viernes, 15 de noviembre de 2019

UN PLAN PARTICULAR


UNA VIDA DE RECUERDOS

Antonio Campillo Ruiz

 ©George Grie / Джордж Грие

   Les vio venir cuando escuchaba una música que derramaba un torrente de imágenes. Volvía a mirar con asombro aquellas imágenes que su recuerdo mantenía tan imborrables como el día que pudo escuchar y ver, a la vez, la magia de un relato. Lamentaba tener que cortar en cualquier lugar la música. Después tendría que volver a empezar desde el principio. En fin, era domingo y la visita era obligada, aunque siempre pensaba que no querida. La familia llegó a su lado y, cogiendo algunas sillas se sentaron a su alrededor. Su silla de ruedas era cómoda y se propuso manifestar su estado tal y como quería la familia. Su hijo mayor fue el primero en preguntar cómo se encontraba y él, con lentitud, repasó su figura de cabeza a pies con una mirada perdida. No contestó y su hijo, como cada domingo, realizó un gesto de impaciencia. Los demás callaban y miraban el entorno bellamente ajardinado. Empezaron a hablar entre ellos y poco a poco su conversación dejó de lado el lugar en el que se encontraban y el interés por su persona. Continuaba escuchando todo lo que decían y escrutaba de reojo a cada uno, tratando de analizar y recordar cada sus expresiones que, casi en todas las visitas, se repetían.

 ©George Grie / Джордж Грие

   Hacía ya dos años que estuvo, durante una semana, pensando serenamente en lo que iba a hacer, ahora, que su vida había cambiado tanto. Se había quedado solo y tenía que organizar su nueva vida. Muchas posibilidades se agolpaban en su mente y, una tras otra, por distintas razones, fueron descartadas. El tercer día de aquella semana, cansado, salió a dar un paseo y encontró a un amigo que le relató, inquieto y preocupado, que había tenido que internar a un familiar porque su mente estaba afectada por un mal irreversible. Su turbación le preocupó y con un gesto de amistad le palmeó la espalda. En ese momento, un pensamiento empezó a buscar un lugar en él. Encontró su perenne sueño, aquel que, con reiteración repetía que en un bosque intrincado existía la belleza, la paz, la serenidad y la posibilidad de apreciar una Naturaleza virgen. Debía aproximarse lo máximo a este sueño.

©George Grie / Джордж Грие

   Su familia esperaba de él una renuncia de todo su patrimonio, en favor de ellos, prometiendo que cada mes, una de las tres familias se haría cargo de él, de por vida. ¡Con lo que había trabajado por y para ellos! Era un insulto a su inteligencia. El encuentro con su amigo le había abierto su capacidad de reorganización. Sentado frente a la ventana y mirando al horizonte de un mar encrespado por un viento persistente, se ensimismó en un plan que empezaba a gestarse. Debía ser cauto, muy buen actor y no era ni una ni otra cosa. El problema era autoconvencerse de poder llevarlo a cabo. Lo primero que hizo fue acumular bibliografía sobre el mal que su amigo le había contado que padecía su familiar. Estudió mucho material de diferentes fuentes bibliográficas. La semana que se había marcado como única para decidir su futuro, se convirtió en un mes de estudio. Posteriormente, trató de abrirse camino con la acción dramática. Otro mes.

©George Grie / Джордж Грие

   Aprobadas, según su criterio, ambas, adquirió aparatos de alta tecnología y empezó a seleccionar sus recuerdos, algo que le resultó mucho más difícil que todo el trabajo anterior. Empezó por archivar en los aparatos, cuasi miniaturizados, todo aquello que para él había sido imperecedero. Lentamente, clasificando todo con meticulosidad, almacenó trabajos propios y ajenos, textos, música e imágenes que habían influido con potencia en el devenir de su vida anterior, cuando se sentía feliz y en compañía. Era un trabajo agotador y complejo porque no quería dejar atrás nada, aun sabiendo que muchos recuerdos quedarían en un olvido no deseado. Más de otro mes tardó en recopilar y ordenar todo lo que creyó o recordó como importante. Ahora empezaba lo verdaderamente difícil. Primero redactó un testamento notarial en el que cláusulas aconsejadas por expertos cerraban absolutamente el acceso, en cualquier circunstancia, a sus bienes hasta que no muriese. La segunda parte fue solicitar visitas médicas, a ser posible con amigos en los que podía confiar. No tardó mucho en hacer comprender a dos de ellos, en ayudarle con su plan. Lo explicó pormenorizadamente a los dos y, tras los titubeos y consejos contrarios normales, prepararon todo un dosier médico que diagnosticaba una grave enfermedad mental irrecuperable.

