sábado, 17 de octubre de 2020

MARAVILLOSO UNIVERSO

 CÚMULOS Y NEBULOSAS

 

Antonio Campillo Ruiz


 LAS PLÉYADES, EL CÚMULO ESTELAR DE LAS SIETE HERMANAS.


 
© Raúl Villaverde Fraile

    ¿Alguna vez ha visto el cúmulo de estrellas de LAS PLÉYADES? Incluso si lo ha hecho, probablemente nunca lo haya visto tan grande y claro como este. Quizás es el cúmulo de estrellas más famoso del cielo. Las estrellas brillantes de LAS PLÉYADES se pueden ver, incluso, sin binoculares desde el mismo centro de una ciudad contaminada por la luz. Sin embargo, con una exposición prolongada desde un lugar oscuro, la nube de polvo que rodea al cúmulo de estrellas se vuelve muy evidente. La fotografía que se presenta, cubre un área del cielo varias veces mayor al tamaño de la Luna llena. También conocidas como LAS SIETE HERMANAS y M45, LAS PLÉYADES se encuentran a unos 400 años luz de distancia, hacia la constelación de Tauro. Una leyenda común, con un toque moderno, cuenta que una de las estrellas más brillantes se desvaneció desde que se nombró al cúmulo, dejando solo seis de las estrellas hermanas visibles a simple vista. Sin embargo, el número real de estrellas de LAS PLÉYADES visibles puede ser de seis o siete, según la oscuridad del cielo circundante y la claridad de la vista del observador.


LA NEBULOSA DEL CANGREJO DESDE EL TELESCOPIO ESPACIAL HUBBLE.


© NASA, ESA, Hubble, J. Hester, A. Loll (ASU)

    

   Este es el lío que queda cuando una estrella explota. LA NEBULOSA DEL CANREJO, resultado de una supernova, vista por primera vez en el año 1054 d.n.e., está formada, en su totalidad, por misteriosos filamentos. Los filamentos no solo son muy complejos, sino que parecen tener menos masa que la expulsada por la supernova original y, una velocidad superior a la esperada de una explosión libre. La imagen presentada, tomada por el telescopio espacial Hubble, se presenta en tres colores elegidos por interés científico. LA NEBULOSA DEL CANREJO se extiende en un espacio del Universo de 10 años luz. En el mismo centro de la nebulosa se encuentra un púlsar, denominado Crab Púlsar. Se trata de una estrella de neutrones tan masiva como el Sol, pero del tamaño de una pequeña ciudad. El Crab Pulsar gira unas 30 veces por segundo.

 

NEBULOSA DEL MAGO.

 

© Andrew Klinger


    El cúmulo estelar abierto NGC 7380, todavía está incrustado en su nube natal de gas y polvo interestelar, conocida popularmente como LA NEBULOSA DEL MAGO. Desde la izquierda, podemos apreciar estrellas en primer plano y fondo, a lo largo del plano de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Se encuentra a unos 8.000 años luz de distancia, hacia la constelación de Cefeo. En tamaño aparente en el cielo, una Luna llena cubriría el cúmulo joven de 4 millones de años y la nebulosa asociada, normalmente demasiado débil para apreciarla a simple vista. La fotografía, realizada con telescopio y la cámara firmemente plantados en la Tierra, revela formas y estructuras de gas y polvo cósmicos del tamaño de varios años luz dentro del MAGO, en una paleta de colores popularizada en las imágenes del Telescopio Espacial Hubble. Grabada con filtros de banda estrecha, la luz de longitud de onda visible de los átomos de hidrógeno, oxígeno y azufre de la nebulosa se visionan en colores verde, azul y rojo en la composición digital final.

 

NEBULOSA DE ORIÓN EN COLORES DE LOS ESPECTROS DE OXÍGENO, HIDRÓGENO Y AZUFRE..

 

© César Blanco González

    Pocas vistas astronómicas excitan la imaginación como la cercana guardería estelar conocida como LA NEBULOSA DE ORIÓN. El gas brillante de la Nebulosa rodea a las estrellas jóvenes y calientes en el borde de una inmensa nube molecular interestelar. Muchas de las estructuras filamentosas, visibles en la imagen mostrada, son en realidad ondas de choque, frentes donde el material que se mueve rápidamente se encuentra con el gas que se mueve lentamente. LA NEBULOSA DE ORIÓN se extiende en un espacio del Universo de 40 años luz y se encuentra a unos 1.500 años luz de distancia, en el mismo brazo espiral que nuestro Sol en nuestra Vía Láctea. LA GRAN NEBULOSA DE ORIÓN se puede localizar a simple vista, justo debajo y a la izquierda, del cinturón, fácilmente identificable, de tres estrellas en la popular constelación de Orión. La imagen muestra la nebulosa en tres colores emitidos específicamente por los espectros del hidrógeno, oxígeno y gas de azufre. Todo el complejo de nubes de LA NEBULOSA DE ORIÓN, que incluye la Nebulosa Cabeza de Caballo, se dispersará lentamente durante los próximos 100.000 años.


