jueves, 13 de septiembre de 2018

EL HOMBRE Y LA EMOTIVIDAD - I

EVOLUCIÓN Y COMPETITIVIDAD - I

Antonio Campillo Ruiz

No se puede enseñar
nada a un hombre;
sólo se le puede ayudar a
descubrirlo en su interior.

Galileo Galilei


   ¿Por qué algunos materialistas se resisten a admitir la mera posibilidad del origen divino del hombre? Charles Darwin revolucionó la concepción del origen creacionista del hombre y,  desde el dictado de su teoría sobre el Origen de las Especies, la Ciencia adquirió un impulso renovador sobre un aspecto desconocido hasta entonces que nos ha traído al momento actual. La “inadmisible” teoría suscitó una convulsión sobre el dilema de admitir la vida de los seres humanos, en su conjunto, como un todo de dos partes bien diferenciadas: la material y la divina, como naturalezas distintas pero compatibles.


   A lo largo de la Historia, el empecinamiento en la persistente negación de aspectos científicos por la iglesia, rebatidos por personas no preparadas en la materias a tratar, en muchas ocasiones, ha supuesto el retraso de miles de años en los conocimientos y el avance científico. Sólo el ejemplo de Galileo Galilei y la negación de la iglesia a restablecer el prestigio que arrebató al científico, quinientos años después de su nefasta y obligada retractación, es de manifiesta tozudez a la sinrazón del dilema, nacido en el seno de la propia iglesia cristiana, entre divinidad del ser humano y materialidad.


   Con hechos como el ejemplo anterior, la iglesia cristiana aprendió lo más elemental de las acciones que debía realizar ante hechos científicos incontrovertibles pero que chocan con la palabra que determina todo lo que supone su inmenso entramado: fe. Así, la evolución, lejos de desautorizar la divinidad creacionista, exaltó la gloria de un ser creador que compatibilizaba evolución con divinidad. Bastaba dividir la naturaleza humana en las “dos sustancias”. La Ciencia moderna y el sistemático estudio de la evolución y los avances espectaculares en el estudio y aplicación del ADN, ha supuesto nuevas explicaciones divinas que, tratando de ser racionales, admiten “con condiciones” la evolución y la selección natural. Estas, explican una condición de la vida, en cualesquiera de sus formas, vegetal o animal, tan terrible como poco recomendable para los seres humanos: el más fuerte es quien tiene derecho sobre los débiles y generará un estatus entre manadas o en solitario que determinará su poder. Es la selección natutal.


   Bien, admitida a regañadientes y con condiciones la selección natural y la evolución, la iglesia cristiana, copiadora de la Naturaleza, así como el poder social imperante, han establecido, a pesar de su cuasi negación inicial, en el llamado Occidente desarrollado, una sociedad que es idéntica a la evolución: se determina como hecho incontrovertible que la selección entre humanos debe existir, potenciarse y enseñarse en centros y espacios de formación de la mente humana. La brutal  competitividad, la selección antinatural, existente entre quienes tratan de obtener los conocimientos necesarios para poder desenvolverse en el seno de la sociedad, es terrible. No se limita nada. Se trata de salir adelante como sea, aun siendo a costa de los demás. Ante esta brutal forma de interpretación de la selección antinatural, la competitividad, en el seno de los humanos, se ha tratado de suavizar, al igual que la iglesia cristiana hizo con la teoría evolucionista de Darwin. Se ha inventado la doble naturaleza del competidor por excelencia:

Material: inteligencia y conocimientos.

Personal: actitud  ante los hechos que se desarrollan en la vida y sus consecuencias.


   Considerar la existencia de una actitud ante la vida se fundamenta en la capacidad del ser humano de poseer emotividad. A esta peculiaridad se la empieza a dotar de mayor importancia que a los elementos materiales que conforman la competitividad, la falsa selección natural se aprecia con intensidad en el terrible enfrentamiento entre humanos para alcanzar una mínima parte de su papel en la sociedad. Pero… pero, ya se empieza a no depender de los conocimientos adquiridos y que se encuentran perfectamente descritos y explicados en variopintas partes de la tecnología moderna. Se ha generado un problema en la sociedad moderna y en el hombre en sí: la actitud empieza a ser lo más valorado del supuesto y poderoso ser competitivo. Y, ¡ay!, este ha sido un golpe bajo porque la actitud no depende de un aprendizaje dirigido para el triunfo, depende de la calidad humana de uno mismo, de una apertura clara y explícita de la mente que potencie aspectos no superables con exámenes sino con comportamientos. ¿Adquiridos? Sí, posiblemente, con educación, mente abierta y nunca fiables per sé, siempre dudando de todo lo que se nos asegura como incontestable,  percibiendo y asimilando con motivaciones lógicas y amplitud de razonamientos ante todo lo que es considerado natural y perteneciente a la vida.


