jueves, 15 de noviembre de 2018

DONDE SE RENUEVA LA BELLEZA


¿QUÉ Y CÓMO SON LAS NEBULOSAS?

Antonio Campillo Ruiz


   En muchas ocasiones, los humanos estamos a la defensiva de palabras que nos producen, cuanto menos, desconocimiento y un cierto rictus de incredulidad o desconfianza. De entre ellas, la palabra “nebulosa”, que posee una raíz tan sencilla como conocida, “nubes”, no son sino sencillas nubes gigantescas que poseen unas extrañas formas en determinadas galaxias del Universo, tanto cercano como exterior. Su composición química es tan sencilla como las conocidas nubes de nuestro planeta pero con gases diferentes: Hidrógeno, Helio, diversos elementos sencillos y un conglomerado de polvo estelar. De la combinación de estos gases y el polvo estelar nacen las estrellas por medio de una condensación y agregación de la materia antedicha. Así, podemos expresar con gran sencillez lo que es una nebulosa: Una nube estelar de gran tamaño, formada por varios elementos químicos sencillos y polvo estelar, materia con la que, por medio de un proceso de condensación, se forman las estrellas”. Veamos alguna de ellas y comprobaremos que sus formas y concentración de gases son diferentes y generan procesos diferenciados según la galaxia en la que se encuentran, generalmente las espirales irregulares.

NGC 6188: Los Dragones de Ara

 Tian Lee

   Las formas oscuras con bordes brillantes que se abren paso a través de la polvorienta NGC 6188 tienen decenas de años luz. La nebulosa de emisión se encuentra cerca del borde de una gran nube molecular oscura en la constelación austral Ara, a unos 4.000 años luz de distancia. Nacidas en esa región hace apenas unos millones de años, las estrellas jóvenes y masivas de la asociación Ara OB1 incrustadas, esculpen las formas fantásticas y potencian el brillo nebular con los vientos estelares y la intensa radiación ultravioleta. La reciente formación de estrellas, probablemente, fue provocada por los vientos y las explosiones de supernovas, pertenecientes a generaciones anteriores de estrellas masivas, que barrieron y comprimieron el gas molecular. Con los datos de imagen del Observatorio Chilescope, se usó una paleta Hubble de color falso para crear esta magnífica imagen de campo amplio y muestra la emisión de átomos de azufre, hidrógeno y oxígeno en tonos rojo, verde y azul. El campo de visión abarca aproximadamente cuatro lunas llenas, que corresponden a unos 150 años luz de la distancia estimada a NGC 6188.

NGC 1499: La Nebulosa De California

Bray Falls

   Incluso hay una California en el espacio. Se encuentra a la deriva en el Brazo de Orión de la Galaxia espiral Vía Láctea, nuestra galaxia.  Esta nube cósmica viaja al azar y refleja el contorno de California en la costa oeste de los Estados Unidos. Nuestro propio Sol también se encuentra dentro del Brazo de Orión de la Vía Láctea, a solo unos 1.500 años luz de la Nebulosa de California. También conocida como NGC 1499, la nebulosa de emisión clásica tiene una duración de alrededor de 100 años luz. En la imagen mostrada, el brillo más intenso de la Nebulosa de California es debido a la luz roja, característica de los átomos de hidrógeno que se recombinan con los electrones perdidos durante mucho tiempo y que fueron eliminados, ionizados, por la luz energética de las estrellas. La estrella más probable que proporciona la luz estelar energética que ioniza gran parte del gas nebular es el brillante, caliente y azulado Xi Persei, justo a la derecha de la nebulosa. Como objetivo habitual de los astrofotógrafos, la Nebulosa de California puede verse con un telescopio de campo ancho bajo un cielo oscuro hacia la constelación de Perseo, no lejos de las Pléyades.

IC 4592: La Nebulosa de Reflexión de la Cabeza de Caballo Azul

Mario Cogo

   ¿Apreciamos la cabeza del caballo? Lo que están viendo no es la famosa nebulosa Cabeza de Caballo hacia Orión, sino una nebulosa más débil que solo toma una forma familiar con imágenes más profundas. La parte principal del complejo de nubes moleculares aquí fotografiadas es una nebulosa de reflexión, catalogada como IC 4592. Las nebulosas de reflexión en realidad están formadas por un polvo muy fino que normalmente parece oscuro pero puede verse bastante azul al reflejar la luz de las estrellas energéticas cercanas. En este caso, la fuente de gran parte de la luz reflejada es una estrella en el ojo del caballo. Esa estrella es parte de Nu Scorpii, uno de los sistemas estelares más brillantes, hacia la constelación del Escorpión (Scorpius). Una segunda nebulosa de reflexión denominada IC 4601 es visible rodeando dos estrellas a la derecha del centro de la imagen.