©George Grie / Джордж Грие

   El tercer paso fue encontrar una residencia en la que la atención y bienestar fuesen muy buenas. No era barata pero se lo podía permitir. Desde ese momento su práctica de actor novel empezó a hacer estragos entre sus familiares. A las pocas semanas, él mismo los reunió y les comunicó que había decidido ir a vivir sus últimos días en una residencia que ya habían contratado sus amigos médicos.   De esta forma nadie tendría que cuidarle en unos instantes tan duros y le podrían visitar con la frecuencia que ellos quisieran. Creyó escuchar un largo suspiro de satisfacción multiplicado por todos. Con la premura de quien desea descargar un camión de basura maloliente, decidieron que lo mejor era que al día siguiente se trasladase a su nuevo hogar. Y allí estaba. Tenía una habitación grande y cómoda en la que fue ordenando todo lo que había acumulado de su pasado, libros y aparatos electrónicos repletos de todo tipo de materiales. Orientada al sureste, una gran ventana se iluminaba al amanecer y desde ella un extenso jardín con miles de plantas se extendía hasta un monte cercano. Sus cuidadores le trataban como a un huésped de hotel y, a los pocos días, ya poseía unas rutinas que serían las que realizase durante los años que estuviese en aquel lugar. Su camaradería con los cuidadores, gimnasta y personal de la cocina era día a día más estrecha y agradable. Pero, los mejores momentos del día los pasaba escuchando su música a la que ponía imagen si era la banda sonora de una película o el recuerdo de las personas que llenaban el auditorio donde la había escuchado. El visionado de las imágenes estáticas o dinámicas de miles de momentos mágicos siempre las escrutaba con mucho interés porque, alguna de ellas, era compleja de recordar o distinguir de otras muy similares. Se sentía satisfecho de su pequeña idea y el exitoso desarrollo de la misma.

©George Grie / Джордж Грие

   Las primeras semanas de su estancia, la familia trató, por todos los medios, de saber si podían desahuciarlo por incapacidad mental y él, en cada visita, se comportaba más ausente de todo lo que le rodeaba. Supieron de su testamento y solicitaron una copia que llevaron ante profesionales para estudiar la posibilidad de hacerse con su herencia. Todo fue en vano. Hasta su muerte nada podrían tener. Mientras, su vida se desenvolvía entre amigos y conocidos durante el tiempo que tenía libre, porque su trabajo de revivir era lo más importante.

Antonio Campillo Ruiz

©George Grie / Джордж Грие




miércoles, 16 de octubre de 2019

GIOVANNI BOLDINI


EL ESPÍRITU DE UNA ÉPOCA

Antonio Campillo Ruiz


   Marcel Prouts, en el último volumen de “En busca del tiempo perdido”, “El tiempo recobrado”, expresa con seguridad que “… el pasado no es un tiempo perdido, es un tiempo que puede ser recobrado a través de la Literatura y el Arte.” Así lo sentimos cuando contemplamos las pinturas de Giovanni Boldini (Ferrara, 1842-París, 1931), y las de una larga lista de autores, entre los que se encuentran Mariano Fortuny, Eduardo Zamacois, Raimundo de Madrazo, Ramón Casas, Joaquín Sorolla o Ignacio Zuloaga, entre otros grandes pintores de la época. En sus obras, todos ellos expresan un tiempo “que fue” pero que su existencia nos resulta familiar porque su espíritu ha quedado suspendido, atrapado, en las obras de este amplio grupo de pintores. Retuvieron en sus pinturas todos los cambios técnicos que se producían en una ciudad moderna y viva donde coincidieron en uno u otro momento, París. Renovaron la concepción del retrato, las escenas de carácter dieciochesco, sucesos amables  y anecdóticos sobre el discurrir del tiempo, del paisaje que sorprendía a sus retinas día a día, a la vez que les sorprendió el precipitado cambio de siglo, requiriendo de su pintura un proceso de renovación sin descanso, que no se produjo.


   Boldini, al igual que muchos pintores españoles, retrata el paisaje pero un paisaje urbano del París cambiante en todo su esplendor, a la vez que se convierte en uno de los retratistas supremos, irresistible y arrebatadoramente ingenuo, correcto y púdico. Aspectos que comparten, en gran medida, los artistas que se especializaron en el llamado “retrato elegante”. Largas y precisas pinceladas, sin mirarlas, pendiente del instante en el que lo real le atrapa, un juego sin fin pues quedará reflejado en la tela. Una tela fresca, de precisión milimétrica plasmando una realidad compleja pero viva, vibrante de un color delicado que impregna, incluso, los contraluces que apagan parte de la luz. La gran precisión con la que dotaba a sus escenas, retratos o paisajes, parecen inexistentes en la Naturaleza, hasta el punto de falsear pátinas de color que cubren algunos retratos para realzar el momento captado.


   Un inexistente vidrio translúcido protege a su pintura y caracteriza su especial estilo, denotando, la decadente pintura de su época y atrapa. Encarcela con la maestría de captar solamente la atención de los sentidos del espectador, la serena contemplación de sus grandes dotes y cualidades, doblegadas ante lo fácil y sutil de la belleza. Transmite alegría por y para la vida pero su nula progresión hacia nuevas corrientes le hace caer en objeto de interés para marchantes y vividores de los que, naturalmente, trata de aprovecharse. Incluso, cuando pinta delgadas señoras de una adinerada sociedad, vestidas a la moda de la alta costura, sus retratos expresan la elegancia frente a la furtiva aparición de ambiguas modistas en muy diferentes poses y lugares que, a pesar de todo, poseen un digno atractivo y encanto. La tradición e innovación, enmarcan a Boldini en un recinto del que no logra salir pero que transmite el espíritu de una sociedad cambiante, de un mundo decadente que inicia su camino durante la primera década del siglo XX.      

Antonio Campillo Ruiz



domingo, 6 de octubre de 2019

PREGUNTAS SENCILLAS


EL UNIVERSO SIMULADO

Antonio Campìllo Ruiz


"Sólo mediante la búsqueda racional de teorías,
incluso las que nos introducen en dominios
extraños y poco familiares, tenemos una oportunidad
de revelar la extensión de la realidad."

