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sábado, 18 de febrero de 2012

EL PASADO

Corrían tiempos DE SILENCIO Y MIEDO

María Luisa Arnaiz Sánchez

El vagón de tercera clase, Honoré Daumier


Corrían tiempos de silencio y miedo, 
de trenes con viejos vagones de madera
y fríos asientos de tercera clase;
años de recuerdo de una infancia gris.
El revisor pedía los billetes,
las mujeres guardaban sus pequeñas botellas de aceite bajo los asientos,
mísero estraperlo de tercera clase, asientos con cinco personas apiñadas.
Pasaban los guardias civiles impertérritos,
tal vez  cansados también de la tercera clase.
Mi padre sacaba los papeles apresuradamente,
no había D.N.I., solamente un papel , una cédula arrugada y sucia.
El tren seguía su traqueteo perezoso, asmático, en la noche,
con paradas interminables en sucias estaciones:
“Policía, documentación”, se encendían de nuevo las luces
de aquellos vagones de madera con gentes sencillas, cansadas y hacinadas
Al hacerse por fin el silencio, yo miraba por la ventanilla los campos oscuros,
las mortecinas luces de los pueblos,
las chispas de la locomotora, los postes eléctricos:
uno, dos, tres, miles pasaban como fantasmas en invierno.
En la noche, la  luna llena velaba las estepas,
la peinaban los árboles o la herían los cables.
Yo soñaba con verla brillando muy quieta sobre otros paisajes,
mientras, en los duros asientos, ya todos dormían.
Sólo un niño soñaba despierto.
Miguel Ángel Yusta

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

viernes, 17 de febrero de 2012

SUBWAY

EN UNA ESTACIÓN DE METRO

Antonio Campillo Ruiz

Metro de París, Eduardo Vicente


Desventurados los que divisaron
a una muchacha en el Metro
y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos
y la perdieron para siempre entre la multitud,
porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por las estaciones
y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles.
Y quizás el amor no es más que eso:
una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación de Metro
y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre.

Oscar Hahn

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

jueves, 16 de febrero de 2012

EL TREN, UNA AMENAZA

UNA CIUDAD Y UN BALCÓN

María Luisa Arnaiz Sánchez

La estación de Lordship Lane, Camille Pissarro

   Allá en los confines del horizonte, aquellas lomas que destacan sobre el cielo diáfano, han sido como cortadas con un cuchillo. Los rasga una honda y recta hendidura; por esa hendidura, sobre el suelo, se ven dos largas y brillantes barras de hierro que cruzan una junto a otra, paralelas, toda la campiña. De pronto aparece en el costado de las lomas una manchita negra: se mueve, adelanta rápidamente, va dejando en el cielo un largo manchón de humo. Ya avanza por la vega. Ahora vemos un extraño carro de hierro con una chimenea que arroja una espesa humareda, y detrás de él una hilera de cajones negros con ventanitas; por las ventanitas se divisan muchas caras de hombres y mujeres. Todas las mañanas surge en la lejanía este negro carro con sus negros cajones, despide penachos de humo, lanza agudos silbidos, corre vertiginosamente y se mete en uno de los arrabales de la ciudad. 
Azorín, “Una ciudad y un balcón”, Castilla