IC 59 y IC 63 en Casiopea


Ken Crawford (Rancho Del Sol Obs)

   Estos bordes brillantes y formas fluidas se ven fantasmales en una escala cósmica. En una vista telescópica hacia la constelación de Casiopea, el colorido paisaje (con zoom), presenta las nubes IC 59 (izquierda) barridas hacia atrás, con forma de cometa (izquierda) e IC 63. A unos 600 años luz de distancia, las nubes no son realmente fantasmas, pero están desapareciendo lentamente bajo la influencia de la radiación energética de la estrella caliente y luminosa Gamma Cas. Gamma Cas se encuentra físicamente a solo 3 a 4 años luz de las nebulosas, justo en el borde superior derecho del marco. Un poco más cerca de Gamma Cas, la IC 63 está dominada por la luz roja H-alfa emitida en forma de átomos de hidrógeno ionizados por la radiación ultravioleta de la estrella que se recombinan con los electrones. Más lejos de la estrella, el IC 59 muestra proporcionalmente, menos emisión de H-alfa pero más del tinte azul característico de la luz de la estrella reflejada en el polvo. El campo de visión abarca aproximadamente 1 grado o 10 años luz a la distancia estimada de Gamma Cas.

Antonio Campillo Ruiz



jueves, 8 de noviembre de 2018

ABECEDARIO: O

OLAYA

Antonio Campillo Ruiz

 Ambrosius Benson

   Olaya hablaba nerviosa y con rapidez. Le suponía un gran esfuerzo ocultar que era capaz de expresar lo que sentía sin tener que explicar a nadie por qué lo hacía y a quien lo relataba. Tenía prohibido estas charlas. Su estado general se alteraba, preocupada, como siempre, de la recriminación que caería sobre ella si se conociese lo que hacía pocas veces, muy pocas veces. A pesar de ello, su ahogo interno, su falta de opinión ante un entorno considerado por todos hostil, en algunas ocasiones, era insoportable. Tenía que expresar la acumulación de pensamientos, opiniones e, incluso, soluciones, que, de tiempo en tiempo, la corroían sin la purga de una válvula de escape por la que su presión interior se suavizara y disminuyese. Era entonces cuando lanzaba su interminable y veloz carrera de palabras que simulaban una competición en la que una tras otra trataba de alcanzar a la pronunciada anteriormente.

Ambrosius Benson

   Olaya se tranquilizaba tras observar o captar la comprensión de quien la escuchaba. A la vez, observaba que, siempre que sucedía uno de sus pequeños estallidos de monólogo veloz, su relajación interior era mayor y su visión del entorno cotidiano favorecedora. Así, a pesar de su dificultad y necesidad para expresar sus pensamientos, nunca consideró volver a los años, lejanos ya en el pasado, en los que su silencio potenció su propia apatía, inicialmente y el desaire hacia sus opiniones después. Había nacido en ella un atisbo de libertad que fue en aumento conforme se apreciaba como persona poseedora de pensamientos y opiniones propias. Ahora, volver atrás, además de temerario, creía que supondría un retroceso tanto para sí misma como para los demás. De hecho, muchas de sus opiniones eran tenidas en cuenta, a pesar de tratar, en muchas ocasiones, de no determinar el origen de las mismas. No le importaba. Lo importante era que se aplicasen sus ideas y razonamientos ante problemas de complejidad manifiesta.

Ambrosius Benson 

   Olaya se sentía feliz cuando en el trabajo, tan aséptico y cuidadoso, cada día era más frecuente que su opinión se requiriese. Que en sus relaciones personales, de cualquier tipo, razonase con mayor precisión y oportunidad de quienes eran los eternos dictaminadores de cualquier acción a desarrollar. Sin embargo, apreciaba que su carácter cambiaba a la misma velocidad con la que crecía su estima externa. No lo comprendía a pesar de su satisfacción personal. ¿Estaba volviendo hacia aquella tristeza en la que se sumió ante un menosprecio injusto, especialmente, cuando se trataba de sus relaciones personales, queridas e insustituibles? Esta conclusión, dudosa pero mesurable, se traducía en una congoja que aumentaba conforme lo hacía su novedoso éxito. Se solicitaba a sí misma que nada pudiese suponer un cambio emocional, una ruptura con sus sentimientos, una pasividad que pudiese considerar normal su cualidad racional, ni mucho menos su cualidad de mujer. Empezaba a volver al tiempo en el que su tristeza le procuró un estado de autoinmolación, aceptada ante la cruel y despiadada separación a la que fue sometida su mente y posterior separación de su condición humana, de la que se sentía orgullosa.    