Brian Greene

   Es frecuente que los seres humanos busquemos un sentido a la realidad y nos planteemos preguntas sencillas. Sí, aparentemente muy sencillas pero de una intensidad y complejidad enorme. ¿Por qué pienso? Puede ser una de ellas. Y, otras muchas igual de sencillas, ¿Quién soy? ¿Qué hago yo en un planeta como este? ¿Por qué siento?, y un largo etcétera. Las respuestas, no son tan sencillas como las preguntas y, casi con toda seguridad, requieren un extenso paseo por esos guarismos negros, llamados letras, que conforman palabras garabateadas sobre un medio y puede ser que encontremos en ellas la solución a nuestras dudas. Pero, el ser humano es inquieto. No solo se pregunta cuestiones trascendentales para él que pueden o no estar basadas en experiencias previas, trata de demostrar que los elementos complejos puedan ser elevados a la categoría de hipótesis y sucesivamente, tesis experimentales y constatables. En muchas ocasiones el recorrido que se realiza para conseguirlo escora hacia contaminantes que le llevan por caminos no deseados y otras, más frecuentes, consigue que, efectivamente, se logre el objetivo que ha sido su preocupación en cualquiera de las materias del saber.


   Plantear nuestra propia existencia y el sentido que posee en este maravilloso planeta, alejado de otros muchos de los que, en el momento actual, no sabemos nada en absoluto, puede, en muchos casos y en función de la formulación de la pregunta, desvirtuar la indagación que se realiza pues, nuestros pasos nos dirigen a pseudomaterias que no poseen fundamentos racionales ni lógicos. En otras ocasiones, si logramos relacionar nuestros anhelos por saber la solución a nuestras preguntas, podemos tener la sorpresa de que muchos estudios avalan, no en su totalidad pero sí en una o varias parcelas de su respuesta, teorías ya experimentadas o experiencias en curso que no poseen en el momento requerido resultados experimentales.


   Así, una de las grandes preocupaciones de muchos seres humanos es algo que definimos como una sensación: el tiempo. Para los seres humanos de este planeta Tierra, más allá de la medida, en el sistema sexagesimal, poco comprendido y muchas veces incorrectamente utilizado, el tiempo es una sensación compleja y difícil de explicar. Ante esta peculiaridad, miles de teorías, especulaciones y charlatanerías, circulan sin cesar por el entramado pseudocientífico que dicta sentencias inconexas, indemostrables e, incluso, paranoicas. Gracias a los serios avances en el campo de su estudio y la enorme transformación que ha supuesto, desde mediados del siglo pasado, el estudio, demostración y aplicación de teorías de cumplimiento universal, la transformación en la comprensión de las propiedades materiales y unidades fundamentales en Física, ha favorecido un serio cambio científico y un revés muy importante a la dialéctica especulativa. Así, la estrecha unión espacio/tiempo, su relación con la posibilidad de dependencia de uno sobre el otro, la demostrada teoría de la deformación del tejido espacial a causa de la masa, la estabilidad armónica del movimiento a causa, precisamente, de esta última propiedad y otros muchos estudios, han generado unas vías de investigación que, aún estando en fase experimental, algunas de ellas, pueden suponer un cambio en la concepción de nuestro mundo, pudiendo explicar realidades consideradas hasta hoy fantasías y sueños ficticios.


   No todos los seres humanos tienen oportunidad de estudiar en profundidad estas teorías ni pueden acceder a ellas con facilidad. Son los científicos que trabajan en ellas los encargados de transmitir los avances o fracasos con el devenir del tiempo. Sin embargo, personas que han querido realizar un avance sobre las investigaciones que se suponen actuales en este campo, han utilizado medios de comunicación que favorecen la transmisión de las grandes líneas que la investigación sigue para conseguir, si ello es posible, la solución de las miles de “preguntas sencillas” que se plantea el ser humano moderno. Así, en el año 1995, un director de cine, Terry Gilliam, basándose en un relato de Chris Marker sobre un futuro apocalíptico de ciencia ficción, de intriga fantástica, distopía, pandemias y viajes en el tiempo, con guion de  David Peoples y Janet Peoples, rodó “TWELVE MONKEYS”, “DOCE MONOS”, interpretada por un elenco de actores que dieron vida a personajes como James Cole y Jeffrey Goines.


   Esta original aventura, se inspiró y tomó varios conceptos del cortometraje de ciencia ficción francés “LA JETÉE”, “EL MUELLE”, de Chris Marker, 1962, en el que se relata un experimento de viaje en el tiempo que rompió con las técnicas narrativas tradicionales, logrando un efecto deslumbrante que mezcla documental, ficción y fantasía. Así, “DOCE MONOS” posee un sorprendente e intenso guion futurista que se desliza entre la lucidez y la locura, entre los sueños y la realidad, entre la ficción y la ciencia.  No pocas interpretaciones recorrieron revistas y otros medios, generando un enorme dilema en los espectadores que, asombrados con hechos representados cuya complejidad, conceptos e, incluso, un pequeño desliz de continuidad temporal, fueron motivo de extensos estudios de su significado dramático, estético y diagrama espacio/temporal. Sin embargo, existe en esta película una secuencia que puede ser un ejemplo de los nuevos estudios derivados de la Mecánica Cuántica que no ha sido ni resaltada ni estudiada hasta este momento: el concepto de la simulación.