   Se ha aprendido muy bien la lección sibilina de la iglesia cristiana, excepto de los creacionistas puros, que los hay y más de los que se contabilizan. Dividamos al ser humano en dos partes bien diferenciadas y una pertenece a al poder divino y la otra al poder político. Ya tenemos cuatro divisiones para el ser humano, dos por cada poder: evolución, divinidad, inteligencia y conocimientos y por último actitud. Así, ese ser físico aparecido en el planeta Tierra mediante un proceso complejo pero estrictamente material, sólo a causa de complejos procesos químicos, físicos y ambos, debidos a pequeños electrones, conformando una vida que florece y, a la vez, un ser divino creado, esta parte sí, creado, por otro ser grandioso que dota de la capacidad emotiva a esa inmensa maraña de compuestos químicos. Sí, complejo, muy complejo pero real. Tan real como las inexplicables preguntas: ¿sabíamos que los sentimientos se producen a causa de una gran cantidad de reacciones químicas, sólo a que tienen lugar estas reacciones? ¿Cuántas de ellas son necesarias para que un pensamiento se desarrolle? ¿Para que un sentimiento estremezca a un ser humano? ¿Para que una mirada al horizonte se transforme en un escalofrío de belleza? ¿Para que los seres humanos seamos capaces de percibir los sentimientos, que pueden hasta transformar nuestra existencia, mediante simples reacciones químicas?


   Sí, sólo nos diferenciamos de nuestro hermano orangután, no desarrollado evolutivamente todavía, en tres o cuatro cromosomas, lo que podríamos decir, una minúscula porción de compuestos químicos, aunque, a veces, la diferencia parece no existir por el comportamiento y actitud de algunos seres más evolucionados. Los aspectos inmateriales que el ser humano es capaz de percibir y realizar, la música, literatura, el arte, etc., son una clave determinante de la propia existencia, evolución, estructura social admitida, así como los objetivos y consecuencias del poder, un  poder que dictamina, establece, dirige y se aprovecha de una actitud, siempre positiva, que poseen la mayor parte de los seres que han evolucionado total y positivamente.

Antonio Campillo Ruiz



Ciclo de talleres en línea / 11 (extra) / Replicación del ADN in vitro from Sección Bioquímica (FCien) on Vimeo.

viernes, 7 de septiembre de 2018

PERSPECTIVA Y EXPRESIVDAD


 EL RETRATO EN HERNÁN CORTÉS

Antonio Campillo Ruiz



   La renovación del retrato oficial, lejano para el admirador de una técnica tan compleja como abstracta y personal, sufre con Hernán Cortés, Cádiz, 1953, una transformación cuando, la seriedad de las personas que han sido pilares de una transición política tan compleja como única, dejan su papel y se convierten en humanos que poseen los rasgos que Cortés plasma con delicadeza pero seguridad en el trazo. De igual forma, poetas de la generación del 27 y personas de  notable influencia social han dejado atrás su halo de admirados cuando los trazos seguros del material que los traslada a  dos dimensiones espaciales, les convierte en muestra de la perfecta perspectiva y expresividad.


   El aspecto visual, en retratos de personas de su entorno, queridas y conocidas, es más importante para Cortés que la descripción de rostros sin vida. Trasladar al lienzo una visión personal, basada, como no, en la experiencia y evolución pictórica que ha sufrido en su largo caminar por formas abstractas, confiere al retrato una serenidad y laxitud que no es fácil encontrar en serios y anacrónicos retratos que pretender ser más importantes que el propio pintor. Cortés intima, de forma personal, con la relación entre el aspecto físico y el psicológico de la persona retratada. Esta es una característica que pocas veces apreciamos en la contemplación de retratos que, en esta etapa histórica, se han realizado para “la posteridad”.


   Los espacios vacíos en los que coloca  a sus personajes, en obras trazadas como dibujos en papel o pinturas en lienzos, crean un ambiente inexistente pero absorbido de la abstracción culta de su formación y evolución. He aquí, posiblemente, la explicación de la expresividad de los modelos que no destacan sino por su peculiaridad personal, por su pose habitual y por la inmaterial apreciación del espectador para verles y comprenderles.

Antonio Campillo Ruiz



sábado, 1 de septiembre de 2018

RECURSOS Y NATURALEZA


PUEBLOS TRIBALES

Antonio Campillo Ruiz
Si no podemos quedarnos,
la jungla no sobrevivirá.

TRIBU BAIGA, INDIA


   El ochenta por ciento de las zonas con mayor biodiversidad de la Tierra son el hogar de pueblos indígenas y tribales. Mucho antes de que el término “conservación” se pronunciase por primera vez, los pueblos indígenas desarrollaron medidas muy eficaces para mantener la riqueza de su medio. Cuentan con sofisticados códigos de conservación de la naturaleza para detener la caza excesiva y preservar la biodiversidad. Sin embargo, se afirma con frecuencia y de forma errónea, que sus tierras son “vírgenes” o inexploradas a pesar de que comunidades indígenas de todo el mundo hayan dependido de ellas y las hayan gestionado durante milenios. Incluso las regiones “vírgenes” más conocidas del mundo, como Yellowstone, la Amazonia o el Serengueti, son de hecho la patria ancestral de millones de indígenas que cuidaron y protegieron sus entornos naturales durante muchas generaciones.


   Los pueblos indígenas y tribales están siendo expulsados ilegalmente de estos territorios en nombre de la “conservación” de la naturaleza. Ahora son acusados de “caza furtiva” porque cazan para alimentar a sus familias. Y se enfrentan a arrestos y palizas, tortura y muerte, mientras se fomenta la caza mayor o caza de trofeos para ricos capitalistas y poderosos extranjeros que pagan por ella. Las grandes organizaciones conservacionistas están colaborando con la industria y el turismo, y destruyendo a los mejores aliados del medioambiente. Las grandes organizaciones conservacionistas son cómplices de la destrucción de la Naturaleza.