Antonio Campillo Ruiz

Ambrosius Benson

   

domingo, 21 de octubre de 2018

DÍA DE DIFUNTOS


LOS CAMPANILLEROS DE LA AURORA

Antonio Campillo Ruiz


   Aquel día, un leve y pertinaz viento enfriaba más el plomizo cielo amenazador. Había estado lloviendo toda la noche y las calles del pueblo se convirtieron en un barrizal por el que sólo podían transitar los carros. Los vecinos utilizaban una pequeña línea, allí donde tendrían que estar las aceras, por la que, a base de pisar y pisar, el barro se endurecía y formaba una senda semiseca y estable al resbaladizo barro, mezcla marrón y negro grisáceo, amasado por el polvo acumulado y el agua fría del otoño. Los pantalones cortos y de fina tela, todavía, hacían sentir la sensación fría en las sufridas piernas frágiles de los niños que correteaban de un lado para otro. Era su forma de generar un poco de calor.


   En la puerta del Camposanto un destartalado carromato de madera, que poseía un pequeño tejado protector, exponía manzanas asadas, recubiertas de azúcar tostada, castañas recién asadas, pipas, caramelos… Allá, frente a él se encontraba el sempiterno vendedor de regalicia, “El Ñape”, con sus pequeños manojos de cinco trozos atados cada uno con una goma y, al lado contrario de estos ambulantes vendedores, se encontraban los hombres de la cera. Varios hombres con sacos de aspillera, se sentaban en piedras u otros materiales secos y esperaban que los niños fueran trayendo los restos de cera que, como largas lágrimas, se formaban sobre las velas inclinadas encima de los tristes caballones de tierra en donde se suponía que se encontraban los restos polvorientos de un difunto.


   La rápida oscuridad de la tarde, favorecida por las nubes cargadas con agua amenazadora, frenaban el presuroso caminar de los vecinos. Les impresionaba que, al entrar al Camposanto la visión de los eternos cipreses, enhiestos y altivos, verdinegros sin par, haciendo silbar sus hojas con el viento, aumentase la desoladora visión del ceniciento panteón, enorme, cual palacio de Satán. Semejaba la enorme residencia de Vlad, “El Empalador”. La tierra estéril, removida para arreglar los pequeños surcos con su difunto bajo ellos, indicaba quienes se habían preocupado por retocar y presentar ante amigos y visitantes los signos de lo inolvidable. Una cruz, generalmente de hierro forjado con maestría y gran belleza, señalaba el lugar que ocupaba la cabeza del enterrado pero no era extraño vislumbrar alguna que era de madera entrecruzada con un largo lazo de cuerda que rodeaba los lados vertical y horizontal de la misma. Las velas encendidas como luciérnagas no alumbraban, aterrorizaban, favorecían el intento de retroceso de quienes respetaban aquel día en el que era de obligado cumplimiento la visita a los difuntos, el Día de Todos los Santos.


   Vestían sus lutos más severos. Todo era negro y se escuchaban rumores de rezos por dondequiera que se pasase. A lo lejos, se escuchaba una salmodia acompañada por tristes campanillas que tocaban con ritmo reiterativo y, a veces, malsonante. Los Campanilleros, Auroros, en realidad, Los Campanilleros de la Aurora, cantaban a los muertos. Visitaban uno tras otro los lugares en donde un amigo se encontraba reposando eternamente y cantaban su salmodia una y otra vez, con voz lastimera, mitad latín mitad español, con parsimonia, con la lentitud de quien no se precipita en contar la escala musical ni el ritmo, a su aire, ininteligiblemente para muchos de los que escuchaban los lamentos de las almas. En muchas ocasiones, la cercanía de la muerte obligaba a cantar dos e incluso tres veces, diversas salmodias. Unas severas y las otras más airadas e incluso alegres. Uno de los integrantes del grupo llevaba en el bolsillo de su chaqueta una botella de anís Machaquito y, de cuando en cuando, alguno de los recitadores echaba un pequeño sorbo para aclarar su bronca voz, pesada por los años, por los cánticos y por el alcohol. Sus vestimentas eran reconocibles por todos, largo sayón oscuro rayado verticalmente en negro, a la usanza de las ropas tradicionales de la región y pantalones también negros. Aquellos que usaban chaquetas eran, igualmente, rayadas en negro y gris con un brazalete negro en una de sus mangas o un botón negro en el ojal de la solapa. Al terminar sus estrofas, los deudos les rodeaban y llorando, les acompañaban hasta su nuevo lugar de canto y agradecían su dedicación con un pequeño óbolo que ofrecían a quien realizaba las funciones de jefe de la cuadrilla.