 Antonio Campillo Ruiz


sábado, 1 de agosto de 2020

ABECEDEARIO: S


SILVIA

Antonio Campillo Ruiz

 Karol Bak

   Silvia, quedó extasiada mirando un punto indefinido de la cocina desde la silla en la que se encontraba. Rememoró aquel instante en el que un ser maravilloso la cogió del brazo e impidió que se limpiase la zigzagueante gota de café que resbalaba desde su boca, recorriendo, su barbilla, su cuello y, desapareciendo por la puntiaguda hendidura de su escote y conseguía alcanzar la redondez de su pecho izquierdo. Aquella persona, cortés y respetuosa, impidió que continuase su camino cuando, siguiendo el serpenteante rastro desde su nacimiento, se lo fue limpiando con la lengua en un aseo tan suave como  su delicada piel caramelizada. Degustó la confitura con la ternura que el sensual roce, mezcla de sabores a café y a piel, le ofrecía su laxa dejadez y su hondo respirar. Nunca había percibido esta delicadeza y pulcritud, aparentemente, sin deseo explícito de excitarla. Se preguntó cómo era posible que no hubiese reparado jamás en una sensación de atención tan primorosa. Siempre había buscado inconscientemente aquel erizón de todo su cuerpo. Acababa de experimentarlo con una persona que no conocía sino de unas horas de charla y alegre compañía. En ese momento recapituló acerca de los consejos, más bien monsergas, que a lo largo de su vida fueron un sinfín de caricaturas sobre la naturaleza de los sentimientos y desafueros, repletos de opiniones, probablemente vividas, aprendidas de amargas experiencias y fraudes emotivos. Las creyó durante un tiempo demasiado largo. Nunca supuso que esas experiencias pudiesen alterar su pensamiento por cuanto, conforme iba siendo mayor, distinguía las débiles tonalidades de la voz cuando alguna vecna, amiga o familiar explicaba algo respecto a “lo establecido… lo normal”. Fue captando que había un mundo soterrado bajo una cáscara dura, demasiado dura, de protección de una realidad que jamás se explicaba, jamás salía por boca alguna

Karol Bak 

   Silvia, fue rebelde. Con tan solo catorce años se rebeló contra lo establecido y quiso estudiar y adquirir unos conocimientos que pudiesen favorecer su equilibrio emocional y su vida futura. No le fue fácil. Ser una mujer diferente a las de aquella pequeña ciudad suponía, en algunos aspectos, un enfrentamiento con pensamientos rancios que, con el tiempo, se habían convertido en mezquinos y envidiosos. Su familia, de origen humilde, siempre la alentó a que hiciese lo que creían que conseguiría. A los diecisiete años, marchó hacia la ciudad que sería desde ese día su nuevo entorno vital y, posiblemente, el medio para que pudiese acercarse a una vida que le podría proporcionar un pensamiento propio y una libertad nunca conseguida. Ahora, con el transcurrir de los años, estaba segura de haber podido conseguir lo que se propuso, suficiente para vivir sin demasiadas complicaciones, independientemente, sin la ayuda de su familia. Su comportamiento de suficiencia asombró siempre pero obtuvo un provechoso resultado. Ahora, ya no era entonces. Demasiados desplantes, requiebros y proposiciones que procedían de múltiples lugares y en diversos momentos. Un sutil chantaje, un momento inadecuado o una oportunidad que desvanecían ilusiones, sentimientos y proyectos. No sin riesgos, pudo salir de varios atolladeros que casi frustraron su objetivo. Lo consiguió porque también existen personas que poseen el don de la sincera amistad. Cuando se licenció, sus padres, orgullosos, fueron a la gran ciudad y lo celebraron. Jamás supo expresar tanta delicadeza como cuando se abrazó a sus padres. Con cinco años de altanería le había bastado para comprender, un poco, solo un poco, el esfuerzo de encontrarse sola en momentos delicados. Su fortaleza emocional superó un entorno hostil y la endureció. Nunca admitió una relación de pareja. Sus amigos, fueran los que fuesen sabían de “su manía”, la admitían y jamás opinaron, tras hacerlo unas pocas veces. Las razones que esgrimía eran racionales y poderosas. Sin embargo, jamás obvió la sensualidad de momentos deliciosos que pudo vivir de forma muy puntual. Estaba segura de las necesidades fisiológicas y de sus propias sensaciones.