   El diagrama espacio/temporal de la película, representando el tiempo en continuidad de la acción en horizontales y el transcurrir del mismo, en el espacio señalado en líneas, se puede representar de la siguiente forma:


   Para su comprensión, consideraremos que las líneas de distintos colores pertenecen a los acontecimientos que suceden, en los tiempos que transcurren para cada personaje, durante los diferentes años representados. Las líneas punteadas representan la continuidad de la acción, que sólo se produce en las líneas no punteadas y, simplemente son los enlaces de un espacio/tiempo a otro. La lectura del diagrama siempre se debe realizar de izquierda a derecha del mismo, volviendo, de un espacio/tiempo a otro mediante las líneas punteadas. Existe un viajero principal (color rojo) y tres secundarios: José, el mendigo y la científica (resto de colores). Realizan viajes mediante una máquina del tiempo no precisa porque se cometen errores de llegada al pasado. El viaje debe transcurrir de forma instantánea en un universo aparentemente inalterable. El espectador debe tener en cuenta que, los viajes en el tiempo no deben ser los que produzcan en él alteración sorprendente o no admitida. Tras la demostración de la Teoría de la Relatividad, un viaje en el tiempo puede realizarse “fácilmente” mediante la posibilidad de una “arruga en el tejido espaciotemporal”. Una “doblez” en el tejido espacial, facilitaría un recorrido extremadamente largo en un tiempo cuasi infinitamente pequeño. Por último, el lector debe recorrer las líneas del diagrama espaciotemporal señalado, a la vez que lee el camino de cada uno de los actores, tal como se expresa a continuación.


   Bien. El objetivo del viaje espaciotemporal es encontrar al llamado “Ejército de los Doce Monos” para su destrucción. Los hechos se inician en el año 2035, justo en la flecha negra señalada en el diagrama, correspondiente al primer viajero. Al enviarle al pasado se comete el error de llegada a 1990. En este año, suceden acontecimientos que no dan fruto en su búsqueda y regresa a 2035, donde continúa la narración. Le vuelven a enviar al pasado y cometen el mismo error pero, esta vez, aparece en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, en la que es herido. Se comete otro error de regreso y aparece en el año 1996, año al que tenía que haber llegado la primera vez. Regresa y, con la seguridad de que este era el año al que deberían enviarle, regresa nuevamente a 1996 y descubre la anomalía que ha provocado la catástrofe en la Humanidad por la cual, se busca a quien la produjo para eliminarle y cambiar el futuro (2035), mediante la intervención en el pasado (1996). En este periplo de idas y regresos, desde el futuro al pasado, James Cole encuentra, en distintos momentos de 1996, a dos compañeros enviados desde 2035 a buscarle (José y el mendigo). En el transcurso de la narración en 1996, se produce una singularidad espaciotemporal porque la científica que maneja la máquina del tiempo se encuentra en este año, siendo, que a la vez debe de estar en 2035. En este año, 1996, representado por el cuadrado negro del diagrama temporal de la película, momento en el que se encuentran pasado y futuro, es cuando aparece la discrepancia con otras interpretaciones que explican los sucesos narrados en la película: sí existen universos paralelos, según la escena que se adjunta y por tanto, se origina la singularidad de la simulación. Veamos. Futuro y pasado no podrían encontrarse en un espacio/tiempo del mismo universo. Sería físicamente imposible que este hecho tuviese lugar si no fuese a causa de la existencia de universos paralelos en los que uno, crea la simulación de un hecho en el otro y, en función de esta simulación, podría intervenir en él para restaurar cualquier alteración que se hubiese producido. La pregunta sencilla que podemos hacernos es: ¿Vivimos en una simulación? ¿Es real nuestra existencia o es una simulación de diferentes estados, en diferentes universos, en los que, desde uno de ellos, el que se encuentra en simulación, puede ser corregido o restaurado, cambiándose en él procesos vitales inadecuados o no admitidos por  otro universo no simulado?


   En este momento, la Mecánica Cuántica estudia la existencia de multiuniversos diferentes, los multiversos de Brian Greene ("La realidad oculta") y que empezaba a estudiar Stephen Hawking, planteando, la existencia de que un universo, el nuestro, puede ser una simulación que aporta a otros, de los que puede depender, datos suficientes para la corrección de sucesos acaecidos, con el objetivo de poder ser alterados antes de que se vayan a producir. Podríamos considerar que uno o varios universos serían los potenciales visionadores del pasado de uno de ellos y se encontrarían en el futuro de este. Esta es la situación que se produce cuando James Cole, en la película, a una edad aproximada de 45 años y encontrándose en el pasado, se ve a sí mismo cuando es un niño, 40 años antes, siendo, que él proviene del futuro en un universo paralelo. La singularidad da lugar a una simulación en universos diferentes: el universo que se encuentra en un futuro cercano (el de James Cole adulto), descubre, en el pasado, el universo simulado (el de James Cole niño), el presente en el que se encuentran ambos. Es ahí, en esta compleja situación, cuando una anomalía pasada se puede restaurar.


   Es probable, solo probable, que se puedan considerar complejos varios de los aspectos de lo expuesto pero, tengamos en cuenta que, si en esta película, dirigida a todos los espectadores, con la diversidad que poseen, es comprensible su estructura y las llamadas “especulaciones científicas”, se deben comprender, igualmente, las modernas teorías acerca de nosotros mismos. Y, de entre ellas, la pregunta fácil:

¿Es posible que estemos viviendo una simulación?