   A la vez, se celebraban misas consecutivas en diversos puntos del Camposanto. La iluminación era producida, exclusivamente, por las amarillentas luces de velones que se encendían en los lugares en donde el sacerdote oficiante debía leer textos sagrados. Mujeres con velos negros, hombres con camisas nuevas para el evento y chaquetas no tan flamantes por el uso pero retocadas, zurcidas o remendadas, asistían devotos y compungidos a estos actos sagrados con el fervor de poder favorecer siempre a todos los difuntos. El sonido del viento, cada vez un poco más fuerte, era el sinvivir de los más desfavorecidos: gastaban cajas y cajas de cerillas, con cabeza blanca de fósforo, para encender las velas que nunca debían de apagarse, se debían consumir completas para solicitar y exponer con satisfacción la petición de clemencia o bienestar del amigo o familiar al que se dedicaban. En algunos lugares se observaban pequeños muebles de dos patas con una madera agujereada entre ellos y otra que servía para detener la caída de las velas que, encontrándose introducidas en los agujeros de la primera tabla quedaban rectas y, por tanto, se consumían con mayor lentitud y menor gasto de cera. Por supuesto, eran unos soportes de color negro que se fueron introduciendo como medio moderno para utilizar en este día. En cualquier caso, los niños aprovechaban los pequeños ríos de cera para ir pidiendo las lágrimas manchadas de tierra y barro que caían constantemente. Al acercarse a los puntos de compra/venta de los hombres de la cera, su largo discutir con ellos era su entretenimiento: “… que no tiene tierra…” “…que sí, que está llena de barro y no vale para volver a fundir la cera y rehacer otra vez las velas con su pábilo dentro… y sólo te puedo dar un “perro gordo”…”


   En la parte izquierda de la entrada al Camposanto, una construcción que, por todo mueble, contenía sólo una mesa de cemento blanco con una pequeña hendidura a su alrededor y un resalte que, igualmente la rodeaba, con una especie de taco que podría ser similar a una almohada, presidía el espacio vacío. En una de las esquinas había un lavabo y en el suelo un pequeño sumidero. Este lugar causaba pavor entre los más pequeños y la repulsa de los mayores. Era la sala de autopsias, únicamente utilizada para muertes violentas o posibles suicidios. El Juez de paz y el médico, con un ayudante, ambos destinados en el pueblo, eran los encargados de realizarla muy de tarde en tarde. La curiosidad malsana y las miradas de reojo eran perennes entre los vecinos que habían tenido la mala suerte de que estuviese ese lugar cerca de sus deudos.   


   Los panteones, exclusivos lugares en donde no se podían coger las lágrimas de las velas, entre otras cosas porque como estaban protegidas del viento las pavesas se encontraban siempre perfectamente verticales y la llama también. Además, le ponían una especie de caperuza para que el gasto de la vela fuese muy controlado. A veces, aun no siendo la Fiesta de los Difuntos, los señoritos dueños de estos lujosos lugares de reposo, visitaban a sus seres queridos, ya idos al Más Allá y encendían las velas que no habían sido quemadas con anterioridad. Cuando la luz hacía casi temerario caminar por las calles embarradas de fango, con la parsimonia de quien deja atrás parte de sí mismo, los vecinos se retiraban dejando encendidas velas y velones, abandonando nuevamente a quienes ya no pertenecían a un mundo del que habían sido apartados por la terrible soledad de la muerte. Los goznes de la única puerta de entrada al Camposanto rechinaban por la humedad y falta de lubricante y el sepulturero cerraba con precaución sin dejar de llamar a quienes pudiesen quedarse encerrados en el recinto.
  
Antonio Campillo Ruiz


RELACION DE CAMPANILLEROS DE LA AURORA, AUROROS DE SANTOMERA QUE APARECEN, DE IZQUIERDA A DERECHA, EN EL VÍDEO QUE SE ADJUNTA, CANTANDO EN EL CEMENTERIO DE DICHA LOCALIDAD EL PASADO 1 DE NOVIERMBRE DE 2017.

MINUTO: 0,0 AL 0,16.

MARIANO GONZÁLEZ  RUIZ
TRINITARIO RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ
JUAN MIGUEL MUÑOZ GÓNZALEZ
ALBERTO GALINDO ÁLVAREZ
GERÓNIMO  CÓRDOBA MENÁRGUEZ
JUAN FERNÁNDEZ MARQUINA
JOSÉ MANUEL MOLINERO BERNAL
IRENO FERNÁNDEZ ALBALADEJO

MINUTO: 0,17 AL 3,00.

ALBERTO GALINDO ÁLVAREZ
FRANCISCO VILLAESCUSA  SOTO
TRINITARIO RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ
JOSE MIGUEL MUÑOZ  GONZÁLEZ
IRENO FERNÁNDEZ ALBALADEJO
JOSE MANUEL MOLINERO BERNAL
JOSÉ ANDRÉS CASTEJÓN CONTRERAS
GERÓNIMO CÓRDOBA MENÁRGUEZ
JUAN FRANCISCO NICOLÁS MARTÍNEZ