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

miércoles, 15 de febrero de 2012

CLONACIÓN

EL TREN DE LAS SEIS

Antonio Campillo Ruiz

El viaje angustiado, Giorgio de Chirico

   Si al salir del colegio, vengo directamente a casa y por el camino no me paro con nadie, si hago los deberes a todo correr y meriendo en un periquete las seis galletas y el vaso de leche que mamá me deja sobre la mesa de la cocina todos los días, si salgo como un bólido a las cinco en punto y no me caigo rodando al bajar por la escalera como aquel día que me esperaba toda la familia montada en el coche para salir de vacaciones y a mí se me habían olvidado los patines, y subí y bajé como una exhalación, y rodé dos pisos seguidos, rompiéndome una pierna, y hubo que decir adiós a las vacaciones y pasar todo el verano largo y horrible, quieta en la cama sin moverme, aguantando encima las malas caras de todos, que parecía como si yo me hubiera roto la pierna para fastidiar.
   Bueno, pues si, como os decía, salgo a las cinco en punto de casa, y cojo el autobús que para cerca de la estación, y este no encuentra en el trayecto demasiados semáforos en rojo, y en las paradas no suben muchas de esas personas que se eternizan sacando los cambios del monedero, tal vez logre llegar a tiempo para coger el tren de las cinco y veinte. Y suponiendo que éste llegue puntual a Köln, quizá pueda entonces comprobar que es mentira cuanto papá dice sobre la inexistencia de esa otra niña rubia, idéntica a mí, de la que cada vez con más frecuencia nos habla la gente, esa niña que toma todas las tardes en Köln el tren de las seis.
   Porque la podré ver con mis propios ojos. Y me acercaré a ella, y tal vez hasta me atreva a hablarle. Pero entonces ¿qué puede ocurrir? Quizás me cuente cosas que no deseo oír, como por ejemplo que en otras estaciones de otros países también cogen el tren de las seis niñas copias como yo, que todo es cuestión de irlo verificando. Cosas así de horribles y muchas más y peores que no me puedo ni imaginar.
   Pero también puede suceder que acabe los deberes, me coma las galletas, me beba el vaso de leche y no salga de casa para nada, y nunca más pregunte por esa otra niña que coge en Köln el tren de las seis, y me olvide de toda esta historia para siempre, y no vuelva a pensar en ella, ni siquiera ese día probable en que me encuentre a esa niña esperándome a la salida del colegio o mirándome con ojos extraños como ahora desde el umbral de la puerta de mi cuarto.
   Porque si hago como que no la veo, y soy prudente y sensata y todas esas cosas que suelen ser los mayores, e intento además, escapar siempre como de la peste de todo aquello que no entiendo, como aconseja mi padre, tal vez consiga entonces llegar a ser una persona adulta, capaz y aburrida como ellos.
Julia Otxoa

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

martes, 14 de febrero de 2012

SIDERODROMOFOBIA

PERDÍ EL TREN

María Luisa Arnaiz Sánchez

La gare Saint-Lazare à l'extérieur, Monet

Perdí el tren
y el miedo
de perder.
Perdí el tren
y el miedo
de perder
trenes.
Perdí el tren
y el miedo
de perderte.
Perdí el tren
y el miedo
de perderte,
¡tren!
Perdí el tren
por miedo
de perderte.

Angela Leite de Souza 

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

lunes, 13 de febrero de 2012

MIEDO

EL TREN DE LOS HERIDOS

Antonio Campillo Ruiz

Alex Colville


Silencio que naufraga en el silencio
de las bocas cerradas de la noche.
No cesa de callar ni atravesado.
Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
Silencio.
Abre caminos de algodón profundo,
amordaza las ruedas, los relojes,
detén la voz del mar; de la paloma:
emociona la noche de los sueños.
Silencio.
El tren lluvioso de la sangre suelta,
el frágil tren de los que se desangran.
el silencioso, el doloroso, el pálido,
en tren callado de los sufrimientos.
Silencio.
Tren de la palidez mortal que asciende:
la palidez reviste las cabezas,
el ¡ay! la voz, el corazón, la tierra,
el corazón de los que malhirieron.
Silencio.
Van derramando piernas, brazos, ojos,
van arrojando por el tren pedazos.
Pasan dejando rastro de amargura,
otra vía láctea de estelares miembros.
Silencio.
Ronco tren desmayado, enrojecido:
agoniza el carbón, suspira el humo,
y maternal la máquina suspira,
avanza como un largo desaliento.
Silencio.
Detenerse quisiera bajo un túnel
la larga madre, sollozar tendida.
No hay estaciones donde detenerse,
si no es el hospital, si no es el pecho.
Para vivir, con un pedazo basta:
en un rincón de carne cabe un hombre.
Un dedo solo, un solo trozo de ala
alza el vuelo total de todo un cuerpo.
Silencio.
Detened ese tren agonizante
que nunca acaba de cruzar la noche.
Y se queda descalzo hasta el caballo,
 y enarena los cascos y el aliento.

Miguel Hernández

PUBLICACIÓN PROGRAMADA.

domingo, 12 de febrero de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA ÍTACA?

ÍTACA

María Luisa Arnaiz Sánchez

Railroad Sunset, Edward Hopper


Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, de experiencias colmado.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al irascible Poseidón no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que -¡y con qué alegre placer!-
entres en puertos que ves por vez primera.
Detente en los mercados fenicios
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

Kavafis

Traducción de Ramón Irigoyen

PUBLICACIÓN PROGRAMADA