 Karol Bak

   Silvia no siempre fue consciente de su adaptación al entorno mientras creció sola. Tuvo que desmontar falsedades, trampas y muchos desarraigos que, adquiridos o no, perturbaron su dedicación a la formación. Con ella entre cabeza y cuerpo, se desligaba de momentos que llegaron a perturbarla gravemente. Así, con el rápido transcurrir del tiempo, se fue creando una carcasa que tenía iguales propiedades que una jaula. De vez en cuando salía de ella y se convertía en un producto al uso. Se divertía, trataba de embrutecerse con eso que algunos llaman felicidad y se dejaba querer por amigos y extraños. De esa amalgama poco diferenciada construyó su mundo, su especial forma de comportamiento y su aversión o aceptación a muchas de las posibilidades que dicen, puede generar la vida. Nunca frenó ante pensamientos, gustos o singularidades que hacían de ella una persona más. Diferente pero jamás especial. Siempre pensó que existían millones y millones de personas en el mundo que actuaban de igual forma. Que para ellas, la palabra prever era normal y trazaban un férreo camino con objetivos que poseían una priorización que determinaría el fin alcanzado. Así, se desligó de todo lo que pudiese mediatizar, dirigir o solapar su formación. Ella debía ser quien la llevase hacia una vida que sería la que se había trazado durante estos años de persistente tenacidad y rigor. Sin ella, se convertiría en una persona sin libertad para decidir, un poco, solo un poco, aquello que le sería grato en su devenir diario. Llegó a pensar de sí misma que era demasiado espartana y severa pero, cuando estos pensamientos le sobrevenían, su raciocinio le indicaba que no era así, que nada le daría la vida ni, mucho menos, alguien que fuese familiar, amante, amigo o conocido. Eso la impulsaba hacia una fortaleza cuasi inexpugnable. Este y no otro era el motivo de su rudeza para con todos, sin despreciar jamás esos momentos de dulce emotividad que podían ocasionar un placer que siempre trataría de obtener y dar. Comprendía que si buscaba una pizca de satisfacción, en lógica proporción, debía de obsequiar con igual interés. Le gustaba. Prefería conocer y experimentar más que estabilizarse en unas rutinas que, sabía, la conducirían al rechazo. Además, cumplía fielmente el principio de mente sana in corpore sano. Su mente y su concepción de la fragilidad de la vida, lo principal. Su cuerpo y la satisfacción del placer fundido, dando consistencia a un desarrollo progresivo de los aspectos que, para ella eran los primordiales en un corto pasaje que ni siquiera había pagado. Sí, cuando pensaba sobre la razón de su existencia encontraba pocos datos, en realidad ninguno. ¿Algún otro ser habría podido realizar su trabajo? Sí. Exactamente igual, incluso mejor. La repercusión de este cambio ¿habría tenido consecuencias imprescindibles o extraordinarias? Pensaba que no. Con la sencillez de un razonamiento normal, pensaba que solo habría sido una pequeña translocación. Por ello, su razón de existir siempre estaba pendiente de un hilo. Se sentía realizada, como los modernos expresan sin saber muy bien lo que quieren decir con esta palabra, a la vez que su circuito racional y emotivo se sentían plenos y actuaban con un rendimiento más que recto, justo y honrado. Su oportuna forma de desenvolverse en el mundo estaba resultando beneficiosa e incidía favorablemente en lo que consideraba el agradable y divertido paso por una etapa temporal de la que solo quedará, en unos pocos años, un recuerdo deformado que habrá extraviado todos los hechos en los que ella pudo intervenir.

Antonio Campillo Ruiz         

Karol Bak 




lunes, 1 de junio de 2020

MARAVILLAS DEL ARTE FLAMENCO


UNA LARGA FAMILIA DE ARTISTAS

Antonio Campillo Ruiz


    Oleos que han ilustrado proverbios y dichos populares, plasmados sobre sus telas con un estilo realista. Siempre reflexivos, provocadores y de compleja interpretación. Esta inmensa obra, ha aportado a coetáneos y, a quienes la contemplamos actualmente, gran cantidad de contenidos morales. Esta larga familia de artistas, Pieter Brueghel “El viejo”,  Pieter Brueghel “El joven”, Jan Brueghel “El viejo”, Jan Brueghel “El joven”, Jan Peter Brueghel, Abraham Brueghel y Ambrosius Brueghel, crearon un universo pictórico tan especial como atractivo y peculiar. A lo largo del tiempo, de padres a hijos, tanto la técnica como los temas del iniciador de esta pintura peculiar y especial, fue seguida pero con mayor libertad en sus interpretaciones y un mayor protagonismo de la representación de la naturaleza humana y del entorno.


   El género flora, los grandes bodegones y el paisaje han sido temas de una plasticidad que termina con la excepcional representación de excepcional “Alegoría de los cuatro elemento… Agua, tierra, aire y fuego” que, hacia 1645 completó el estilo, poco estudiado por su tardío conocimiento, que reafirma un cambio en la concepción estilista personalizada y lejos de la moralina que predomina en gran parte de las obras de la familia. Un ejemplo lo tenemos en los temas basados en el Génesis y, de entre ellos, “La torre de Babel”, la metáfora del orgullo humano, el intento de construcción de un edificio tan alto como el cielo originando la cólera de un Dios que, para hacer decaer la arrogancia y la presunción humana, lo impidió por medio de la incomunicación, al privar a los hombres de la lengua común.


   La llegada del despiadado Duque de Alba, enviado por el rey de España, Felipe II, a Los Países Bajos con la misión de convertir a los protestantes, por fuerza, al catolicismo, fue la época convulsa, cargada de tensiones religiosas  en la que Brueghel “El Viejo” vivió una etapa decisiva de su vida. Persona muy cultivada y amante de la filosofía estoica, familiarizado con el pensamiento de Erasmo de Róterdam, de Tomás Moro y amigo íntimo de Abraham Ortelius, el cartógrafo que elaboró el primer atlas mundial, distaba mucho de ser un pintor de la corte o un advenedizo que creó un estilo peculiar. Su formación dio comienzo en el afamado taller de Pieter Coecke van Aelst, pintor afamado y con el que Brueghel descubrió a El Bosco. Tal impresión obtuvo de este pintor que durante varios años plasmó sus mismas pinceladas, pasando a ser llamado “El Segundo Bosco”.
 