MINUTO: 3,05 AL 6,32

VÍCTOR MESEGUER OLIVA
MARIANO GONZÁLEZ RUIZ
FRANCISCO VILLAESCUSA  SOTO
TRINITARIO RODRÍGUEZ  RODRÍGUEZ
JUAN MIGUEL MUÑOZ  GONZÁLEZ
ALBERTO GALINDO ÁLVAREZ
JOSÉ MANUEL MOLINERO BERNAL
IRENO FERNÁNDEZ ALBALADEJO
GERÓNIMO CÓRDOBA MENÁRGUEZ
JOSÉ BLÁZQUEZ ALMELA. PORTADOR ESTANDARTE
JOSÉ ANDRÉS CASTEJÓN CONTRERAS


jueves, 11 de octubre de 2018

INQUIETUD


LA MUÑECA DE TRAPO

Antonio Campillo Ruiz


   El tañido de las campanas anunciaba El Ángelus. Desde su lugar de paseo habitual, torres y atalayas dibujaban  una línea del cielo atractiva, serena y plena de historia. Las personas iban y venían prestamente en todas direcciones y, la plaza, rodeada de plantas, se diluía para todos tan rauda como los propios caminantes. Envidiaba a quienes poseían la tranquilidad de poder caminar durante el día hacia diversos lugares sin orden. Sus pasos debían de ser precisos, sólo los podía materializar durante las noches. Sus actuaciones, sempre distintas, parecían repetirse. Sabía que no era así y, además, procuraba que jamás fuese de esta forma. Los espectadores merecían pasos únicos cada día.


   Debía ejercitar la elasticidad de sus extremidades para cambiar, siempre que fuese posible, junto a un acorde musical, esa figura que era inédita, esos brazos arqueados, ese talle cimbreante y al que debía proporcionar movimientos tan elásticos como seductores. Sabía que no era apropiado y más de una vez suponía una pequeña disputa con el coreógrafo pero merecía la pena. Sin saberlo, el público había asistido a un movimiento muy personal y recién inventado. Su satisfacción era plena cuando, en alguna actuación se repetían inusitados cambios de movimientos que eran advertidos por los expertos visitantes, asiduos cazadores de su especial forma de interpretación. Era frecuente que, posteriormente, criticaran su iniciativa, exaltando su pulcritud y perfecta sincronización con la música y, algunas veces, incluso con la letra de una canción.


   La línea del cielo interpretaba cada mañana para ella unos movimientos propios, dignos de una sincronía entre todos los elementos que la componían. Era posible que de esta abstraída observación hubiese surgido esa pequeña manía suya de cambiar, de reformar, de no repetir. La quietud la hacía sentirse limitada y, en muchas ocasiones, similar a una muñeca rígida y seria. Quería ser una muñeca de trapo, deformable y recompuesta al instante, quería ser una hoja mecida por el viento que se traslada sin saber el lugar al que llega, quería ser marioneta que interpretase divertidos cuentos e hiciese reír a los niños, quería viajar en una caja de cartón, con el viento y en el interior de la maleta de un cuentacuentos, por los confines de un fin inacabable en el que sus pies dibujasen en el suelo las notas musicales de la guitarra que la acompañaba.

Antonio Campillo Ruiz   



viernes, 5 de octubre de 2018

EL ARTE REPRESENTA A LA HISTORIA


EL ROSTRO HUMANO EN LA REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

Antonio Campillo Ruiz


   Proyectado y realizado por Churriguera en un estilo barroco y reformado, con el trazado característico de Diego de Villanueva, el palacio de Juan de Goyeneche alberga desde el reinado de Carlos III, hacia 1773, la importante y exclusiva colección de arte y dependencias de La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Esta insustituible muestra de arte y ejemplo para profesionales, estudiantes y admiradores de la calidad artística, fue proyectada inicialmente por Felipe V, curioso hecho tratándose de tal monarca, y, posteriormente fue su hijo Fernando VI quien firmó el real decreto de la fundación definitiva. No pudo establecerse en un edificio concreto hasta que el palacio aludido acogió esta espléndida muestra de diversas artes.


   Entre ellas, se encuentra el propio edificio que no posee ni un solo rincón sin todo tipo de artes decorativas. Desde la espectacular escultura de El Ángel Caído hasta obras en diversos materiales y de diversas épocas, la colección mayor de obras de Francisco de Goya en una exposición, se encuentran resguardadas y admiradas por el visitante o profesional que retiene en su mente esa pincelada seria y rugosa, esos personajes malévolos o inocentes, ese aquelarre que es fiesta, ese autorretrato tan personal y estudiado. Junto a Goya, Zurbarán, Ribera, Tintoretto, Rubens y un largo etcétera, dejan su huella indeleble en las distintas salas e. incluso, en lugares de paso, quizás con la ilusión, por parte de la dirección, de asomar a todos los ojos pinturas o esculturas imperecederas.