Experiencias de laboratorio, inexplicables pero visualizables, demuestran que podría ser cierta la existencia de la simulación del universo conocido.


   Los guionistas, consciente o inconscientemente, introdujeron un concepto que, en el momento de la realización, no estaba en estudio ni se podía sospechar la posibilidad de su existencia, la simulación en universos paralelos. En realizaciones similares, como la trilogía de “Regreso al futuro”, de Robert Zemeckis, 1985-1990, sólo se plantea la existencia de un universo y, por ello, se reitera, en todas ellas, la imposibilidad de la presencia del futuro en el pasado y viceversa, porque, según Emmett Brown, el científico creador de la máquina del tiempo, se generaría una singularidad de imposibilidad existencial. Sin embargo, en el momento actual, los avances científicos y las experiencias cuánticas han dado paso a teorías que se encuentran, a la vez, en el complejo mundo de la Filosofía y la Ciencia, respondiendo a “preguntas sencillas” que, reiteradamente, se hace el ser humano.   

Antonio Campillo Ruiz



domingo, 15 de septiembre de 2019

VIVIR SIN MATAR


EL JOVEN QUE QUERÍA SER ÁRBOL

Antonio Campillo Ruiz


   Aquel día comió un poco de arcilla. Hizo una masa poco densa y fue diluyéndola en la boca. No era tan chirriante como la arena. La arena que había comido el día anterior, a pesar de ser muy fina, no podía masticarla y notaba en su boca todas sus partículas. Ninguna de las dos poseía un sabor que fuese comparable a la comida que había deglutido hasta estos días pero contenían gran cantidad de sales minerales, con los elementos asimilables necesarios. Posiblemente, debió recogerla en el lugar donde el alfarero del pueblo la obtenía y hacía sus mezclas. Todos sus trabajos eran muy apreciados y muchos niños roían con deleite los búcaros, casi recién horneados, que no poseían adornos ni pinturas. Sería una labor difícil porque el alfarero nunca dijo dónde se dirigía, con su eterno saco al hombro, antes del amanecer. Hacia media mañana, volvía con el saco lleno, como si hubiese ido hasta una tienda para comprar la arcilla, ya preparada, que se transformaría en sus tiestos. Le preguntaría si le dejaba acompañarle para recolectar un kilo de su arcilla.


JUL. ¿Qué traes  en esta bolsilla?

CLAR. Unos pedazos de búcaro
que come mi señora; bien los puedes
comer, que tienen ámbar.
JUL. No los gasto de Portugal.

Lope de Vega: “La Dorotea”

   El alfarero se extrañó de la insólita petición. Le preguntó para qué quería aquella pequeña cantidad de su arcilla. El joven balbució unas palabras ininteligibles y dejó la pregunta en el aire hasta que este se enrareció. No, no puedes venir conmigo porque ese lugar es secreto, le dijo el alfarero. Insistió e insistió el joven hasta que, cansado, cuando ya se marchaba, aquel hombre, de piel requemada por el sol y la lumbre de su horno, le dijo que le traería lo que quería si le decía para qué necesitaba la arcilla. El joven, entre avergonzado y preocupado, mascullando las palabras, le dijo que la necesitaba para comer. La expresión de sorpresa del alfarero denotaba incredulidad y malestar. No, la arcilla, no se come, le dijo muy serio. “Pues, yo la necesito para ser como un árbol, no para comerla por la piel blanca como hacen muchos”. 


   Desde niño, hablando con su abuelo, le preguntaba la razón por la que los animales, e incluso algunas plantas, necesitaban a otros seres vivos para crecer. No lo entendía. El abuelo, hombre ladino de compleja autoformación, después de pensar un tiempo, aclarar su garganta y fijando la mirada en un punto indeterminado del suelo, contestó, con palabras que se negaban a salir de su boca: “Nene, así está creado este mundo: unos tienen que morir para que otros puedan vivir. ¿Sabes lo que es un contrasentido? Pues, igual. Es como una gran rueda que crece a pesar de destruir el lugar por el que pasa.” Desde aquel día su interés por este dilema le llevó a leer y leer libro tras libro sobre la Naturaleza y el especial equilibrio entre los seres vivos. Cuando, ya hubo leído muchos libros, concluyó que la relación vida/muerte poseía enormes defectos. Matar, para descuartizar los despojos y comerlos, le resultaba humillante para quien muere y para quien mata.



   Se hizo miles de preguntas a las que no podía responder. Trató de comprender a los animales herbívoros y le repugnó que destruyesen hojas y tallos sin considerar el estado en el que dejaban a las plantas, de las que subsistían. Incluso, si eran utilizadas para el consumo humano, eran cortadas en su totalidad y su savia se derramaba indicando, tanto su dolor como su muerte. Sorprendente y brutal. Cuando comprendió que, sin muchos de estos animales herbívoros, no podía desarrollarse la vida de quien se alimenta de ellos, pudo comprobar el gran error energético que suponía transformar la materia vegetal en animal para, después, ser transformada, a su vez, en otra que pertenecerá a un animal insectívoro, carnívoro puro e, incluso, omnívoro, el que requiere mayor y más diversa materia orgánica. Un gran desorden energético y de una complejidad muy diferente. Según la materia, pasa de una especie a otra: requiere diversos procesos de digestión, asimilación y transformación química. Su admiración por la Naturaleza se tambaleaba.