   El Bosco, con sus pinturas en las que, el conflicto entre el bien y el mal mantenía al mundo en un estado de permanente oscilación, ora hacia lo bueno y la salvación, ora hacia el mal y la perdición, tuvo una relativa influencia en Brueghel “El Viejo”, cuya moralidad era menos estricta y su visión más permisiva e indiferentes hacia la observación y reproducción de la vida real. Sus hijos, bebieron de esta faceta diferenciadora y peculiar del padre, percibiendo y estableciendo una extraordinaria tradición artística que se prolongó durante cuatro generaciones.  


   Mientras que en Italia, Leonardo da Vinci, Tiziano o Miguel Ángel, trataban de plasmar en sus obras una exaltación idealizada de la naturaleza humana y sus posibles virtudes, en Los Países Bajos, los efectos de la Reforma Protestante y las Teorías  Calvinistas, dirigió su atención hacia la Naturaleza que empezó a poseer una importancia que procuró su paso, de un simple elemento de fondo a un referente artístico por derecho propio. Pieter Brueghel “El Viejo”, que viajó a Italia, puso más interés por los elementos artísticos generales que por el humanismo que se traslucía con la novedosa revolución artística del momento. Así, en pleno siglo XVI, surgieron en Amberes, artistas especializados en paisajes. Montañas imaginarias lejanas, frente a fondos elevados, tonos fríos, que, en muchas ocasiones, eran divididos por bandas cromáticas diferentes para crear el efecto de una perspectiva convincente pero poco creíble. En general, son paisajes con un punto de vista muy alto que generan un todo con sensación de inmensidad irreal. Esto provoca  que las figuras humanas parezcan elementos minúsculos en un todo inmenso, expresando su debilidad y limitación humana ante la grandeza exaltada de la creación y los elementos, en un mundo amenazante pero pleno de fascinación y vida.  


   Hacia la mitad del XVI, Amberes ya poseía más de cien mil habitantes entre los que se encontraban gran cantidad de comerciantes, artesanos y artistas, que generaron un ambiente económico de clase media poco convencional, obsesionada con la  búsqueda del secreto de la riqueza y el éxito. Este crecimiento impetuoso, posiblemente, fue lo que motivó a Tomás Moro elegirla  para ambientar el inicio de su “Utopía”. La pintura homenajeaba las aventuras y costumbres de viajeros y mercaderes, convirtiéndose sus relatos en la inspiración de cuadros costumbristas, día a día más apreciados por ricos mercaderes y potentados.


   Entre la burguesía y las clases mercantiles, gozaban de gran popularidad las escenas de la vida campesina. Los estratos sociales más humildes, eran vistos como una metáfora de la existencia humana, en la que se plasmaban placeres sencillos y espontáneos pero también, el vicio y la disipación. Este desenfadado baile de tradiciones y costumbres, representa la libertad frente a las convenciones rígidas de la burguesía, rasgo que se aprecia en muchas de las alusiones sexuales de escenas con personajes campesinos muy humanos.


   La familia Brueghel estaba constituida por artistas que narraron hechos e historias que representaban la realidad y relataban la vida cotidiana. Junto a las pasiones más humildes, captaron una gran explosión de buen humor y  jovialidad, juegos de cortejo y ritos asociados al matrimonio, al igual que las tradiciones transmitidas junto al fuego del hogar o en la celebración de un banquete. Así, Pieter Brueghel “El joven”, no condenaba a la humanidad, en su lugar, la contemplaba con mirada indulgente y participaba de la incomodidad irresistible de lo cotidiano, cuya repercusión, es profundamente humana.

Antonio Campillo Ruiz




domingo, 3 de mayo de 2020

ABECEDARIO: R


RAMIRA

Antonio Campillo Ruiz

Joaquín Sorolla

   Ramira percibía la cálida mano de su hija mientras caminaban por la playa durante su paseo cotidiano. La brisa elevaba el suave pelo de la niña al cielo. El monótono y agradable juego del mar con la arena, a veces, se entremezclaba con sus pies, desnudos. La suave temperatura ambiente las envolvía y acariciaba sus cuerpos sin enfriarlos. Pilar, su hija pequeña, solicitaba, desde hacía bastante tiempo que le contase un cuento todas las tardes y, ella, después de haber acabado todos los que contenía “Cuentos al amor de la lumbre”, a pesar de no tener lumbre, empezó a inventarse historias que a la pequeña le entusiasmaban. Con el tiempo, a la vez que la niña crecía, apreció su gran imaginación y tuvo una idea que había resultado, además de didáctica, muy agradable: después de contarle “su” cuento a la niña, esta, debía de contarle uno a ella pero con la condición de que los cuentos deberían ser imaginados, no leídos previamente. Y, así empezó un largo y constante ir y venir de cuentos entre las dos. Aquella tarde, la luz del atardecer no se filtraba por las nubes que se aplastaban contra el cielo pintándolo de un color blanquecino. Empezó a hablarle a la niña e inició, sin percatarse, su cuento:

Joaquín Sorolla

En un país lejano, muy lejano, había un pueblo pequeño, muy pequeño, rodeado de montañas. El pueblo no tenía caminos para entrar o salir de él porque las montañas eran muy altas, muy altas. Todos los hombres y mujeres trabajaban en los campos pequeños, muy pequeños, que abrazaban con cariño todas las casas del pueblo. Todos estaban siempre tristes, muy tristes. Alguna vez, un niño peguntaba a sus padres por qué estaban tristes. Siempre respondían que se encontraban solos, que nadie iba con ellos al huerto, que no veían a nadie cuando trabajaban. Los niños también estaban tristes. Nadie estaba con ellos cuando sus padres estaban trabajando. Un día, llegó al pueblo un artista que era mago. Nadie sabía cómo había podido llegar, sin caminos, al pueblo. Dijo que, como era mago, había llegado por una senda que sólo él conocía. Hablo con todos los vecinos y les preguntó por qué estaban tan tristes. Ellos le dijeron que siempre estaban solos, que nadie les acompañaba porque cada uno estaba en su pequeño campo trabajando. Entonces, el mago, que era muy bueno, muy bueno, empezó a pensar y pensar, y miraba y miraba a las personas, y las volvía a mirar, y pensaba y pensaba, hasta que un día les dijo a los habitantes del pueblo, que ya eran muy amigos de él, que había encontrado la solución para que siempre estuviesen acompañados. Solicitó del herrero que le diese un pico y una pala y se dirigió a las montañas. Y, tardaba días, y días, y días, y nunca volvía. Hasta que una noche muy oscura, el mago volvió al pueblo y dando muy fuerte con el pico a la pala, hizo mucho ruido para despertar a todos. Con caras somnolientas, los habitantes del pueblo salieron a la plaza y el mago dijo: “Amigos, ya está todo solucionado. Desde mañana, siempre tendréis a un amigo que irá con vosotros a todas partes”. Todos se miraron, se rieron, aplaudieron y empezaron a bailar y cantar hasta que quedaron durmiendo en la plaza, unos sobre otros. A la mañana siguiente, cuando fueron despertando se limpiaban el polvo que tenían del suelo de la plaza y cada uno marchó a las labores de su pequeño campo. Eran las nueve de la mañana cuando uno de los habitantes del pueblo llegó corriendo y gritando desde su pequeño campo. Iba diciendo: “Me persigue, siempre me persigue y es, unas veces muy grande y otras muy pequeño…” Las mujeres y niños que habían quedado en el pueblo salieron para comprobar qué sucedía y, entonces vieron que en el suelo había una persona de color negro con cada uno de ellos… Salieron corriendo y su acompañante iba siempre tras los niños, que lloraban de miedo y tras las mujeres, cuyas faldas dobles y enaguas volaban al viento. Al poco tiempo fueron muchos hombres los que vinieron asustados, cada uno con un acompañante. Entonces, el mago, en medio de la plaza, los paró a todos, que tiritaban de miedo y les dijo con voz potente: “Mirad las montañas. Les he quitado con el pico y la pala que me llevé las altas cimas y ahora, el Sol llega hasta vosotros y os regala un acompañante para siempre. Se llama SOMBRA”. Todos miraron hacia las montañas y apreciaron que eran más bajas y una luz cegadora no les dejaba abrir los ojos. Varios niños empezaron a jugar con sus acompañantes que siempre hacían lo mismo que ellos. Y se divirtieron mucho, Y los mayores también se movieron para hacerse amigos de sus acompañantes y todo el pueblo fue muy feliz desde ese día porque ya tenían un acompañante para siempre”.  
     
Joaquín Sorolla

   Ramira, acababa de contar el cuento de aquella tarde a su hija y esperaba, no sin impaciencia, que la niña creara el suyo para escuchar su dulce voz. Había dormido inquieta y se encontraba un poco turbada porque su desvelo nocturno había sido el culpable de un cuento que, posiblemente, había turbado la inocente mente de su pequeña. A pesar de ello no comentó nada y esperó pacientemente mientras, en silencio, ambas, sentadas en la arena de una pequeña duna muy cercana al agua, miraban el suave vaivén de las olas, casi lamiéndoles los pies. De pronto, la fina y cantarina voz de la niña sonó sobresaltándola. Escuchó con atención.

Joaquín Sorolla

“Había una vez una niña que vivía en una pequeña playa, muy pequeña. Su papá era pescador y su mamá se ocupaba de la casa y de un pequeño, muy pequeño huerto que tenían detrás de la casa, que era muy pequeña, muy pequeña.
Su papá se iba siempre, al amanecer, a pescar. Su mamá hacía la comida y la niña estaba con ella, en la mesa de la cocina, haciendo los deberes que le había puesto su papá antes de marcharse.
A la una de la tarde, salía hasta la orilla del mar, con dos o tres peces pequeños liados en un papel. Le gustaba mucho encontrarse con su amiga, aquella gaviota tan grande a la que acariciaba y estaba muy caliente. La gaviota, que siempre la esperaba junto a las rocas que había en la parte derecha de la playa, comía los peces que le daba la niña con mucha hambre. Allí estaban las dos amigas hasta que su mamá la llamaba para comer.
Un día, la gaviota le dijo si le gustaría aprender a volar. La niña se extrañó de que un pájaro tan grande pudiese hablar. Le dijo que sí, que le gustaría mucho saber  volar  porque iría recorriendo todos los mares del mundo y comiendo peces pequeños, como los que ella le llevaba. Entonces, la gaviota le dijo que podía cogerla con sus patas y la enseñaría enseguida a volar. La niña le dijo que tendría que decirlo a su mamá y a su papá porque si tardaba en llegar a casa se preocuparían. La gaviota le dijo que sería muy poco tiempo y que no hacía falta que se lo dijese a nadie. La niña, le contestó que, si era poco tiempo, podrían ir. La gaviota le dijo que empezarían el  vuelo en ese momento. Se subio sobre los hombros de la niña  y cerró sus garras sobre su ropa. Aleteaba muy fuerte porque el peso de la niña era más grande que el de un pez pero, poco a poco, se fue elevando, ayudada por la brisa marina. Cuando el vuelo era ya elevado, la niña se maravilló de la vista de la tierra desde el cielo. La gaviota continuó su vuelo y al poco rato se dirigió a un saliente en el lejano acantilado y dejó caer a la niña sobre un nido en el que había tres polluelos. No se hizo daño porque el nido era muy mullido por las plumas que tenía pero los polluelos empezaron a picotearla y le hicieron daño, mucho daño.” 