   Sobre el papel subrayan la necesidad de obtener el consentimiento libre, previo e informado de los pueblos indígenas antes de iniciar la creación de un área protegida sobre los territorios que habitan. A menudo, reconocen también su derecho a seguir utilizando los recursos naturales locales. Sin embargo en la práctica financian un modelo de conservación de la naturaleza militarizado que conduce a la persecución de cazadores-recolectores inocentes, se asocian con industrias que roban tierras indígenas y desarrollan proyectos que desembocan en expulsiones ilegales.


   En Camerún, los indígenas bakas que osan adentrarse en la que fuera su selva, de la que han sido excluidos, son aterrorizados por patrullas antifurtivos financiadas por WWF (el Fondo Mundial para la Naturaleza). En la India hay pueblos tribales expulsados de sus tierras en las reservas de tigres mientras el Departamento de Bosques fomenta que el turismo se dispare.


   Ha llegado la hora de un nuevo modelo de conservación de la naturaleza: uno que respete el derecho internacional, que coloque los derechos de los pueblos indígenas y tribales en el centro y que reconozca que son los mejores conservacionistas y guardianes del mundo natural. Esto supondría el avance más significativo de la historia para una auténtica protección medioambiental. Porque los pueblos indígenas cuidan el medio mejor que nadie.


   La conservación de la naturaleza puede y debe hacerse de otra forma. Se deben aceptar las pruebas crecientes que demuestran que los pueblos indígenas cuidan de sus entornos naturales mejor que nadie. Las enormes sumas de dinero gastadas en la conservación deben destinarse a la solución más económica: respetar los derechos territoriales de los pueblos indígenas y tribales. Basta de abusos y gestiones de quienes no conocen ni la Naturaleza ni los recursos que nos aporta. El equilibrio entre habitantes que saben cómo vive el ser humano en estado natural y los recursos debe ser cuidado y apoyado por todos los habitantes de la Tierra. Gestionar sin conocer supone alcanzar un suicidio colectivo de consecuencias irreparables. 


Antonio Campillo Ruiz

sábado, 25 de agosto de 2018

LLUVIA DE ESTRELLAS


PERSEIDAS

Antonio Campillo Ruiz

© Fritz Helmut Hemmerich

Meteoro y Vía Láctea.

   ¿Qué es esa raya verde frente a la galaxia de Andrómeda? Un meteoro captado mientras se fotografiaba la galaxia de Andrómeda, cerca del Pico de la Lluvia de Meteoros Perseidas, una roca del tamaño de un grano de arena del espacio profundo, cruzó nuestra Vía Láctea. El pequeño meteoro tardó solo una fracción de segundo en atravesar este campo de 10 grados. El meteoro se encendió varias veces mientras frenaba violentamente al entrar en la atmósfera de la Tierra. El color verde fue debido, al menos en parte, al gas en el que se vaporizaba el meteoro y brillaba al incendiarse. Aunque la exposición fue cronometrada para atrapar un meteorito Perseida, la orientación de la veta de imágenes parece una coincidencia con un meteoro de los Acuáridos del Delta del Sur, una lluvia de meteoritos que alcanzó su punto máximo unas semanas antes. No por casualidad, la Lluvia de Meteoros Perseidas alcanza su punto máximo esta noche del domingo, 12 de agosto.

© Derek Demeter
Planetario Emil Buehler

Parker y Perseidas.

   El breve destello de un brillante meteoro de Perseida cruza la esquina superior derecha en esta imagen, compuesta de varias exposiciones realizadas la madrugada del domingo, 12 de agosto, cerca del pico máximo de la Lluvia Anual de Meteoros Perseidas. Situado a unos 3 km del Space Launch Complex 37, en la estación de la Fuerza Aérea de Cabo Cañaveral, el fotógrafo también capturó el rastro de cuatro minutos de un cohete Delta IV Heavy que transportaba la sonda solar Parker en el cielo oscuro de la mañana. Los meteoros de las Perseidas no son lentos. Los granos de polvo del cometa periódico Swift-Tuttle se vaporizan a medida que surcan la atmósfera superior de la Tierra a unos 60 kilómetros por segundo (133.000 millas por hora). En su camino a siete sobrevuelos de ayuda de la gravedad de Venus durante su misión de siete años, la aproximación más cercana al Sol de Parker Solar Probe, disminuirá constantemente, alcanzando finalmente una distancia de 6.1 millones de kilómetros (3.8 millones de millas). Eso es, aproximadamente, 1/8 de la distancia entre Mercurio y el Sol, y dentro de la corona solar, la tenue atmósfera exterior del Sol. Para entonces viajará aproximadamente a 190 kilómetros por segundo (430.000 millas por hora) con respecto al Sol, un récord para la nave espacial más veloz construida y lanzada desde el planeta Tierra.

© Petr Horálek

Bola de fuego de Perseidas y tren persistente.

   El día 12 de agosto, un poco antes de medianoche, esta Perseida dejó su rastro brillante  sobre Poloniny Dark Sky Park, Eslovaquia, en el planeta Tierra. Rayando su luz junto a la Vía Láctea de verano, su color inicial es, probablemente, debido a la velocidad característica del meteoro de la lluvia a la que pertenece. Moviéndose aproximadamente a 60 kilómetros por segundo, los meteoros Perseidas pueden provocar emisiones verdes de átomos de oxígeno al pasar a través de la atmósfera delgada de la Tierra a grandes altitudes. También característico de los meteoros brillantes, esta Perseida dejó un sendero visible y persistente conocido como un “tren persistente”, flotando en la atmósfera superior. Las exposiciones se separan por un minuto y se muestran en la escala de la imagen original. En comparación con el breve destello del meteoro, el rastro, parecido a un espectro, es realmente persistente. Después de una hora, restos débiles del meteoro todavía se pueden rastrear, expandiéndose a más de 80 grados en el cielo visible desde la Tierra.