   ¿Por qué no asimilaban todos los seres vivos sus necesidades energéticas para desarrollarse y vivir sin matar, como las plantas, como esos majestuosos árboles alimentados solamente por ese grupo de tres compuestos: agua, unos pocos minerales inanes y luz solar? Nunca encontró, a pesar de sus inmensas lecturas y búsqueda en bibliotecas y laboratorios, una transformación más sencilla y eficaz. Este era el menú que hacía de las plantas seres enormes, potentes y longevos. Eran como laboratorios de transformación de los “alimentos” más sencillos y abundantes en nuestro querido planeta Tierra. Pero, lo más importante, lo verdaderamente especial de esta “dieta” era que nunca tenían que destruir a otros congéneres para poder vivir. Se podría apuntar, el proceso de contaminación por oxígeno de las plantas pero los animales, tal como los conocemos, lo necesitan.


   El joven, encandilado por el sencillo proceso de la fotosíntesis y el agua con minerales, sin tener en cuenta el complejo mundo de todas sus reacciones químicas, pensaba que el medio para conseguir esta dependencia tan peculiar debería adquirirse, al igual que se realizó anteriormente, de la evolución. Así, al iniciar él un proceso diferente de asimilación de nutrientes, con el tiempo, sus descendientes y los descendientes de ellos, hasta conformar un largo y constante cambio, llegarían a adaptarse y, por tanto, a evolucionar en el sentido que lo habían hecho las plantas. Incluso intuía que, al estar nuestra estructura más íntima y minúscula basada en partículas cuya naturaleza era la luz, las supercuerdas vibrantes que conforman la materia, asimilando luz, la construcción del esqueleto vivo, en su fase más sencilla, podría evolucionar muy rápidamente. Con estos pensamientos en su vertiginosa mente le alcanzó, tomando el sol desnudo en la terraza de su casa, el primer pinchazo, fuerte, seco, en el interior de su intestino. Era el pago que debía realizar por ser el primer ser humano que empezaba el largo proceso evolutivo de transformación a partir de la asimilación de la materia necesaria para vivir sin matar, para aprovechar los recursos inanes y cuasi inacabables que existían en un planeta pequeño, azul, bello pero con peculiaridades no deseables entre los seres vivos que lo habitan. En menos de cien mil años la transformación se habría realizado, pensó mientras seguía asimilando la luz solar.

 Antonio Campillo Ruiz  




“Niña del color quebrado,

o tienes amor o comes barro”

Luis de Góngora: “Letrillas”



domingo, 8 de septiembre de 2019

EL VIAJE


PELÍCULA EN DIRECTO

Antonio Campillo Ruiz


   El renqueante y destartalado tren respiraba con agobio entre las escarpadas montañas. Túnel tras túnel, los gases exhalados e incluso partículas sólidas, ennegrecían cristales, carruajes, maderas y compartimentos en los que, viajeros hacinados en estrechos asientos, soportaban con estoicismo todas las adversidades del largo viaje. Las conversaciones giraban en torno al deficiente diseño de las ventanillas que, sujetas al marco de madera que soportaban sus pesados cristales, se debían subir y bajar agarrando una lengüeta de cuero sujeta a ellas. Su cierre era tan defectuoso que la humareda desprendida por el combustible quemado de la locomotora, densa y negra, persistía en el interior de los departamentos. A veces, los trozos sólidos que expulsaba eran tan grandes que un niño se entretenía en quitar pequeñas partículas negras del pan que comía con parsimonia. No lo acompañaba con nada. Su madre, sentada frente a él, le miraba fijamente y le animaba para que comiese. Un viajero le ofreció al niño una loncha de jamón. El niño miró a su madre. Le asintió con los ojos y, cogiendo la loncha, observó con ansia el sudor goteante del tocino. Tenía un aspecto muy sabroso. Lo puso sobre el pan y, con placer, mordió su nuevo bocadillo.


   Otro túnel. Una luz tenue, colocada sobre el primer asiento, así lo indicaba. Con la rapidez que proporciona poder eludir la gran humareda, los hombres se levantaron al unísono y dirigiéndose a la ventanilla la cerraron, poniendo una tela en los huecos entre ventanilla y marco. El calor era asfixiante. Los hombres permanecían apoyando sus manos a la tela protectora. Se encendieron dos luces amarillas situadas en el techo. Acababan de entrar en el túnel. La pálida luz se adueñó del compartimento y, ante su débil potencia, una joven que leía dejó, sobre uno de los asientos de skay, el libro que mantenía en sus mano. Había cerrado y abierto su libro tantas veces que pensó en desistir de seguir haciéndolo. Su cuerpo se movía con el traqueteo del tren, su olfato se había impregnado, a los pocos minutos de emprender el viaje, de la mezcla de mil olores diferentes, el sordo retumbar de las ruedas y el cuchicheo de sus compañeros era perenne, sólo podía acariciar las ásperas hojas de papel, de un color blanco sucio y deslizar suavemente su mirada por las letras, casi móviles, impresas en ellas. No disfrutaba de los acontecimientos que llegaban a su mente ni podía imaginar la relación entre ellos.


