero, supuestamente, lo hizo y su logro fue un ejemplo para todos los habitantes del lugar. Desde que los viejos eran niños, fue el tema de conversación de todo tipo de tertulias. Quienes eran más osados  llevaban la voz cantante hablando y hablando de los diferentes modos y formas de alcanzar lo que inquietaba a todos. Aquellos que vivían más cómodamente y se encontraban felices por diversos motivos quedaban pensativos sin decir nada y se limitaban a escuchar.  Las mujeres eran más osadas. Sus largas diatribas acerca de la temeridad, la valentía y el coraje, las iba excitando poco a poco hasta que alguna resbalaba por la pendiente de las confidencias explicando sueños que juraba como ciertos aún siendo ilusiones que no se atrevían a explicar ni siquiera a sus novios ni maridos.

Anne Bachelier

   Los domingos, tras la comida, los mozos trataban de simular haber hecho lo que probablemente se hizo en su día. Nunca fueron fáciles la conversaciones y sí frecuente que se acabase en acaloradas discusiones sobre pequeños aspectos que, si bien eran diferentes, no podían ser contrastados. Las chicas lo soportaban de mal humor. Las dejaban solas durante parte de la tarde  y las buscaban cuando la poca luz de las pequeñas farolas ofrecía oportunidades que no eran bien recibidas en plena tarde.

Anne Bachelier

   El día que llegó el forastero procedente de aquel lugar remoto, dueño perpétuo de sus sueños y realidades, fue una fiesta. Nadie creía que pudiese llegar otra persona porque ellos, desde el día del hecho, jamás habían salido de los límites invisibles de su demarcación. Reunido el consejo asesor de hombres ilustres, decidieron preguntarle si conocía el suceso que se produjo aquel día en su remota tierra y si su conciudadano lo hizo. Sentado cómodamente el forastero excuchó con interés la petición y tras un  tiempo de reflexión explicó que el tema era complejo y debía madurar la oportunidad de responder. Acordaron que al día siguiente daría una contestación.

Anne Bachelier

   Los pequeños corrillos de hombres y mujeres se encontraban tan cerca unos de otros que se podían oír entre ellos y formaban un irregular semicírculo que partía y terminaba en el lugar de la reunión. Antes de acabar de aparecer el sol en el horizonte el forastero salió a la calle con cara preocupada y las manos en los bolsillos, se dirigió despacio al lugar de encuentro, entró cortando el inmenso silencio de las gentes y, dirigiéndose al portavoz del día anterior, dijo con solemnidad: “Sí, lo hizo”.

Antonio Campillo Ruiz

Anne Bachelier

lunes, 7 de mayo de 2018

HELIOTROPOS


REALIDAD, FÁBULAS Y FICCIONES

Antonio Campillo Ruiz

"La historia no se estudia
para aprender del pasado,
sino para liberarnos de él."

Yuval Noah Harari

 Quentin Massys

   Atrapado en una inmensa maraña de relatos, fábulas, ficciones y convencionalismos, que conforman una fantasía denominada sistema social, el ser humano actual cree en todas y cada una de ellas atribuyendo al conjunto el nombre de realidad. Algún día deberemos admitir que la Biología no tiene la suficiente información para explicar todo el proceso de la vida y, por tanto, su posible influencia en la sociedad. Para poseer una visión completa de la influencia de la vida humana en la realidad cotidiana necesitamos la Antropología, la Filosofía, la Sociología, la Historia... Ninguna de ellas posee respuestas iguales y, a veces, ni tan siquiera semejantes. Sin embargo la respuesta a una pregunta obvia: ¿Qué es real?, las necesita a todas.


   Una inmensa superposición de relatos, fábulas y ficciones han edificado los cimientos para construir ideologías, jerarquías e incluso modelos de naciones. Sí, parece una idea muy poco ortodoxa pero todos los conflictos que la Humanidad padece son el resultado de interpretaciones contradictorias de relatos comunes, de convencionalismos que, supuestamente, han favorecido la evolución, el progreso y el llamado bienestar. Se posee más alimentos pero tan mal repartidos que el hambre no ha sido una desgracia en la vida de nuestros ancestros, es una desgracia actual. Los pobres no interesan y gran parte del excedente alimenticio se utiliza para el engorde de ganado, en condiciones de vida de dudosa plenitud, que será sacrificado para consumo de los humanos que posean los recursos para acceder a ella o de otros animales.  A la vez, la calidad de diferentes empleos genera, alguna vez, una posible mejora en la vida del trabajador pero, por simple comparación, podemos comparar la calidad del empleo cuando se utiliza una máquina ruidosa, en un lugar inhóspito y caluroso, día tras día y el trabajo desarrollado en un entorno ofrecido por un cultivo en plena Naturaleza. Es posible que en el primer caso el beneficio sea mayor pero es tan embrutecedor que la merecida mejora para el hombre nunca llegará. Mientras, en el segundo caso, la estabilidad mental y el disfrute se transforma en el placer buscado. Poseemos más medios para vivir pero en peores condiciones con respecto a trabajos del pasado.  