© Dave Lane

Meteoros, aviones y una galaxia sobre Bryce Canyon.

   A veces, la Tierra y el cielo están plenos de cuerpos celestes y son hermosos. El paisaje representado en primer plano abarca Bryce Canyon en Utah, EE. UU., Famoso por sus interesantes estructuras rocosas erosionadas a lo largo de millones de años. El skyscape presentado, fotogénico en sí mismo, abarca el disco central arqueado de nuestra Vía Láctea, las rayas cortas de tres aviones que pasan cerca del horizonte, al menos cuatro rayas largas que probablemente sean meteoros Eta Aquariid y muchas estrellas, incluidas las tres estrellas brillantes que componen el Triángulo de Verano. La imagen presentada representan un panorama digital creado a partir de 12 imágenes más pequeñas, el pasado 6 de mayo. Cada año marcan el Pico de la Lluvia de Meteoritos Eta Aquriids de este año, donde un observador, paciente, con cielos negros y ojos oscuros, podría esperar ver un meteoro cada pocos minutos.

Antonio Campillo Ruiz


jueves, 16 de agosto de 2018

SENSACIONES


AMANTES Y MÚSICA

Antonio Campillo Ruiz 


   Sí, hacía tiempo que la monotonía era sinónimo de la imperfecta unión en la que se había convertido, casi sin apreciarla conscientemente, la cotidiana realidad de un instante tras otro. Era lo que siempre habían tratado de evitar aprendiendo, anticipadamente, de las enseñanzas que la experiencia de quienes habían sido atacados por la invariabilidad de la uniformidad, transmitían, no sin pesar. La confianza, en su capacidad para variar la línea recta por la que se había trazado un camino que se apreciaba sin retorno, era potente y la solución debería de encontrarse en las miles de posibilidades de cambios inesperados, sorprendentes, posiblemente jamás probados. Cuando, tras ensayar una y otra vez, se propuso realizar la experiencia, viviendo y sintiendo en el instante en el que la sorpresa alcanzaba la curiosidad, comprobó que podría ser necesario un elemento externo que proporcionase la inmaterial sensación que pretendía alcanzar..



   Estaba seguro de poder descubrir lo desconocido. Aquello que para él se había convertido en un elemento indispensable para conseguir vibrar como la cuerda de un instrumento musical y emitir un sonido puro, unísono con su amada, cuando la excitación empezase a provocar la erupción del ardiente placer más grande que, brotado de la naturaleza, creía conocer. Sus cuerpos debían pelear por saberse, darse, rozarse, poseerse, agotarse y estallar con la presión que provoca tenerse.


   Durante las noches serenas, iluminadas por campánulas destellantes, las propuestas eran tan curiosas como poco experimentadas. Por ello, tratando de confeccionar un artilugio inmaterial muy perfeccionado, inició su utilización por medio de roces sincronizados que emitían la melodía que aportaba la percepción de idéntica frecuencia que los amantes captaban en el momento de apreciar un ligero aumento del placer. Podría ser debido a la casualidad o a la bondad del método que se experimentaba. Se tendría que aumentar la cantidad de posibles soluciones y aplicarlas a la vez pues, las dosis que se necesitaban para una completa recuperación, tendrían que aportar unas gotas de confianza, mil sensaciones soñadas e, incluso, una laxitud activa hecha y recibida con igual fortuna.


   Los compases se difundían por los cuerpos con tanta posesión como agradecimiento. Al aumentar el tiempo de sincronismo disminuía la atención hacia la inoperante pasividad anterior y una actividad desconocida se apoderaba de lo establecido anulándolo, cambiándolo. Ambos comprobaron que, al incidir la luz en las pequeñas gotas de sudor de sus cuerpos, un mar de colores flotaba en una atmósfera cuajada del aroma de miles de sensaciones, tan innovadoras y originales como placenteras. Pareciese que la experiencia estaba llegando a su reconocimiento y aceptación en estas primeras ocasiones. Ahora, con la serenidad que proporciona la experiencia, una vez tras otra, se repetirían hasta los mínimos movimientos y los espasmos que provocaban, no sólo pequeños roces, sino enormes palpaciones que provocaban palpitaciones desenfrenadas.       


Antonio Campillo Ruiz



Es aconsejable visionar el montaje a plena pantalla.

lunes, 6 de agosto de 2018

PASEO ESTELAR


EL VIAJE PROMETIDO

Antonio Campillo Ruiz


A Marisa, mi amada esposa,
que marchó a las Pléyades
hace dos años.


   La abuela siempre aseveraba lo que decía con tal seguridad que era obligatorio creerla. Viajábamos en su antiguo pero inmaculado coche por uno de los miles de caminos entretejidos como una tela de araña en la enorme planicie polvorienta que separaba su casa de la ciudad. El rostro de la abuela se diferenciaba de su pulido coche en los profundos valles que poseía. Secos y zigzagueantes recuerdos del lecho de una piel suave, martirizada por el sol y los potentes vientos del semidesierto donde vivía. Estaba segura de que nos podía llevar hasta uno de los lugares que más apreciaba de todo el Universo.

