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domingo, 14 de diciembre de 2014

EL SILENCIO DE LOS HÉROES

EL HONOR

Antonio Campillo Ruiz

Joaquín Ruiz Baeza

   El leve ¡clic! del cerrojo, atrancado durante tanto tiempo, sobresaltó a la niña que miró hacia todos lados asustada. Su hermano había podido abrir con suavidad la cerradura de la puerta de la habitación que se mantenía cerrada desde siempre. Los dos hermanos se miraron y quedaron en silencio tratando de detectar un ruido, unos pasos, a pesar de tener la certeza de encontrarse solos en aquella casona de la abuela con múltiples habitaciones, en cuyas paredes había tapices traídos de ciudades muy lejanas. Aquella tarde, como todas, habían comprado hierba en “El Yerbero” y la habían depositado primorosamente en el corral donde sus padres criaban conejos y pollos para consumo propio; también habían echado con menos cuidado panizo, cebada y salvado. Cuando terminaron su siempre grata tarea, pues acariciaban los gazapos mientras hambrientos comían, abrieron la puerta de la casa que, a través de la cocina, daba paso al patio. Trataban de no pisar las hojas recién caídas de la gran higuera que, plantada en la parte izquierda, proporcionaba buenas brevas e higos y una fresca sombra en verano. El miedo les atenazaba pues creían ver personas por todos los rincones del gran patio.

Joaquín con su novia, Solita, y amigos

   Aquel era el día que habían elegido para husmear y tratar de comprender acontecimientos que no se explicaban o que se susurraban en voz baja sin ser capaces de entender lo que hablaban los mayores. Empujaron la puerta de la habitación y un olor húmedo, a cerrado, los envolvió. Un rayo de sol cortaba el polvo que cayó con un susurro de dolor al girar los goznes de una contraventana, hinchada y ondulada por el agua de lluvia. Trataron de encender la luz y, a pesar de dar vueltas y vueltas a la llave de palomilla, la bombilla colgada de un cable del techo no se iluminó. Se adivinaban muebles amontonados y arcones de madera. El hermano se dirigió a la ventana y, no con poco esfuerzo, pudo abrir las clavijas de las contraventanas y la luz penetró en el mar de polvo que se formó. En efecto, varias sillas, dos sillones, tres arcones, una maleta, una cama sin colchón y una mesilla de noche con piedra de mármol rojizo, se hacinaban, cubiertos parcialmente por sábanas blancas, en el clausurado cuarto.

 Submarino C-3 en su puerto base

 Submarino C-3 en Venecia

   Se dirigieron a los arcones y levantaron sus cierres negros. Una gran cantidad de libros estaban cuidadosamente colocados con los lomos hacia arriba. ¡Qué montón de libros! Con nerviosismo abrieron el segundo arcón. Papeles, fotografías y aparatos extraños, se encontraban entrelazados en un abrazo que duraba muchos años. Se sentaron en el suelo y empezaron a revolver todo lo que les parecía llamativo. Mientras la niña veía las fotografías, su hermano leía, con la lentitud de su temprana edad, los papeles que se encontraban escritos a mano o en letras de color azul de una máquina de escribir, como la que tenía su padre en el despacho de su casa.

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Rita Ruiz Baeza

   No comprendió bien el significado de lo escrito, pero separó todo lo que le pareció importante en un montoncito y obligó a su hermana a clasificar las fotografías por motivos militares, barcos, casas, paisajes, gente sola o en grupo, etc. Jamás reveló lo que atesoraba y calló hasta que, pasada la adolescencia, comprendió la historia contada por los vencedores sobre una asonada, una sublevación, que había sellado los labios de su familia. Cuando pese a la represión todo afloró, supo el alcance de palabras pronunciadas con grandiosas marchas militares y medallas, muchas medallas, prendidas en las chaquetas de uniformes inmaculados.