   Asomarse a este remanso de arte supone realizar un largo viaje por estilos, motivos y una inmensa colección de retratos que cuentan la Historia de España desde los diversos protagonistas que ostentaron el poder y, en muchos casos, potenciaron la existencia de este y otros muchos lugares de culto a la sensibilidad y pureza de la interpretación y trabajo de autores inmortales.

Antonio Campillo Ruiz   




domingo, 30 de septiembre de 2018

PAZ INTERIOR


HUMANOS

Antonio Campillo Ruiz


   No es frecuente que nos detengamos con parsimonia, con mirada comprensiva, ante personas que, habitantes de regiones remotas o relativamente cercanas, poseen una distribución y orden social, unas costumbres, unos hábitos, que son tan atractivos como, en muchas ocasiones, detestables. Quienes pertenecen al llamado mundo occidental moderno, en muchas ocasiones, carecen de una conciencia recta que dirima cuál de las dos opciones es la adecuada. Así, podemos encontrar contrasentidos tales como los aspectos ”bondadosos”, cuando, en realidad, el acercamiento e intercambio de normas y costumbres deberían enriquecer tanto a quienes las poseen como a quienes las aceptan o asumen.



    En este pequeño recorrido por los caracteres y aspectos diferenciales, así como los comunes, podemos apreciar, por ejemplo, que la belleza no es peculiaridad de una raza, etnia o grupo específico de seres que se encuentran en continuo cambio evolutivo y de él obtienen su propio progreso. De igual forma, el tiempo natural, el apreciado por cada uno y el contabilizado con la premura de tratar de arrebatarle su cadencia, son tan diferentes en las distintas partes del espacio que no comprenderlos, en su cuasi totalidad, supone no valorar su desesperante rapidez o lentitud, dependientes cada una de ellas de la percepción emotiva que en cada momento apreciamos. Así, la confección de un artefacto de utilidad, puede suponer tiempos muy diferentes de fabricación, desde el pausado y detallado hasta el irascible que adquiere una velocidad de confección insospechada y, en ocasiones, peligrosa. Bien, pues de igual forma, los procesos de evolución y asimilación de hechos y sapiencia que pueden ser transmitidos a generaciones futuras, sufren este tiempo que, como sensación, se estira o encoje siempre en función de la personal aceptación o rechazo de los hechos que están  acaeciendo.

   

    El aumento de velocidad de lo que llamamos, en este occidente, a veces tan penoso, “rapidez de vida”, supone que, lo mucho o poco que podamos disfrutar de esta maravillosa estancia entre los seres denominados vivos, no es asimilada en su totalidad. Es posible que sólo apreciemos someramente, sin profundizar en aspectos que  merecen, y no poco, ser detectados con parsimonia, con la serenidad de quien se recrea en algo único y descubre cómo, parte de la vida en su conjunto, se encuentra conformado por las infinitas posibilidades que posee un solo hecho.


    Esta concepción de la tranquilidad proporciona el ingrediente esencial para el espíritu, un aspecto peculiar y complejo del ser humano: la paz interior. Un componente y remedio tan singular como importante para que se pueda disfrutar de una especial unión perceptivo/emotiva. En determinadas áreas de nuestro planeta, es desconocida la relación a la que se alude debido a métodos de esclavitud encubierta que someten al ser humano a trabajos que conllevan situaciones degradantes y potencialmente perversas. Evitarlas y realizar un cambio que se traduzca en un respeto a la dignidad humana es un objetivo pendiente que exige una urgencia, en este caso bien justificada, que no permita la prematura degradación de cualquier ser que debe apreciar, valorar y agotar en toda su extensión, la vida que posee desde el momento de su nacimiento.

Antonio Campillo Ruiz    



viernes, 21 de septiembre de 2018

ABECEDARIO: N


NATALIA

Antonio Campillo Ruiz


   Natalia realizó un mohín de satisfacción. Siempre le había gustado que la mirasen vestida, apreciando con pasión las formas de su cuerpo. Sabía que era sugerente y lo hacía notar sin demasiadas alharacas. Cuando unos ojos la recorrían parecía notar los dedos que, con ansiedad, dibujaban su cuerpo acariciando su ropa, arrugándola contra su piel, deshilachando alguna de sus partes. Siempre le resultó curioso que fuese tan sensible a la pequeña provocación de las miradas intensas y, con interés, trató de adivinar aquel lenguaje desconocido. Estaba convencida de que la profundidad transparente de los ojos determinaba la osadía y la voluptuosidad de quien la tanteaba desde la cabeza hasta los pies. Cuando apreciaba esta acariciante mirada sobre una de las partes desnudas de su cuerpo, su pelo se erizaba y cambiaba de posición con rapidez. Algo rebullía en su interior y la empujaba a desligar su placer del foco que la recorría.