-      Sí, no lo dudéis, mis Pequeñas, podréis caminar por miles de caminos sólo saltando de un mínimo satélite a otro.


   Su pasión por los astros y el cielo inmaculado que la extasiaba todas las noches, sentada en el porche de su casa, observando con paciencia los detalles y variaciones en función de las estaciones que, posteriormente relataba a sus dos nietas con la pasión de haber vivido el encanto de constelaciones y todo tipo de formaciones estelares mitológicas. Muchas noches enseñaba, a simple vista, a las dos niñas las formaciones más peculiares y sencillas. Otras, escudriñaban las tres, a través del telescopio construido por el abuelo y que difícilmente dejaba a personas ajenas si no era ajustado previamente por él. Observaban embelesadas el cielo gracias a sus precisas lentes y espejos. sin luces parásitas que desvirtuasen la pureza de aquellos astros, a los que, con certeza, decía la abuela que nos enviaría para conocerlos en su inmensa grandeza.

-      Pero, abuela, ¿cómo vamos a viajar mi hermana y yo tan lejos? Tendrás que comprar o construir una nave espacial para que podamos alcanzar ese lugar que tanto te atrae.
-      No. Iréis cuando vuestro convencimiento por llegar sea tan potente que, para alcanzarlos el deseo por visitarlos sea tan grande en vosotras como las dimensiones de los lugares unidas a la distancia a las que se encuentran.


   En ese momento se produjo un enorme destello, unido a un chasquido de gran sonoridad y las dos hermanas se encontraron suspendidas en el espacio alejándose a gran velocidad del bello Planeta Azul en el que se encontraban hasta ese instante. La sorpresa ante la veracidad de las palabras de la abuela fueron olvidándola al observar la belleza de la que disfrutaban en aquel sorprendente vuelo por lo infinito. En varias ocasiones habían podido ver y leer las condiciones de los viajes en el espacio cercano. Los enormes y pesados trajes protectores con sus mecanismos y artilugios para detener la radiación solar, la complejidad del lanzamiento de las naves, la gran cantidad de técnicos encargados del proceso… No, no podían creer que ellas, con sus vestidos de verano, a través de las palabras de la abuela se encontrasen en el espacio.


   Inesperada y sorprendentemente sintieron en su cuerpo unos extraños choques a la vez que se detenían de golpe. Trataron de identificar el lugar donde se encontraban. Sus pies se posaban sobre unos pequeños trozos de hielo que percibían muy frío porque no llevaban zapatos. Al diluirse este hielo quedaron encima de unas pequeñas rocas que formaban, junto a miles y miles de otras, un inmenso plano circular que destellaba con la luz solar, mucho más débil que la percibida en la Tierra. Existían diferentes planos que rodeaban una enorme masa circular. Eran satélites de un planeta y lo aprendido les indicaba que debía ser Saturno, el “Gigante Bello”, como le llamaba la abuela. Lo habían  observado, investigado y fisgado desde la Tierra en todas sus posiciones y conocían esos inmensos anillos que lo rodean. Recordaron todo lo que le había contado la abuela y trataron de caminar, desde el lugar en el que se encontraban, a otras pequeñas rocas con hielo y lo consiguieron. Con alegría empezaron a trazar caminos y, de vez en cuando quedaban sobre uno de los satélites haciendo equilibrio con un solo pie como cuando jugaban a la rayuela. Gritaron:


-      ¡Principito, estos satélites a los que nos ha enviado muestra abuela son más pequeños que tu  planeta! ¡Y podemos caminar de uno a otro para dar la vuelta completa a este enorme Gigante Bello! Tú camina hacia la derecha haciendo curvas y yo hacia la izquierda - dijo una hermana a la otra - así, la abuela nos verá y comprenderá que nos divertimos jugando. 

   Jugaban a saltar de uno a otro componente de los inmensos anillos y cantando de felicidad observaron un cometa deslumbrante que se dirigía hacia donde se encontraban. Se detuvieron y, con la claridad de una aparente luz propia, vieron que era la abuela viajando a gran velocidad por la misma trayectoria que ellas habían recorrido.

-      ¡Abuela! ¡Abuela! ¿Dónde vas?
-      ¡Hola, mis Pequeñas princesas! Me dirijo a uno de los lugares más bellos del Universo al que vosotras no podéis acompañarme todavía. Se encuentra muy lejos, muy lejos. Se llama “Las Siete Hermanas”, Las Pléyades, en la constelación de Tauro. No podréis ir a ese lugar hasta que seáis tan mayores, tan mayores, como yo. Disfrutad mucho de vuestra imaginación y de la vida. ¡Adiós, mis queridas Pequeñas!


   Un sonido estridente les molestaba mucho y se agitaron cuando alguien las cogió y, en volandas, las trasladó a dos estrechas y duras camas donde quedaron dormidas. Un enfermero colocó los zapatos de ambas niñas en la parte posterior de las camillas. Las sirenas de ambulancias y policías ululaban sin cesar y varios hombres, con diferentes uniformes, trataban de rescatar a una mujer sin vida que se encontraba atrapado entre el volante y el asiento de un destartalado coche antiguo que había caído en un socavón sin señalización. La policía circundaba con vallas aquel extraño agujero en el que se podía apreciar un objeto ardiente en su centro. 
  