 Joaquín Ruiz Baeza

   Fue en el Ejército, siendo oficial de la Escala de Complemento, donde aprendió que el hecho más degradante que puede cometer un militar es la traición y pérdida del honor (igual que para cualquier persona de bien), aunque el relato de los vencedores haya querido demostrar que el ultraje a sí mismo y a los demás ha sido expiado por los rebeldes con la bendición de unos acuerdos sobre nuestra reciente historia. Tras la guerra muchos hombres de honor y luchadores incansables por el bienestar de sus conciudadanos murieron, fueron reprimidos o tuvieron que malvivir a la sombra de países que también los maltrató y los silenció. Este no fue el caso del tío de aquel muchacho cuya madre era su hermana, Joaquín Ruiz Baeza, marino formado en el navío "Galatea" y cabo electricista del submarino C-3, que defendió la libertad y el honor respetando la voluntad de la mayoría de los españoles.

Joaquín Ruiz Baeza

   Defendiendo Málaga de posibles bombardeos desde el mar, a bordo del submarino C-3, leal a la República Española, Joaquín y sus compañeros, marinos aguerridos y con voluntad de ejercer su cometido de salvaguardas de la población civil, el día 12 de diciembre de 1936, encontraron la muerte cuando su barco fue hundido por un torpedo lanzado desde el submarino U-34 alemán, con el consentimiento expreso del mando de las tropas sublevadas contra el Gobierno Constitucional, elegido libremente por el pueblo. Este acto de piratería, ya que Alemania no se encontraba en estado de guerra contra el Estado Español, ha venido a ser un suceso inédito en la Armada española: se lo ha silenciado y tergiversado tratando de confundir a la opinión pública para que no queden pistas que pusieran de manifiesto la traición, la vergüenza y el deshonor, del "caudillo elegido por la gracia de Dios".


   En “Los sueños perdidos. Crónica de un marino español” de Rita Campillo Ruiz, la niña que ayudaba a clasificar documentos y fotografías a su hermano escribió cómo se desarrolló todo un proceso de persecución a muerte de un submarino que era la envidia de todos los militares honrados y con honor por su valentía y expuestas misiones, tanto en tiempo de paz como en tiempo de la asonada que provocó la muerte de más de un millón de personas, destruyó ilusiones, constriñó desde la palabra hasta el pensamiento, y destruyó lo que significa la palabra honor. Ayer, día 13 de diciembre de 2014, se celebró el septuagésimo octavo aniversario del comunicado de guerra que confirmaba la muerte de la dotación del C-3 y su hundimiento, producido el día anterior. Dos marinos pudieron salvarse por encontrarse en la cubierta y, por fortuna, ya no resonarán los cantos de burla del general golpista Queipo de Llano entonando la maldita cancioncilla:

“¿Dónde está el C-3, matarilerilerile?
¿Dónde está el C-3, matarilerilerón?
En el fondo del mar, matarilerilerile
En el fondo del mar, matarilerilerón”

trasluciendo su afán de dominar a través del poder, verdadera obsesión de los débiles como dice Rita Campillo en su libro. Tras dar la orden "Rohr ein Feuer” y comprobado el hundimiento, se retransmitió el siguiente mensaje desde el U-34:

Mensaje F.T. 1603. “1419 U-Boot C Klasse vor Málaga versenkt”, “A las 14:19 hundido un submarino clase C ante Málaga”.
En su cuaderno de bitácora, el Capitán Leutenant Harald Grosse escribió: “Hoy, 12 de diciembre de 1936, a la altura de Málaga torpedeado y hundido el submarino español C-3”.

El mensaje retransmitido por el capitán del U-34, tan concreto como lacónico, confirmó la muerte de unos marinos que impregnaron de honor y valentía las miserias de una guerra que ni la provocaron ni les dejaron acabar:

Comunicado oficial del hundimiento del C-3

Antonio Campillo Ruiz


NOTA ADICIONAL: El libro “Los sueños perdidos. Crónica de un marino español” puede leerse íntegramente en la siguiente dirección: 

http://peppoweb.com/submarinoc3/?page_id=909&lang=es

Esta página web se encuentra enlazada en este blog y se puede consultar en “Webs y blogs amigos”.

Es muy importante visionar el montaje a plena pantalla.