Uno de los mineros que asiste al sermón del predicador, ante las palabras que éste pronuncia, pregunta con asombro a otro: “¿Qué es un fornicador?”, a lo que responde el interrogado: “No lo sé, no soy hombre religioso”. Este es un ejemplo de uno de los ingeniosos diálogos de la película “La leyenda de la ciudad sin nombre” de Joshua Logan, 1968. Esta película posee no solo un magnífico guión de Paddy Chayehsky y Alan Jay Lerner, sino también una inimitable banda sonora.
La película es de imposible clasificación ya que no se la puede ubicar en un solo género cinematográfico por tratarse de una comedia-musical-western, en la que cualquiera de sus tres aspectos son inseparables. Conjugados en esos aspectos aparecen bien el cariz del amor, bien el de la moralidad, ora el de la codicia, ora el de la religión, cuando el de la libertad, cuando el del ingenio, y sobrevolando, especialmente, el de la amistad. Una amistad más fuerte que cualquier otro vínculo artificial creado por hombres catequizadores y predicadores de su vacía verdad.
Cuando Elizabeth, Jean Seberg, plantea la convivencia con los dos socios, su marido, Ben Rumson, interpretado por Lee Marvin, y “Pardner” ("Socio”), Clint Eastwood, mantienen un diálogo adecuado al momento de tan ”descabellada” propuesta:
Elizabeth: “… yo estuve casada con un hombre que tenía dos mujeres, ¿por qué una mujer no puede tener dos maridos?...”
Ben Rumson: “… eso digo yo, socio, este es el país del oro. Aún no lo han estropeado las manos del hombre. Los hombres de esta tierra todavía pueden escupir a la civilización. Nadie depende de nadie. Si uno quiere, ama a su prójimo y, si no le da la gana, no. El individuo aquí es diferente: ¡silvestre, humano, libre…! En todos los Estados predican contra eso todos los domingos pero yo no creo que Dios les escuche, ¿sabes por qué? Porque Él está aquí, en la gloriosa California”.
Elizabeth quiere por igual a su marido y a su socio. Viven un “adulterio” pactado y libre. Ben, mucho mayor que su socio “Padner”, sabe que un día volverá a caminar hacia ninguna parte a crear una nueva ciudad, a vivir como siempre lo ha hecho: como una “estrella errante”. No sabe ni quiere detenerse en un lugar para echar raíces, aunque posiblemente su socio sí lo hará y por eso, dejando a un lado el deseo de posesión, comparte el amor por Elizabeth. Lo que sí sabe es que siempre hay algo que lo impulsa a perseguir fatalmente un nuevo destino y no tiene intención de arrastrar a Elizabeth con él.
El amor que sienten ambos personajes por Elizabeth es diferente pero tiene una meta común: ella debe ser feliz y poseer lo que ha ansiado durante tanto tiempo. “Padner”, más idealista y apasionado, representa la paz del amor y Ben, casi cansado de vivir una existencia continuamente cambiante, representa el amor filial y desinteresado tanto por Elizabeth como por “Padner”.
Ben intuye que su despedida es una bendición hacia los hijos que nunca tuvo, igual que presiente que será recordado en el lugar donde ha sido feliz. Su "soledad sonora” le musita al oído que la felicidad de ellos será la libertad suya.
Es frecuente cometer errores cuando valoramos, juzgamos o no comprendemos, determinadas reacciones de la mujer. Como dije en el comentario anterior, para el hombre no existe error posible ya que no comete ninguna acción censurable. Por el contrario, en bastantes ocasiones, los errores los cometen quienes no logran comprender la naturaleza humana.
En un instante, un solo instante, puede suceder lo que aparentemente nunca sucedería. La madurez conlleva, a veces, el descubrimiento de sentimientos latentes, guardados íntimamente, insospechados incluso para quien los experimenta y de una fortaleza inusitada. “Los puentes de Madison”, de Clint Eastwood, 1995, expresa con una envidiable calidad fílmica esta difícil situación.
Y esto es lo que le sucede a Francesca (Meryl Streep). Su tranquilo, ecológico y pacífico mundo sufre una alteración que ni sabía que existiera. Tan abrumadora perturbación no la había sentido jamás a lo largo de su vida. Vida que, a pesar de ser ya larga, no tuvo oportunidad de agitarse tanto como en ese mágico instante en el que sintió esa conmoción tan alarmante.
Robert (Clint Eastwood), que ni por asomo se había percatado de ese infinito mundo de sentimientos, es ajeno a ellos por diversos motivos: su madurez, su trabajo y sus vivencias personales. Es tan fuerte la explosión interna de Francesca, que Robert, sin saberlo, sin proponérselo ni buscarlo, la descubre con un sobresalto que le provoca una inquietud difícil de asimilar.