  Años después, las niñas que viajaron sin nave y jamás supieron por qué no se fueron con la abuela aquel lejano día, escribieron, en la parte posterior de una fotografía de la abuela con ellas, en la que se encontraban sentadas sobre las rodillas de aquella mujer tan admirada y recordada, uno de los fragmentos de su libro más querido, entremezclado con su perenne recuerdo:

“Sí, abuela, creemos que lo único que podemos sentir es tristeza, que es un sentimiento y, como decía D. Quijote, “… los sentimientos son privativos del alma y, querido Sancho, el alma sólo es de Dios”. Siempre te querremos querida abuela".

Antonio Campillo Ruiz




miércoles, 25 de julio de 2018

ABECEDARIO: M


MARÍA

Antonio Campillo Ruiz

Loui Jover    

   María cabalgaba en un alazán potente y veloz. Trataba de alcanzar a los cuatro harapientos jinetes que, en sus escuálidas monturas, dejaban a su paso un camino seco, quemado por unos cascos que retumbaban como las baquetas sobre el parche de un tambor del que rompían arillos y piolas. Dos fumarolas de vapor a presión salían por los ollares del caballo que abría sus belfos para absorber más aire. La carrera era larga y el suelo pesado, casi invisible, imperceptible a posibles irregularidades. Densas masas de niebla ocultaban un camino sin trazado que, como única referencia, ofrecía el sonoro retumbar de su galope. Acostumbrada a modernos aparatos de transporte, se lamentaba de no poseer uno más rápido que alcanzara a los cuatro engendros que perseguía cuando, de pronto, su caballo se transformó en una enorme locomotora que lanzaba un gran chorro de humo negro por su chimenea y vapor de agua hirviente a través de los mecanismos de sus ruedas que giraban locamente sin estar encajadas en railes. El aumento de velocidad lo apreció en los chirridos metálicos de una maquinaria tan escandalosa como eficaz. Alcanzó a los cuatro jinetes pero sólo pudo atropellar, hasta destruirlos, a tres de ellos. Nunca conseguía alcanzar al cuarto.

Loui Jover     

   María despertó sobresaltada, sudorosa y envuelta en la ropa de su cama, entremezclada y atada a ella. Su largo pelo le cubría parte de la cara y formaba una catarata que le impedía ver y orientarse en su habitación. Las tres cuarenta y ocho. La misma hora de siempre. Junto a ella, semidesnudo y durmiendo, se encontraba su compañero, aquel hombre que la sorprendió, iluminó y enamoró con sus múltiples habilidades y fácil verborrea. ¿La enamoró verdaderamente? Estaba segura de no conocer lo que significaba amar a una persona. Experimentaba impulsos, a veces inconexos, que la arrastraban hacia sensaciones agradables, fueran cuales fuesen. Sin embargo, ahora que, agitada, miraba fijamente a su aliado en la vida, constataba que la palabra amar poseía poco significado para ella. La recurrencia de aquella pesadilla la preocupaba. Sólo a ella. La narró con detalle el cuarto día que se repitió, a la misma hora y los mismos hechos. Poca atención se le prestó y las interpretaciones que se le sugirieron fueron tan simples, inseguras y, a la vez, tan  indiscutibles que ella calló. Noche tras noche durante más de treinta y cuatro días soportaba, no sin alterarse, la pesadilla que llegaba puntualmente.

Loui Jover    

   María poseía una interpretación muy personal de sus malos encuentros nocturnos y estaba segura de la relación que poseían con su vida cotidiana. No terminaba de identificar sino rastros de su existencia ligados a las imágenes que percibía en ellos. Su vida se convirtió, no mucho tiempo después de hacer venir a casa a su compañero y amante, en algo similar a uno de los espectros que soñaba. El primer jinete que alcanzaba la locomotora era descarnado y casi sin rostro. Para ella, podría representar la carencia de emociones en sus encuentros físicos con su galán. La penuria y escasez de anhelos le provocaba una insatisfecha avidez que la convertía en el espectro que la asqueaba cuando aparecía en su sueño. Al ser alcanzado el segundo jinete, un escalofrío le traspasaba el corazón. Percibía su entorno diluyéndose, pudriéndose en sí mismo, sin aparente causa. El mal, el engaño, la dejadez jamás pensada pero constantemente presente, provocaban una perenne enfermedad crónica e irrecuperable. Con una espada en la mano y brillante peto de acero  cubriendo su esquelético pecho, el tercer monstruoso ser la sumía en el constante enfrentamiento silencioso e irresoluble que mantenía en su convivencia diaria. Ningún pacto, acuerdo o convenio eran capaces de fomentar un compromiso que admitiese gratamente la comunicación y comprensión. De forma constante, la lucha era el medio de no aceptar ideas o proyectos de uno hacia los dos, como amantes o pareja que tratan de introducirse en los complejos compartimentos de la vida en común y su difícil ciclo para darse, tenerse o compartir momentos e inquietudes nacidas de lo que se viene en denominar amor. El cuarto jinete era un esqueleto humano. De color amarillento, poseía unas cuencas en la calavera de las que partían dos destellantes luces más brillantes que la del sol. En ninguno de sus sueños logró jamás alcanzarle. Su figura se transformaba en una ilusión óptica y desaparecía cuando la negra locomotora aceleraba su marcha hasta el límite de su carcomida caldera. Para ella, su semejanza con lo inalcanzable e inesperado, fuese o no soñado, poseía la fuerza de lo irremediable, lo que tendrá que venir sin ser visto ni escuchado. Aquella mañana, cuando terminó de recoger su maleta con los pocos enseres que necesitaba, María salió de la casa y, bajando lentamente la escalera, salió a la calle perdiéndose entre el ya intenso ir y venir de los transeúntes que, con toda probabilidad soportaban, como ella, sus momentos felices, desencantos y la parquedad de quienes guardan celosamente sus ganas de vivir.