   La salida del túnel se adivinó cuando las luces volvieron a apagarse. Los hombres quitaron con rapidez el trapo y abrieron la ventanilla, no sin un gesto recriminatorio por parte de la señora que viajaba junto a ella, en el sentido de la marcha. El aire que entraba con fuerza, aun siendo agradable, despeinaba sus cabellos cuidadosamente arreglados. Nunca había viajado en esta clase intermedia en la que, al calor y falta de transpiración del asiento, había que sumar la categoría social de las personas que viajaban junto a ella. Una madre vestida totalmente de negro y delantal con pequeños dibujos grises, a la que acompañaba, supuestamente sin pagar, un niño que comía todo el tiempo pan. Tres hombres que, más de una vez habían pisado sus costosos zapatos de charol al levantarse para cerrar y abrir la ventanilla, vistiendo unas ropas de temporadas pasadas. Uno de ellos era joven y un poco desaliñado, los otros, ya entrados en años, con canas en su pelo y piel demasiado curtida para su gusto. Incluso, uno de ellos no dejaba su maletín de viaje ni a sol ni a sombra. Ninguno la atrajo ni tenían el rostro con pómulos alzados como a ella le gustaban. Sí, le gustaban los hombres bellos y bien arreglados. Menos mal que junto a ella ocupaba su asiento una joven de pelo rojizo, enmarañado y corto. No entendía cómo una chica como aquella llevaba ese pelo tan corto y sin arreglar. ¡Ah!, por supuesto, no llevaba pintura ni en uñas ni ojos.. Menos mal que vestía pulcramente pero, los pantalones ceñidos dibujaban sus piernas.  Una indecencia. Utilizaba unas gafas redondas de concha y cristales gruesos.  Sólo leía y leía. Casi seguro, un viejo libro de aventuras. Estaba muy enfadada con su hermana porque al avisarle que tendría que volver a casa, lo hizo con tanta urgencia que los billetes de la clase superior estaban agotados. Además, aquel insoportable calor había deteriorado su maquillaje y parte de los finos trazos en los párpados de sus ojos. Un desastre de viaje.






   Un largo y bronco silbato lanzó al aire un chorro de vapor a la vez que emitía un estridente sonido. Llegaban a una estación. El hombre que nunca dejaba su maletín salió al pasillo para identificar el lugar. A pesar de su aparente serenidad se apreciaba un gesto adusto y serio. Cometió un error al aceptar el encargo del administrador de la empresa en la que, tan solo desde hacía cuatro meses, trabajaba. Responsabilidades de esta categoría tendrían que ser asumidas por orden de antigüedad. Lo había pensado mucho y, de acuerdo con su esposa llegaron a la conclusión de aceptar esta importante confianza porque le podría ayudar a implantarse en la empresa. Aquel pequeño maletín le preocupaba más cada momento. Su deseo de llegar a destino y entregar, previo recibo legalizado del receptor, el material que transportaba le estaba agotando de ansiedad. Su preocupación, si todo se desarrollaba correctamente, era que se hiciesen habituales para él estos transportes cuya responsabilidad recaía tan solo en él.

Debía de estar atento para bajarse antes de que el tren llegase al final de su trayecto. Le esperarían y no deberían verle llegando a un lugar tan lejano de su ciudad de origen. A pesar de llevar su maletín en la mano, todos sus compañeros de viaje sospechaban que no era el lugar donde debería de apearse. Estaban en medio de la nada y la parada era técnica más que de llegada o salida de viajeros. Era un apeadero de mala muerte. El niño tocó con delicadeza el acolchado y suave dibujo en terciopelo del maletín. El hombre dio un respingo y se lo cambió de mano. Pareciese que en él llevase un delicado regalo y no deseaba que le ocurriese nada. Paseó inquieto por el pasillo mientras cargaban a la locomotora de agua y la tripulación iba y venía. Un nuevo y largo pitido indicaba que el tren se ponía nuevamente en marcha y el hombre volvía a su asiento sujetando el maletín sobre su regazo.


   Todo sucedió muy rápido. Al llegar a la penúltima estación, tras su correspondiente y estridente silbato, el tren paró y el jefe de estación anunció que solo se detendría tres minutos. El hombre del maletín se levantó con rapidez y los otros dos hombres, que jugaban a las cartas, aparentemente sin mostrar inquietud alguna, se abalanzaron sobre él y le cogieron de los brazos quitándole el maletín. Uno de ellos sacó unas esposas y trató con dificultad de colocarlas en las muñecas del hombre que se debatía sorprendido. Uno de ellos dijo ser policía y que en ese momento quedaba preso por robo y contrabando. El niño miraba como si se tratase de la acción de una película, la chica del libro lo había dejado caer al suelo, la señora emperifollada dio varios grititos de lo que parecía miedo y la madre del niño decía calladamente que ya le había escamado a ella que siempre anduviese con el maletín cogido, hasta para abrir o cerrar la ventanilla en un túnel. Cuando todo acabó y la serenidad se adueñó nuevamente del compartimento, las tres mujeres y el niño quedaron solas y en silencio. Nadie dijo ni una palabra ante unos hechos que vivieron intensamente y contarían en función de sus apreciaciones personales. El tren llegó a su destino con tres minutos de retraso, el bullicio se apoderó de los viajeros y la indiferencia que provoca la prisa por llegar, no se sabe muy bien dónde, se apoderó de todo el gentío y cada una de las mujeres, una con el niño fuertemente cogido de la mano, inició un camino que, ¿por qué no?, podrían cruzarse un día para visionar en directo otra película mucho más increíble que las filmadas en celuloide.