Cuando la niña acabó su cuento, el ocaso de un sol que tiñó de rojo el cielo claro y luminoso, no dejó que la niña pudiese apreciar la lágrima que caía por la mejilla de su madre. Aquella inocencia y serenidad con la que su hija le contó aquel cuento, aquel martilleo de las palabras mamá y papá, aquel candor tan triste, la había emocionado tanto que se encontró abrazando fuertemente a la niña, dejando de hacerlo al decirle la pequeña que la apretaba demasiado.

Joaquín Sorolla

   Ramira trató de comprender las entrelíneas de la narración de su hija y deseó que hubiese sido el resultado de una lectura. Pero, no, pensó inmediatamente, habían acordado que los cuentos de las tardes debían ser siempre inventados por ellas. Y lo cumplían. Posiblemente, sería una traslación de variantes de una lectura, se repetía con insistencia. No comprendía lo que desearía saber con todas sus fuerzas, con todo su corazón. Le pareció, no, no sabía lo que le pareció. Estaba tan confusa y tan emocionada que, tratando de calmarse, solo se le ocurrió decir a su hija que ya era un poco tarde y que enseguida, la humedad de la brisa marina, haría que tuviesen frío. Se levantaron de la arena y, cogiendo la cálida y pequeña mano de la niña, volvieron a casa mientras el lento y suave susurro del mar se hizo inaudible.

Antonio Campillo Ruiz  

Joaquín Sorolla


sábado, 25 de abril de 2020

UNA PANDEMIA QUE CAMBIARÁ LA SOCIEDAD MUNDIAL


INICIACIÓN AL CONOCIMIENTO DE UN PARÁSITO

Antonio Campillo Ruiz


   Los seres humanos, en el momento actual, nos encontramos atacados por un agente parásito y patógeno, desconocido hasta hace unos meses, con un resultado que, posiblemente, cambiará el sistema social y a la propia sociedad en la que se asentará, cuando se pueda vencer al agente, un nuevo orden social mundial. Esto supone que, estudios muy complejos se generalicen en la totalidad de nuestro planeta. Sin embargo, la facilidad de manipulación de la compleja información con respecto a decisiones que pueden, solo pueden, ser controvertidas y dispares; el terrible e inusitado desconocimiento de ciertas peculiaridades del agente patógeno que nos diezma;  la falta de claridad y unificación entre los organismos mundiales con los países afectados por la epidemia gravemente; la dificultad para explicar procesos bioquímicos complicados a todas las personas que no han estudiado esta compleja ciencia y, sin acabar, por la estúpida transmisión de falsos datos; el reinicio de la actividad “seminormal” lentamente porque es una exigencia de personas a las que, posiblemente, les interesa más el dinero que la vida de sus conciudadanos, demostrando un egoísmo y falta de solidaridad inhumanos; debe impulsar a todos los seres humanos a un aprendizaje sereno y de sencillo nivel de comprensión, atención y preocupación, un estudio elemental de los procesos relevantes que puede suponer un beneficio personalizado hacia la totalidad de los seres humanos que compondrán la nueva estructura derivada de esta terrible pandemia.


   Debe considerarse imprescindible la explicación, con mucho tiento, lo más sencilla y asequible para todos los lectores, sobre quién es este mortal agente parásito patógeno, denominado con el nombre de “virus” y perteneciente a la subclasificación de “coronavirus”, que nos ataca. Para ello debemos conocer:


1 – Los virus son partículas de compuestos químicos clasificadas como seres sin metabolismo propio, es decir, no clasificadas como seres vivos animales o vegetales. En realidad se definen como partículas nucleoprotéicas capaces de atacar a todos los organismos vivos, desde el microplasma más pequeño, hasta complejos órganos de los seres humanos. Como no poseen metabolismo propio, “viven” cuando el ácido nucleico que poseen penetra en las célula vivas del ser atacado. Así pues, son parásitos químicos.

2 – No se reproducen por sí mismos, se replicanrobando los compuestos químicos de las células” y transformándolo en su propia materia.


3 – Como todos los parásitos, actúa sobre un huésped, en este caso sobre los seres humanos, y actúa de la siguiente forma:
a) Se posa sobre la membrana de las células de los tejidos seleccionados.
b) Inyecta en el interior de la célula su material genético, ácidos nucleicos RNA, DNA.
c) Su carcasa de lípidos y proteínas queda fuera de la célula.
d) Empieza su replicación a partir de los ácidos nucleicos de la célula, imprescindibles para su vida.


4 – El compuesto que roba a las células produce una deficiencia del mismo y la célula acaba por lisarse, se rompe, por tanto, muere.