Antonio Campillo Ruiz

Loui Jover    



domingo, 20 de mayo de 2018

LA CIVILIZACIÓN MAYA


EL ENIGMA DE LAS CIUDADES PERDIDAS

Atonio Campillo Ruiz


   La historia de la creación de los mayas ha llegado hasta nosotros a través del Popol Vuh, un libro del siglo XVI: “En el origen no había nada más que silencio y vacío. No había humanos, ni animales, ni tan siquiera luz ni sonido. Los Dioses, ocultos, habitaban en un profundo océano. Un día se reunieron para llenar la inmensa Nada. “Tierra”, dijeron los Dioses y la superficie de la Tierra se materializó de inmediato. “Montañas y valles, ríos y lagos”. Los creadores no tenían más que pronunciar las palabras para que todo se convirtiera en realidad. Satisfechos, cubrieron el nuevo paisaje de árboles y arbustos”
El mundo estaba compuesto por tres partes: el cielo, el mundo medio y el inframundo. Xibalba, el inframundo, era el reino de la muerte y las enfermedades. El mundo medio, el terrestre, era donde vivían los humanos. En las esquinas del mundo se hallaban los Bacabs, deidades que sostenían el firmamento. El cielo era el dominio de los cuerpos celestes y el lugar donde habitaban los dioses. En el centro del mundo medio se alzaba el árbol del mundo, cuyas ramas se extendían hasta el cielo, mientras las raíces se hundían hasta las profundidades de Xibalba, donde se podía llegar desde cuevas, lagos y ríos. El mundo medio semejaba una tortuga o un cocodrilo que flotaban sobre las aguas que cubrían el inframundo y las montañas y los valles de la Tierra eran la grupa de los animales.


   El mundo sobrenatural de los mayas estaba poblado por  arquetipos que provenían del entorno natural de la selva tropical: los dioses y los antepasados. Una manera de acercarse a ellos era a través de la intoxicación con sustancias psicotrópicas en combinación con ayunos extensivos, música monótona y bailes estáticos que facilitaban el ingreso a un mundo alternativo. Para alcanzar este estado, los mayas utilizaron bebidas alcohólicas como el Bolché, alcaloides alucinógenos extraídos de los hongos o sustancias tóxicas procedentes de los sapos como el “Bufo marinus”. Las cuevas eran los lugares elegidos para la celebración de dichos rituales, ya que eran consideradas como los umbrales del inframundo. En conexión con el conjuro ritual de dioses y antepasados, también se realizaban ofrendas en forma de sacrificios de animales e incluso humanos, entre los que destacaban los autosacrificios de sangre de los gobernantes, como parte importante de los rituales para rogar por cosechas abundantes o campañas militares exitosas. Los dioses de la lluvia, el comercio, la guerra, la fertilidad, etc., son alguno de los muchos que poseían. Cada uno de ellos contaba con sus cualidades y atributos propios. Una de las deidades supremas era Itzamna, dios de la agricultura, la escritura y la medicina. Chaac era el dios de las guerras y la lluvia. En general, portaban símbolos que los definían por sus cualidades.


   El dios del Maíz asciende al mundo bailando desde el inframundo sobre los brotes más tiernos de la planta. Crece con mayor velocidad cuando este baile tiene lugar sobre el agua que, en las mañanas húmedas, queda atrapada en las ásperas hojas de las plantas altas, cimbreantes y delgadas, como su dios, que buscan la luz y favorecen el crecimiento de las semillas. El ciclo de la vida y la muerte posee una simbología que es paralela al ciclo biológico de la planta sagrada: nacimiento, crecimiento y desvanecimiento. La mazorca, fruto esperado y alimento del ser vivo, posee mil por una semilla y, al morir, como el Dios, vuelve al inframundo y espera el momento para renacer cuando se vuelven a sembrar los granos que fructificarán para alimentar y cuidar de los hombres, mujeres y niños, tal y como fueron creados en un principio. El Dios del Maíz posee un cuerpo delgado, un rostro joven y una frente alargada, como la mazorca de maíz y de ella, molida, conformó la figura de todos los seres vivos con sus propias manos.


   Entre los meses de febrero a mayo el clima del espacio que ocupó la civilización maya es extremadamente seco. Tras ellos, las lluvias lloran sobre el terreno para dulcificarlo y proporcionar el alimento a través de mazorcas y frutos. Las precipitaciones llegan a ser seis veces mayores que las que se producen en Europa durante todo el año. El terreno cárstico de la península de Yucatán y zonas limítrofes absorbe el agua con gran rapidez alcanzando zonas de lixiviado profundas. Para evitar su desaparición, todos los reyes mayas invirtieron grandes esfuerzos en proyectos muy avanzados y se preocuparon de su racional consumo. Así, durante la temporada de lluvias el agua se almacenaba en grandes cisternas excavadas en la roca viva y se distribuía para el consumo de los habitantes humanos, animales, construcción y zonas de cultivo, mediante canales e infraestructuras complejas. Con ellas, era frecuente que los reyes se dejasen retratar en altorrelieves y pinturas, orgullosos de ayudar al Dios de la Lluvia con sus obras.