No sabe cómo la va a guardar, cómo va a sortear ese fragor tumultuoso que le va envolviendo y se va apoderando de él. Torpemente, sin la delicadeza que poseía en años pretéritos, sólo sabe balbucir, dudar y, por fin, expresar que para él también ha llegado el momento intranquilo de la paz y el amor.
Sabedor de la situación familiar de Francesca, Robert es incapaz de exteriorizar con la sutileza que quisiera sus sentimientos. Además, contribuiría a que ella cayera en el adulterio y realizara una acción rechazable por culpa de la irresistible pasión que siente y no se atreve a proponerle que cometan las locuras que, en la tranquila e inalterable sociedad que la rodea, sólo son propias de jóvenes. Una sociedad que culpa y excluye a quienes se han dejado llevar por el amor y la pasión; en definitiva, una sociedad que impone unas normas represoras.
Ese es el problema, la transgresión social que se agrava por la edad madura. Y piensa Francesca ¿por qué habría de serlo?, ¿qué ocurriría si fuesen jóvenes?, ¿por qué no convertirse en quienes fueron? ¡Hace tanto tiempo que fue joven que ni recuerda cómo son los jóvenes de no ser por sus hijos! Toma una decisión: compra ropa de cuando se sentía joven. Quiere manifestarse renovada y floreciente. ¡Ha pasado tanto tiempo!
El estallido de emociones se materializa estrepitosamente, con pasión, algo que no había sentido nunca. Su delicado sentimiento de amor se ha convertido en un mar de voluptuosidad, tormentoso pero controlable y no obstante esa sujeción posee en su interior un infinito número de vibraciones violentas y peligrosas que lo agitan convulsivamente.
Robert, patético bajo una lluvia que será regeneradora, la espera con desesperación e intuye casi sin verla que, a pesar de esa multitud de sentimientos encongtrados que la agitan, nunca volverá a expresar lo que ha sentido con tanta pasión en un instante. Nunca abandonará a su familia porque aquellos que la rodean no comprenderían los motivos de la apasionada agitación ni la intranquilidad perturbadora que ella ha experimentado. Siempre vivirá con el desasosiego que la hizo renacer en un momento de su vida adulta.
Siempre he rechazado la palabra adúltera. Lo sigo haciendo por su especial connotación: mujer engañosa, malvada y destructora de la estabilidad de una pareja. Pocas veces, casi ninguna, he oído la palabra adúltero. El adúltero no destruye nada ni es malvado: comete el adulterio porque su naturaleza humana así le “ordena” actuar. Es un poco vergonzoso tratar de esta forma a una mujer frente a un hombre.
La obra “El exilio y el reino”, de Albert Camus, contiene un ensayo titulado "La mujer adúltera” y en homenaje a ella escribo este comentario.
Janine, protagonista del ensayo, piensa: “…Veinticinco años. Pero veinticinco años no eran nada, porque le parecía que era ayer cuando aún dudaba entre la vida libre y el matrimonio, y que era ayer también cuando pensaba con angustia en el día en que quizá envejecería sola. No estaba sola, y aquel estudiante de Derecho que no quería dejarla nunca se encontraba ahora a su lado.
…
Permaneció de pie, apesadumbrada, con los brazos caídos, un poco encorvada, mientras el frío subía por sus piernas aplomadas. Soñaba con las palmeras rectas y flexibles y con aquella muchachita que ella había sido.
…
Y en que llegados a la terraza su mirada se perdió de repente en el horizonte inmenso, más allá del palmeral, a Janine le pareció que todo el cielo resonaba con una nota única, brillante y breve, cuyos ecos llenaban poco a poco el espacio por encima de ella, para luego cesar súbitamente y abandonarla a ella, silenciosa, delante de la extensión sin límites.
…
Las estrellas caían delante de ella, una a una, y se apagaban después entre las piedras del desierto, y cada vez Janine se iba abriendo un poco más a la noche. Respiraba, olvidaba el frío, el peso de la existencia, la vida demente o inmóvil, la prolongada angustia de vivir y de morir. Después de haber escapado alocadamente durante tantos años huyendo delante del miedo, por fin podía detenerse.”
Janine e Ilsa son dos mujeres que sienten con intensidad lo que pudo ser y no será jamás. Nada más. Recuerdan, sueñan, sienten individualmente, sin mostrar sus pensamientos y…, se resignan. Siguen los consejos de quien las quiere aunque sea su destrucción interior, aunque ya nunca logren llegar a conseguir lo que quisieron sentir. Son las adúlteras.
No herir a quien se quiere no significa ser adúltera. Es un sentimiento tan humano y tan grandioso que, cuando se dice que se comete un adulterio se debe primero sopesar la connotación, como anteriormente he expresado, con la que se interpreta tal apelativo.
Rick se percata de cómo le han querido y cree que la idealización de su amor es más importante que los sentimientos que se puedan derivar de él. Ilsa debe ser la luz que ilumine a ella misma y a su marido porque, sin ella, la luz se apagaría y serían tres los afectados por un sueño que nunca llegará.