Antonio Campillo Ruiz  


sábado, 24 de agosto de 2019

UN PASO PARA LA HUMANIDAD


LUNAS

Antonio Campillo Ruiz

Mimas en Saturno.

©Cassini Imaging Team, SSI, JPL, ESA, NASA


   Los satélites, llamados en general “lunas”, son cuerpos celestes que establecen con el planeta del que dependen un vínculo gravitatorio y de movimiento que acatan todas las leyes físicas con una precisión matemática. Así, desde las sombras, el hemisferio de Mimas que mira hacia Saturno, se encuentra en la oscuridad cercana junto a una espectacular media luna iluminada por el sol. El mosaico fue captado cerca del último acercamiento final de la nave espacial Cassini el 30 de enero de 2017. La cámara de Cassini se dirigió hacia el sol cuando se encontraba a solo 45,000 kilómetros de Mimas. El resultado es una de las vistas de mayor resolución de la luna helada, con cráteres y 400 kilómetros de diámetro. Una versión mejorada revela mejor el hemisferio orientado hacia Saturno de la luna que gira sincrónicamente iluminada por la luz solar reflejada desde Saturno. Para verlo, deslice el cursor sobre la imagen. Otras imágenes de Cassini de Mimas incluyen el gran y siniestro cráter Herschel de la pequeña luna.

Saturno detrás e La Luna.

 ©Peter Patonai (Fotografía Astroscape)

   ¿Qué es eso al lado de la Luna? Saturno. En su viaje mensual alrededor de la Tierra, y por lo tanto del cielo de la Tierra, nuestra Luna pasó casi frente a Saturno en órbita solar a principios de esta semana. En realidad, la Luna pasó directamente frente a Saturno desde los puntos de vista de una amplia franja del hemisferio sur de la Tierra. La imagen captada en Sydney, Australia, fotografió a la pareja unos minutos antes del eclipse. La imagen fue una sola toma que duró solo 1/500 de segundo, luego procesada para resaltar mejor tanto la Luna como Saturno. Dado que Saturno está casi enfrente del Sol, se puede ver casi toda la noche, comenzando al atardecer, hacia el sureste. La luna gibosa también estaba casi opuesta al Sol, y también era visible casi toda la noche. La Luna volverá a ocultar Saturno durante cada vuelta que hace alrededor de la Tierra este año.

 HDR: la sombra circular de la Tierra en la luna

©Cristian Fattinnanzi

   ¿Qué podría crear una sombra circular tan grande en la Luna? La Tierra. La Luna llena de la semana pasada, la Luna Buck, estaba tan llena que cayó casi exactamente en línea con el Sol y la Tierra. Cuando eso sucede, la Tierra proyecta su sombra sobre la Luna. La circularidad de la sombra de la Tierra en la Luna fue comentada por Aristóteles y así se ha notado desde al menos el siglo IV a.d.n.e. Lo nuevo es la capacidad de la humanidad para grabar esta sombra con un rango dinámico tan alto (HDR). El compuesto HDR presentado del eclipse lunar parcial de la semana pasada combina 15 imágenes e incluye una exposición tan corta como 1/4 de segundo, para no sobreexponer la parte más brillante, y una exposición que duró cinco segundos, para que aparezca la parte más oscura. Esta parte más oscura, dentro de la umbra de la Tierra, no es completamente oscura porque parte de la luz se refracta a través de la atmósfera de la Tierra hacia la Luna. Un eclipse lunar total ocurrirá el próximo mes de mayo de 2021.

Los terremotos sorprendentemente comunes.

 ©NASA, tripulación del Apolo 11

¿Por qué hay tantos terremotos lunares? Los análisis de los sismómetros dejados en la luna por los alunizajes del Apolo revelan un sorprendente número de terremotos que ocurren a menos de 100 kilómetros de la superficie. De hecho, se detectaron 62 terremotos lunares en datos registrados entre 1972 y 1977. Muchos de estos terremotos lunares no solo son lo suficientemente fuertes como para mover muebles en un departamento lunar, sino que la roca rígida de la luna continúa vibrando durante muchos minutos, significativamente más que el terremotos de rocas más suaves en la Tierra. La causa de los terremotos de la luna sigue siendo desconocida, pero una hipótesis principal es el colapso de las fallas subterráneas. Independientemente de la fuente, las futuras viviendas lunares deben construirse para resistir los temblores frecuentes. Representado aquí hace 50 años hoy, el astronauta del Apolo 11 Buzz Aldrin se encuentra al lado de un sismómetro lunar recientemente desplegado, mirando hacia el módulo de aterrizaje lunar.

Alunizaje.



 ©NASA, tripulación del Apolo 11

El día 20 de julio de 1969, en una etapa histórica convulsa para las grandes potencias mundiales, el módulo lunar, transportado por el Apolo 11, se posó suavemente sobre nuestra Luna. Aparentemente, recorrer sólo los, aproximadamente, 384.400 kms. que nos separan de la Luna parece una labor fácil, comparada con las inmensas distancias a las que se encuentran millones de astros pertenecientes a nuestra galaxia, la Vía Láctea, sin embargo, para el hombre este día supuso un avance en la comprensión y estudio del Universo cercano.

Antonio Campillo Ruiz