   Para los mayas, la ubicación espaciotemporal poseía una importancia fundamental. Dependían de la exactitud de sus cálculos para conocer los ciclos solares, ritmos naturales e, incluso, predecir sucesos de diversa consideración.  El calendario Tzolk’in, un calendario ritual de 260 días, el calendario Haab, con el que calculaban el año solar de 365 días y la llamada “Cuenta Larga”, eran los medios que poseían para registrar un evento de diferentes formas y con una exactitud muy precisa. Su conocimiento matemático y astronómico fue excepcional. Como base de cálculos utilizaban un sistema vigesimal modificado con cifras del 0 al 19 de forma eficaz y compleja. Un gran paso para el conocimiento y estudio de la antigua civilización maya se produjo cuando, a finales del siglo XIX, Ernst Wilhelm Förstemann estudió meticulosamente el código Dresde y logró esclarecer el código numérico y calendárico utilizado, continuamente reformado por los avances y estudios que realizaban de forma sistemática.


   La sociedad de los mayas estaba organizada jerárquicamente. La cima la ocupaban los reyes divinos que se rodeaban de la nobleza, los escribanos, los músicos y los sirvientes. Esta corte se encargaba de importantes funciones administrativas, del bienestar y del entretenimiento. El rey y su corte vivían en el palacio en el centro de la ciudad y la nobleza más alta en conjuntos residenciales en una vecindad inmediata. La realeza no solamente habitaba las viviendas más ricas, sino que también se vestía de manera más lujosa y con joyería abundante. Como anécdota podemos señalar que las personas con enanismo y los jorobados tenían en la sociedad maya un estatus especial. Su complexión corporal los distinguía y los situaba siempre cerca de los Dioses, una proximidad que era muy apreciada por los reyes. La corte real y la nobleza solamente representaban una minoría de la sociedad maya. La mayoría de los habitantes de las ciudades estado se dedicaban a la agricultura y la ganadería.


   Las alianzas eran fundamentales para la supervivencia de las ciudades mayas. Sin ellas, las ciudades más pequeñas podían caer bajo el dominio de reyes poderosos. El imperio maya no tuvo jamás un gobernante único que controlara la totalidad del territorio, sino que cada ciudad era regida por su propio rey. Poseían el mismo idioma, religión y costumbres pero eran independientes y con frecuencia los reyes se encontraban enfrentados entre sí. Su similitud con las ciudades-estado de la antigua Grecia fue muy significativa y curiosa. El comercio, las alianzas políticas y las obligaciones fiscales eran su medio de conexión. Las mujeres desempeñaban un papel relevante a la hora de forjar alianzas y era habitual que los reyes entregaran a sus hijas en matrimonio a hombres destacados de otras ciudades para así poder aliarse con familias de diferentes caracteres consanguíneos y distintas de las que habitaban su propia ciudad. Algunas ciudades poseían más superficie e influencia que otras. Las más débiles, sometidas por guerras o no, debían tributar con impuestos a las más poderosas. Las estelas han dejado el rastro de las diferentes dependencias y cambios de una ciudad con otra.


   El conflicto entre Tikal y Calakmul dominó el paisaje político de las ciudades-estado durante el período Clásico Tardío. Las dos potencias lograron establecer una vasta esfera de influencia con una gran cantidad de estados-vasallos vinculados. Tikal, sin duda, fue la ciudad más poderosa del Clásico Temprano en las Tierras Bajas mayas, donde la influencia de la metrópoli de Teotihuacán era muy evidente. A partir del siglo VI d.n.e. se iniciaron los conflictos con Calakmul, aunque generalmente, no fueron confrontaciones directas, siendo guerras entre los aliados y apoyadas por los reyes de Tikal y Calakmul. A pesar de ello, cada una de estas guerras tuvo impactos dramáticos. A mediados del siglo VI, Tikal fue vencida por Calakmul y tuvo que entronizar a un gobernante títere, iniciando un período de debilidad que duró más de cien años. Posteriormente Tikal logro recuperarse y restablecerse de nuevo como una ciudad hegemónica en las Tierras Bajas mayas.


   Hacia el año 1000 todas las ciudades mayas estaban despobladas y toda su civilización había desaparecido. No hay una explicación sencilla para este fenómeno, las razones son múltiples y el colapso fue un proceso muy largo. Uno de los motivos parece encontrarse en la desestabilización producida por la victoria de Tikal sobre Calakmul. En sucesivas guerras, las ciudades anteriormente aliadas a estas potencias lucharon por la supremacía, extinguiéndose sus dinastías. Ninguna ciudad logró imponerse en este conflicto y el precio fue muy alto. La organización interna de las ciudades falló, el poder y el carácter divino de los reyes fue puesto en duda y el sistema político cayo hecho pedazos. Ya no existía una élite capaz de superar la crisis. A su vez, un cambio climático agravó mortalmente la situación con sequías prolongadas y hambrunas. El apogeo de la cultura maya, basado en el crecimiento exagerado de las ciudades agotó las reservas de suelo agrícola, lo que obligó a los campesinos a abandonar sus tierras mientras la selva húmeda recuperaba su espacio y ya no pudieron ni supieron adaptarse nuevamente.

Antonio Campillo Ruiz