   Natalia había salido aquella mañana ataviada con un leve vestido y una chaqueta de tela. Ya se percibía un descenso de la temperatura y, a esta hora temprana, el fresco y la humedad la obligaban a caminar casi acurrucada en sí misma. Lo lamentaba porque sus formas, ondulantes y delicadas, quedaban atrapadas entre sus ropas. Solo cuando llegaba a su trabajo podía desprenderse de ellas y entonces disfrutaba con la envidia que provocaba a más de una persona. Al caminar por el pasillo, fue pasando repaso a los ojos que la miraban: los marrones del principio, después venían los azules, unos azules que la recorrían como el agua recorre la arena de la playa, los verdes y negros eran osados, muy osados, no dejaban de acariciarla a través de su ropa como buscándola, tratando de encontrarla por algún recoveco. La ilusionaba tanto, tanto, que llegaba a su lugar de trabajo casi desfallecida, cansada de la tensión, de las múltiples caricias recibidas mientras caminaba. Respiraba profundamente y se arrellanaba en el sillón dejando salir un suspiro que resonaba en toda la sala.


   Natalia observó que aquella mañana faltaban los ojos azules, los que mejor la acariciaban, los que más placer le proporcionaban. Buscó, nerviosa, el motivo que pudiese haber causado tal falta. Todo estaba como cada mañana. Ya no contabilizó más miradas y al llegar a su lugar, un pequeño sofoco se extendió por su cara. No quería que dejasen de mirarla aquellos ojos. ¡Eran tan hermosos! El placer que sentía cuando la recorrían se transformaba en leves aumentos de temperatura en diversas partes de su cuerpo, una tras otra, siempre con la misma cadencia. Aquella mañana sintió frío, un frío tan potente como un latigazo que se tradujo en un encogimiento de todo su cuerpo. Carecía de fuerzas para sostener sus manos, piernas y cabeza. Alguien se acercó a ella con una pequeña manta de viaje y quiso rodear sus piernas desnudas con ella. Casi sin fuerzas la rechazó y adoptó una posición fetal procurando suministrarse calor a sí misma, sin necesidad de ropas. Se acercó otra figura y levantó con esfuerzo su mirada. ¡Sí! Allí estaban los ojos azules que no habían podido disfrutar de su cuerpo vestido ni acariciarla. Un tumulto de preguntas salieron de la luz de sus ojos y chocaron extrañamente con el azul de los iris que la contemplaban. ¿Dónde habían estado? ¿Por qué no habían estado descubriéndola, observándola, analizándola? ¿Acaso habían cambiado su forma de mirarla y acariciarla? ¿Cuántas veces tendría que soportar aquella angustia…? Cuando los ojos azules le respondieron no supo leer su lenguaje y, extrañamente, quedó quieta, en silencio. Al reponerse de su agitación, volvió a salir de la sala para no volver jamás.   

Antonio Campillo Ruiz  




jueves, 13 de septiembre de 2018

EL HOMBRE Y LA EMOTIVIDAD - I

EVOLUCIÓN Y COMPETITIVIDAD - I

Antonio Campillo Ruiz

No se puede enseñar
nada a un hombre;
sólo se le puede ayudar a
descubrirlo en su interior.

Galileo Galilei


   ¿Por qué algunos materialistas se resisten a admitir la mera posibilidad del origen divino del hombre? Charles Darwin revolucionó la concepción del origen creacionista del hombre y,  desde el dictado de su teoría sobre el Origen de las Especies, la Ciencia adquirió un impulso renovador sobre un aspecto desconocido hasta entonces que nos ha traído al momento actual. La “inadmisible” teoría suscitó una convulsión sobre el dilema de admitir la vida de los seres humanos, en su conjunto, como un todo de dos partes bien diferenciadas: la material y la divina, como naturalezas distintas pero compatibles.


   A lo largo de la Historia, el empecinamiento en la persistente negación de aspectos científicos por la iglesia, rebatidos por personas no preparadas en la materias a tratar, en muchas ocasiones, ha supuesto el retraso de miles de años en los conocimientos y el avance científico. Sólo el ejemplo de Galileo Galilei y la negación de la iglesia a restablecer el prestigio que arrebató al científico, quinientos años después de su nefasta y obligada retractación, es de manifiesta tozudez a la sinrazón del dilema, nacido en el seno de la propia iglesia cristiana, entre divinidad del ser humano y materialidad.


   Con hechos como el ejemplo anterior, la iglesia cristiana aprendió lo más elemental de las acciones que debía realizar ante hechos científicos incontrovertibles pero que chocan con la palabra que determina todo lo que supone su inmenso entramado: fe. Así, la evolución, lejos de desautorizar la divinidad creacionista, exaltó la gloria de un ser creador que compatibilizaba evolución con divinidad. Bastaba dividir la naturaleza humana en las “dos sustancias”. La Ciencia moderna y el sistemático estudio de la evolución y los avances espectaculares en el estudio y aplicación del ADN, ha supuesto nuevas explicaciones divinas que, tratando de ser racionales, admiten “con condiciones” la evolución y la selección natural. Estas, explican una condición de la vida, en cualesquiera de sus formas, vegetal o animal, tan terrible como poco recomendable para los seres humanos: el más fuerte es quien tiene derecho sobre los débiles y generará un estatus entre manadas o en solitario que determinará su poder. Es la selección natutal.