5 – Cada célula, mucho mayor que el virus, posee material genético para poder replicar a cientos, miles, de nuevos virus. Por tanto, en poco tiempo la cantidad de parásitos es exponencial.

6 – Bien, con este tipo especial de replicación para expandirse, el virus va matando a las células del tejido, órgano o grupo de órganos a los que ataca.


7 – “La muerte del huésped no interesa al parásito” porque supone su propia muerte y, a pesar de no poseer, fundamentalmente, nada más que tres cadenas de compuestos químicos, un virus nuevo como el COVID-19 debe adaptarse a la fisiología de su huésped, debe conocerlo y escapar de los anticuerpos vigilantes, “procurando” que el humano infectado  no muera para poder vivir él. Es una constante en todos los parásitos con mayor desarrollo fisiológico: piojos, garrapatas e incluso animales vertebrados de mayor tamaño como los picabueyes, por ejemplo.


8 – Esto implica que, con el tiempo, cuando se adaptan a la fisiología del huésped, su letalidad disminuye drásticamente, esta ha sido una constante en el desarrollo de los virus conocidos y muy estudiados pero… pero no desaparece de su huésped. Puede quedar en estado de “letargo” y el huésped no padece la enfermedad sino cuando se produce una alteración fisiológica en él. Producida por…¿? Aquí es donde se debe investigar con mucha intensidad. ¿Cuáles son las causas exactas que, mediante un cambio fisiológico o metabólico en el huésped, se favorece el ataque de las partículas parásitas químicas que se encuentran aletargadas? ¿Puede ser que diferentes enfermedades adquiridas de otra etiología, nuevas o crónicas, metabolismo alimentario en general, respiración de atmósfera contaminada, compuestos químicos tóxicos absorbidos, alteraciones metabólicas estacionales, alteraciones metabólicas debidas a la longevidad, alteraciones inmunológicas, alteraciones hormonales, alteraciones neuronales debidas a órdenes contradictorias o muy complejas del cerebro, etc., sean alguna o varias a la vez, la causa de la activación depredadora del parásito?  


9 – El huésped, a pesar de no padecer la enfermedad o ataque patógeno que genera, puede transmitir al parásito, con grave peligro para el resto de los seres humanos que no son “huéspedes sanos”. Esta contaminación, logra provocar la enfermedad, pudiendo llegar a ser letal para el infectado y quien lo contaminó seguirá siendo “huésped sano”.
  
10 – Y ahora, cuando todavía se están estudiando las características del virus, cuando ni siquiera se posee la síntesis de sus compuestos químicos, cuando se ha comprobado que posee cuatro trozos de cadena genética que pertenecen al VIH, cuando se “prueban posibles remedios curativos”, ahora, se decide la salida de un confinamiento que se ha producido como único remedio por el gravísimo desconocimiento por la Ciencia de las peculiaridades del virus.


11 – A modo de cuestión indispensable, falta investigar, muy detenidamente, muchas más preguntas de las ya formuladas, por ejemplo: ¿Cómo es posible que un país con una superficie de 377.962 Kms². y una población de 127.368.088 de habitantes, la densidad de población y hacinamiento, quizás, mayor del mundo, con el ataque de este parásito vírico en pleno auge, con más de un tercio de su población muy longeva, la infección haya producido 328 muertes y en España, con una superficie de 505.370 Kms², con solo 47.100.000 de habitantes y una Sanidad ejemplo mundial de eficacia, el número de muertes sea de 22.540 seres humanos? (Datos del Instituto Johns Hopking el día de la publicación de esta larga reflexión) El estudio de estos estragos deben ser valorados mediante un análisis profundo y muy, muy serio. ¿Cuál es la causa de esta mortandad? ¿Por qué el virus es más virulento y peligroso en nuestro País? ¿Qué condiciones de tal ataque producen esta disparidad? Sospecho que descubrir esta anomalía debe suponer un gran avance en el conocimiento del virus, su tratamiento curativo y posterior tratamiento preventivo de la terrible enfermedad que ocasiona. No se aportan más datos comparativos porque el lector puede reunir más información, simplemente, recogiendo las cifras que se publican periódicamente y consultando extensión, habitantes, datos que requiere para su estudio y compararlos para el análisis que realice.    


   Bien, por todo lo anterior y muchas otras peculiaridades, cuya especificidad queda para los científicos e investigadores, las prisas en la vuelta a la seminormalidad es muy peligrosa. Tanto que, seres humanos que han sido atacados por el parásito, han padecido sus consecuencias y las han superado, NO poseen las defensas que inicialmente se pensó que debían de haber adquirido y, por tanto, han podido o pueden enfermar nuevamente o transformarse en “huéspedes sanos”. Miles de otros humanos, que son portadores huéspedes sin conocerlo y que se encuentran entre personas sanas no portadoras, pueden igualmente, infectarlas y producir en ellas unos resultados impredecibles. Esto supone la posibilidad de retroceder en el control de la infección generalizada, con consecuencias que pueden ser inevitables y perniciosas, muy perniciosas.