   La Biología nos transmite el concepto de evolución. Las personas no han sido creadas, evolucionan, precisamente por ello no son iguales. Así, cada una de ellas ha configurado un relato personal para hacerse entender con otras, estableciendo su propia capacidad para decidir sobre ficciones o relatos más generales con los que han tratado de condicionar su evolución. Con ellos, se ha crecido y contra ellos se establece el principio de defensa a través del derecho a decidir. Durante el principio de las asociaciones humanas, en la Prehistoria, los homínidos, recolectores y cazadores, se agruparon para defenderse de todo tipo de patologías, desde las fisiológicas hasta las confusiones generadas por muchos de ellos para obtener una determinada preponderancia, bien, en el poder, bien, en la calidad de vida personal. Desde entonces, sí, podemos decir que el denominado nivel de vida ha mejorado. Lo inseguro es que los descendientes de aquellos homínidos, nosotros, seamos más felices que fueron ellos debido a que el bienestar material, actual ficción adorada y deseada, no ha aportado al hombre moderno la fortaleza psicológica suficiente para evitar la desintegración familiar o de las comunidades establecidas, actuales fábulas que sostienen la endeble potencia de la sociedad.


Quentin Massys

   Que el hombre está cada día más alienado, más solo y más aislado es un hecho difícil de rebatir. Se crean necesidades que aportan, entre otras, la fábula del bienestar, induciendo inmediatamente a la insensibilidad y sus duros efectos: la inoperancia de todas las actividades que ficticiamente conllevan placer, objetivo último de cualquier actividad contemplativa o creativa. Sin embargo, la Naturaleza posee un equilibrio que renace constantemente porque no necesita ni fábulas ni ficciones ni relatos que adocenen y adoctrinen. El equilibrio de los seres vivos en estado natural contrasta con el desprecio que el hombre realiza de él, siendo que, por el contrario, el desequilibrio humano en la sociedad moderna es evidente.  


   Empresas, naciones, derechos humanos, dioses…, se han construido, en nuestra forma de vida, como relatos, ficciones, fábulas y convencionalismos. Esto no significa que no sean importantes. Son extremadamente importantes por estar basados en la necesidad de creer. Es la convención por la que un hecho, motivo o resultado es creíble y está garantizado. Este es el caso concreto del dinero: un convencionalismo en el que creemos y produce un resultado que posee unas consecuencias reales. La construcción de nuestra forma de vida está basada sólo en estos elementos que acaparan la atención pero no consiguen ninguno de los objetivos que nos podemos plantear en la vida. Así, es de crucial importancia saber distinguir entre ficciones que, en general, poseen un fondo cultural y temporal. No hacerlo nos puede conducir a la pérdida de la realidad creada e inducida.


   Crecimos escuchando historias que comenzaron a contradecirse entre sí y a crear confusión cuasi instantes después de ser enunciadas. Asumimos o replicamos prejuicios que nos enseñan sin tener en cuenta que echando un vistazo a la Historia se consigue detectar su falsedad. Es un hecho que la Historia jamás se repite porque nunca se repetirán con exactitud las condiciones que dieron motivo para que un suceso tenga lugar con idénticas consecuencias a cualquier otro anterior. Entender cómo se ha construido una historia, relato, fábula o ficción, supone ser capaz de no aceptar la influencia que posee sobre uno mismo, a pesar de que los relatos oficiales pueden poseer una credulidad mayor que la derivada de la propia opinión. Nos defenderemos mejor de las ideas confusas cuando observemos la diferencia entre ellas y la realidad que debemos desentrañar sin demasiada ayuda externa. La mejor prueba para  saber qué es real y qué es un relato se basa en preguntar ¿quién sufre y cuánto sufre? ¿Sufre el Estado cuando varios de sus ciudadanos tienen un mal? No, sufren quienes lo padecen. Esto es real, el Estado es una fábula; cuando la banca quiebra, ¿sufren los bancos? No, sufren los impositores que pierden sus recursos. La banca es una ficción. El grave problema de los humanos es que adoptamos la perspectiva de quienes nos ha enseñado que las fábulas y ficciones que soportan un sistema material que no aporta ningún beneficio, padecen los males que soportan en la realidad los verdaderamente perjudicados: las personas.


   Nuestro sistema económico está basado en el crecimiento y no en la sostenibilidad, en el equilibrio,  principio que rige en la Naturaleza. Sin embargo, se necesita crecer y crecer cada vez más, se necesita no colapsar a ninguna de las fábulas o ficciones que soportan el organigrama. Es preciso desear más, producir más y por tanto, consumir más. De esta forma se conserva el sistema y se consigue que si todos producimos más, consumiremos más, ganaremos más dinero por esas transacciones y seremos todos muy ricos. El resultado salta a la vista: la realidad es que cada vez hay menos para más gente. Desafortunadamente, la única ficción que funciona como una realidad, aun siendo un convencionalismo, en todas las culturas, es el dinero.

Antonio Campillo Ruiz

Marinus van Reymerswale