miércoles, 4 de abril de 2018

AMISTAD DETESTABLE


EL SOPLO DE LA MALDICIÓN

Antonio Campillo Ruiz

Alex  Alemany

   Sabía que le encontraría. Sabía de su constancia y había pasado ya demasiados tiempo desde que juró que le encontraría. Le vio acercarse a la casa por el recto sendero entre los grandes árboles. Ordenó construirlo de esta forma para poder verle cuando viniese a buscarle. El paso de los años no le había cambiado excepto en su paso cansino y lento. Cuando se separaron lo hicieron con rencor, con desprecio, a pesar de la amistad que siempre les unió. Se comprendían y eran tan inseparables que todos los conocidos quedaron asombrados de la drástica decisión. Muchos la achacaron a cosas de brujería, ¿Cómo era posible que, estando siempre enfermo, se separase de quien era un apoyo y liberación para él? ¿Cómo fue posible su curación repentina y su inmediata marcha a la lejana casa que ni recordaban los más ancianos dónde se encontraba? Tal vez esta fuese la causa de su separación.

Alex  Alemany

   El día anterior, el atardecer le trajo noticias de la proximidad de su fin. Una luz que anunciaba extraños fenómenos atmosféricos tendía una inmensa escalera en el cielo. La había visto en otras ocasiones. En realidad, había estado casi siempre contemplando embelesado esos cielos que le robaban su bienestar para aplicarlo a su belleza. Eran atractivos pero malvados. Empezó a contar los casos en los que estos cielos se veían desde su casa. A la vez se dirigió a una pequeña estancia de la desvencijada habitación donde se hallaba, separada por una cortina mal colgada y cogió su escopeta de caza. Con igual parsimonia, del cajón medio vacío de un mueble, sus nerviosos dedos cogían, uno a uno, cartuchos de postas para caza mayor. Cargaba la escopeta de repetición con mucho cuidado, como acariciando la entrada de la munición por la ranura del cargador. Cuando la tuvo preparada tiró con fuerza de la corredera de la recámara y un cartucho ocupó su lugar de fuego.

 Alex  Alemany

   Salió de la casa, bajó los cuatro escalones que la separaban del suelo y empezó a caminar hacia la figura que cada vez se encontraba más cerca. A no más de treinta metros una explosión inesperada, un trueno sin rayo, hizo que los pájaros de los árboles vecinos levantasen un vuelo caótico. La figura se desplomó y otra idéntica levantó de ella. Su instinto de cazador le indicó que necesitaría varios disparos para abatirla, para detener su avance. Un segundo, tercero, cuarto, disparos sonaron casi seguidos. Las imágenes iban cayendo y surgiendo nuevamente tras cada una de las explosiones. Esperó a que la última figura caminante estuviese muy cerca de él para disparar su quinto y último cartucho a quemarropa. Un soplo incontenible, un viento infernal, un remolino tan violento como un huracán, le atravesó de lado a lado, le arrastró hasta la casa y lo dejó tendido en la entrada. Al atardecer, el sol cayó como si nunca fuese a levantarse y el cuerpo caído fue adoptando la figura de los escalones en líneas rectas verticales y horizontales.

Antonio Campillo Ruiz

 Alex  Alemany



4 comentarios:

  1. Puede uno hacerse amigo de su propio final y sin duda, es la amistad más fuerte.
    El momento del abrazo final mejor sin armas en la mano...
    Fantásticas las imágenes que has elegido.
    Me encantan los otoños, gracias por este hermoso vídeo. Un abrazo inmenso, mi querido amigo.

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  2. Ufffff, Antonio, qué relato más inquietante. No sé qué ha podido inspirártelo, pero es como una de esas pesadillas de las que cuesta despegarse una vez abiertos los ojos.
    El último párrafo tan bien construído, me ha gustado mucho.
    Un abrazo

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  3. Tenso, así me has dejado, amigo. El cuerpo adaptándose a los escalones, y ese soplo de nostalgia ... a veces creo entender que escribes para alguien que no está en nuestro mundo.
    Un abrazo ... Muy fuerte.

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  4. Es espeluznante lo que la mente puede hacer con las imágenes del recuerdo, de ciertas relaciones destructivas.
    Un abrazo de anís.

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