   No es válido ni justificable con argumento alguno, ¡en absoluto!, que se anteponga a la vida la economía, las ganancias personales, el estraperlo, etc., que afecta a la seguridad de muchos millones de seres humanos. Es indecente, egoísta y patética la utilización de argumentos meramente políticos y de poder que, en los Parlamentos de todos los países del mundo, lugar de la representación de todos los habitantes humanos, algunos representantes de los mismos, traten de acelerar un proceso vivo, impredecible y desconocido, muy, muy, muy peligroso, por medio de una evaluación realizada con displicencia y sin conocimientos de los aspectos científicos que posee el problema social planteado.   

Antonio Campillo Ruiz



miércoles, 27 de noviembre de 2019

ABECEDARIO: Q


QUITERIA

Antonio Campillo Ruiz

 Helena Nelson-Reed

Después de haber escapado
alocadamente durante tantos
años huyendo delante del miedo,
por fin podía detenerse.

                                                                    “La mujer adúltera”
                                                                                      Albert Camus

   Quiteria se contemplaba en los grandes espejos de su vestidor. Lo hacía con curiosidad y sorpresa. No era frecuente que rebuscase en su cuerpo las pequeñas cicatrices del tiempo. Sin embargo, desde hacía un tiempo, sin manifestar preocupación alguna, se escudriñaba de soslayo con frecuencia. Hoy, que se preparaba para una habitual reunión, tenía tiempo para percibirse y recabar información de sí misma. No le había interesado nunca el reconocimiento meticuloso de su fisonomía. Sabía que su pelo era castaño, sus ojos muy claros, azules, nariz recta y pómulos huesudos. Era una mujer atractiva, para muchas personas, guapa. Para ella, solo la posesión del epíteto de su nombre estaba relacionado con la belleza: Cytherea, morada sagrada de Venus. Tras el repaso a su cuerpo desnudo, se dirigió hacia la pared blanca de su habitación y contempló su sombra proyectada en ella. Ahora, escudriñaba su interior, ese que muchas veces no distinguimos de la carcasa del cuerpo. Se movía para poder distinguir un rasgo que identificara su yo íntimo. Quedó quieta un momento y miraba su silueta recortada. Nada se podía apreciar y esto era lo que alcanzaba a irritarla en muchas ocasiones. Desearía poder admirar sus pensamientos y los mecanismos para poder sentir. Los sentidos le resultaban tan complejos que, su transmisión a quien todo lo regía en su cuerpo era, como en todos los humanos, misteriosa y esquiva.

Helena Nelson-Reed

   Quiteria sabía que su independencia, para muchos soledad, era un tema perenne de interés generalizado entre sus amigos y, esa noche, lo volvería a ser. Le cansaba que comparasen su libertad con la soledad. Para eludir cualquier tipo de aclaración, siempre comparaba y explicaba lo que era la soledad querida y la impuesta. Nada. Era un tema nunca resuelto. Sin embargo, jamás expresó que, en muchas ocasiones, estar sola le provocaba una especie de miedo que se manifestaba como malestar y del que huía sin recato alguno. Sentía que siempre llegaba tarde a cualquier manifestación agradable de sus sentidos, siempre percibía la realidad con un tiempo que ya había pasado. Ahora, a estas alturas de su vida, esa sensación se iba agudizando y procuraba vibrar con cada sentido independientemente. No era fácil conseguirlo, excepto con un par de ellos. El resto se manifestaban a la vez y deglutía como podía la catarata de sensaciones que se volcaban sobre su mente. Siempre recordaba aquella etapa en la que algo muy similar a la atracción, paladeo satisfactorio o complacencia, la arrinconaba hasta sentirse vibrar como la cuerda de un violín. Era maravilloso que su cuerpo se expresase de esa forma. Hechos que ya casi no recordaba, por expreso deseo de ella misma, impedían que tratase de recuperar aquel bienestar. Sin embargo, hacía unos días que había percibido un calambre, una alteración que la trastornó y se dejó llevar por ella, contraviniendo su propia prohibición.

 Helena Nelson-Reed

   Quiteria deseaba, ahora con ilusión, que el espacio y el tiempo fuesen cómplices de sus sentidos para poder atrapar, nuevamente, la lejana sensación que renacía con una fuerza que la arrastraba, aún estando convencida de la inutilidad momentánea de su ilusión. Sus miedos, muy bien recogidos en pequeños compartimentos y guardados en el fondo de su mente, ya no existían, no se manifestaban por la prudencia de quien no quiere molestar. Su desinhibición ante la vida la había acostumbrado a poder estar cenando con las amigas, como estaba haciendo en ese momento y, a la vez, escrutar su pensamiento hasta sentir, sin desmayo ni decoro alguno, las miles de sensaciones que bullían descaradamente en su mente. Como era habitual, su peculiar soledad y los largos días de épocas del año  propicias para sentirla, fueron temas que, irreverentes, ocuparon parte de la velada. Nunca se enfadaba por ello pero tampoco explicaba detalles que eran requeridos, quizás con la sana intención de imitarla. No, estaba segura de que el miedo paralizaría a quién preguntase detalles y, además, creía que cualquier conato aparecido, ante cualquier evento personal, para imitarla, era tajantemente anulado por una u otra razón. Así que, con su bello vestido negro, su pelo castaño y ojos claros, azules, comía desenfadadamente a la vez que reía con las anécdotas, que nunca faltaban en cualquier reunión que realizaban, esperando que lo cotidiano se convirtiese en inesperado y lo puntual en asiduo.

Antonio Campillo Ruiz

Helena Nelson-Reed