   Bien, admitida a regañadientes y con condiciones la selección natural y la evolución, la iglesia cristiana, copiadora de la Naturaleza, así como el poder social imperante, han establecido, a pesar de su cuasi negación inicial, en el llamado Occidente desarrollado, una sociedad que es idéntica a la evolución: se determina como hecho incontrovertible que la selección entre humanos debe existir, potenciarse y enseñarse en centros y espacios de formación de la mente humana. La brutal  competitividad, la selección antinatural, existente entre quienes tratan de obtener los conocimientos necesarios para poder desenvolverse en el seno de la sociedad, es terrible. No se limita nada. Se trata de salir adelante como sea, aun siendo a costa de los demás. Ante esta brutal forma de interpretación de la selección antinatural, la competitividad, en el seno de los humanos, se ha tratado de suavizar, al igual que la iglesia cristiana hizo con la teoría evolucionista de Darwin. Se ha inventado la doble naturaleza del competidor por excelencia:

Material: inteligencia y conocimientos.

Personal: actitud  ante los hechos que se desarrollan en la vida y sus consecuencias.


   Considerar la existencia de una actitud ante la vida se fundamenta en la capacidad del ser humano de poseer emotividad. A esta peculiaridad se la empieza a dotar de mayor importancia que a los elementos materiales que conforman la competitividad, la falsa selección natural se aprecia con intensidad en el terrible enfrentamiento entre humanos para alcanzar una mínima parte de su papel en la sociedad. Pero… pero, ya se empieza a no depender de los conocimientos adquiridos y que se encuentran perfectamente descritos y explicados en variopintas partes de la tecnología moderna. Se ha generado un problema en la sociedad moderna y en el hombre en sí: la actitud empieza a ser lo más valorado del supuesto y poderoso ser competitivo. Y, ¡ay!, este ha sido un golpe bajo porque la actitud no depende de un aprendizaje dirigido para el triunfo, depende de la calidad humana de uno mismo, de una apertura clara y explícita de la mente que potencie aspectos no superables con exámenes sino con comportamientos. ¿Adquiridos? Sí, posiblemente, con educación, mente abierta y nunca fiables per sé, siempre dudando de todo lo que se nos asegura como incontestable,  percibiendo y asimilando con motivaciones lógicas y amplitud de razonamientos ante todo lo que es considerado natural y perteneciente a la vida.


   Se ha aprendido muy bien la lección sibilina de la iglesia cristiana, excepto de los creacionistas puros, que los hay y más de los que se contabilizan. Dividamos al ser humano en dos partes bien diferenciadas y una pertenece a al poder divino y la otra al poder político. Ya tenemos cuatro divisiones para el ser humano, dos por cada poder: evolución, divinidad, inteligencia y conocimientos y por último actitud. Así, ese ser físico aparecido en el planeta Tierra mediante un proceso complejo pero estrictamente material, sólo a causa de complejos procesos químicos, físicos y ambos, debidos a pequeños electrones, conformando una vida que florece y, a la vez, un ser divino creado, esta parte sí, creado, por otro ser grandioso que dota de la capacidad emotiva a esa inmensa maraña de compuestos químicos. Sí, complejo, muy complejo pero real. Tan real como las inexplicables preguntas: ¿sabíamos que los sentimientos se producen a causa de una gran cantidad de reacciones químicas, sólo a que tienen lugar estas reacciones? ¿Cuántas de ellas son necesarias para que un pensamiento se desarrolle? ¿Para que un sentimiento estremezca a un ser humano? ¿Para que una mirada al horizonte se transforme en un escalofrío de belleza? ¿Para que los seres humanos seamos capaces de percibir los sentimientos, que pueden hasta transformar nuestra existencia, mediante simples reacciones químicas?


   Sí, sólo nos diferenciamos de nuestro hermano orangután, no desarrollado evolutivamente todavía, en tres o cuatro cromosomas, lo que podríamos decir, una minúscula porción de compuestos químicos, aunque, a veces, la diferencia parece no existir por el comportamiento y actitud de algunos seres más evolucionados. Los aspectos inmateriales que el ser humano es capaz de percibir y realizar, la música, literatura, el arte, etc., son una clave determinante de la propia existencia, evolución, estructura social admitida, así como los objetivos y consecuencias del poder, un  poder que dictamina, establece, dirige y se aprovecha de una actitud, siempre positiva, que poseen la mayor parte de los seres que han evolucionado total y positivamente.

Antonio Campillo Ruiz



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