SABOR A
ELLA
Antonio Campillo Ruiz
Ilene Meyer
Había
estimulado tan intensamente su sensibilidad que, en su paseo habitual, aquella
fresca mañana preñada de mil aromas precursores de un cambio estacional tan
bello como esperado, percibió el suelo que pisaba, las construcciones y
espacios de su pequeña ciudad como si fuese la primera vez que la visitaba. La
ciudad es de un tamaño que se adaptaba muy bien a sus condiciones físicas,
cuando te empezabas a sentir fatiga durante un paseo, se acababa. Ya no había
más aceras ni construcciones. Su tamaño favorecía el encuentro muy frecuente de
amigos y, fortuitamente, se saludaba a la única señora taxista porque una vez
te llevó en su coche a un pueblo vecino o
al señor que vendía, rápida y nerviosamente, su mercancía en algún paseo, tal
cual personas muy conocidas. Sí, poseía las medidas precisas para sentirla y
para vivirla.
Aquella mañana, quedaba absorto ante un árbol que defendía su
derecho a vivir entre un pequeño maremagnum de personas que caminaban
prestamente a su alrededor, ante la pequeña ventana con parteluz de una de las
dos iglesias que existían, la una con oropeles y pinturas irritantes que nunca
visitaba, excepto para enseñarla a algunos amigos de otras ciudades, no sin la
consiguiente desgana y critica a la carencia de diseño y buen gusto, la otra
románica, con un ábside precioso exterior e interiormente. Esta recoleta
iglesia sí la enseñaba cual cicerone orgulloso. Sus pesados pilares, sus arcos de
medio punto tan perfectos como severos, su preciosa girola con las livianas
ventanas con parteluces hacia el exterior y esa columnata, tan altiva y bella
como maciza, hacia el altar y por último, lo primero que le extasiaba al
contemplarlos: esos inmensos contrafuertes que se elevaban cual pequeños cortes
de paredes sólo para ayudar. Hacía pocos años que los habían restaurado y sus
piedras de arenisca refulgían a la intensa luz que se proyectaría desde estas
fechas hasta ya muy introducido el invierno próximo.

Se encontraba tan exaltado
y sus sentidos tan alterados que miraba y miraba sin cesar hacia todos lados,
llegó a apreciar la rugosidad de las altas paredes de los edificios modernistas
que conformaban los lugares característicos de algunas avenidas. Sus brazos y
manos poseían una longitud inusitada, observaba con atención a todas las
personas con las que se cruzaba, respiraba con ansia, era feliz incluso con su
barba, que no afeitaba desde hacía tres días porque así podía rozar levemente
con sus labios las puntas del pelo que ella había besado cuando se encontraban recién
afeitados, sin percatarse de las veces que se había lavado, cepillado los
dientes, etc. No quedaba ni rastro del sabor a ella pero le gustaba imaginar
que iba siempre con él. Enfrascado en sus pensamientos no percibió la presencia
de una mujer joven que portaba un niño sobre su pecho que dijo:
-
Señor,
no tengo para comprar leche para mi bebé… Dios se lo pagará…
Aquel
susurro le detuvo bruscamente. Se desvanecieron sus pensamientos y una
inyección de adrenalina corrió loca por sus arterias. Su corazón saltaba con violencia y
la indignación cayó sobre él como un inmenso jarro de agua fría. ¿Cómo era
posible? ¿Una mujer joven y en estas condiciones de pobreza e infelicidad?
Pero…¿cómo? En este país del que se sienten protectores magnánimos quienes le
han hundido, la miseria, la pobreza y la infelicidad se encontraban en
cualquier rincón. Muchos amigos siempre decían, ante las lamentables palabras
expresadas por quienes eran los desheredados de todo y todos, que dar, siquiera
una pizca de ayuda a estas personas, fomentaba la mendicidad porque lo gastaban
en drogas y vino, como si este no fuese, igualmente, una droga legalizada y de
pingües beneficios para el poder establecido.

En su discreción, siempre se
limitaba a dejar que cada uno dijese lo que pensaba. Nunca había expuesto más
argumento que el que siempre pensó como justo. La administración, es decir,
todos nosotros, deberíamos cuidar que estos casos no se produjesen facilitando una
ocupación digna a quienes eran los desposeídos de esta injusta, retrógrada y
maldita sociedad inventada por los poderosos. Y para ello debería invertir,
como en varios lugares del país ya se había realizado, los impuestos de quienes
hemos tenido mejor suerte en la vida aportamos para que todos, se repitió,
todos, los problemas de la sociedad se pudiesen minimizar hasta su
desaparición. No ha sido así. Nunca ha sido así y, además, debemos agradecer a
las sempiternas y poderosas religiones, de cualquier signo, que hayan fomentado
las palabras piedad y pobreza. Volvió en sí de este instante en el que tantas y
tantas barbaridades constatadas pasaron por su cabeza y allí estaba aquella
mujer con su mano extendida.
-
No,
señora, no, posiblemente su Dios me lo tenga en cuenta. No quiero que me lo
devuelva. Su hijo y usted deben vivir y sentir la felicidad.
Dio a la mujer un billete que sólo podría
ayudarla por uno o dos días y separó su mano que ella quería coger como
agradecimiento.
-
No
señora, jamás agradezca lo que debe ser justo y merece.
Al
seguir su marcha hacia los sentidos excitados, hacia su camino de felicidad
desde hacía unas horas, su mente se había nublado, su espíritu atormentado y su
sensibilidad, aun siendo infinitamente emotiva, ya no se prestaba a aquel juego
de felicidad que, pensó, no era justo que sintiese mientras la guadaña de la
miseria provocada por el egoísmo y la soberbia de mandatarios ineptos
existiese. El amor por la mujer que amaba había estimulado su sensibilidad pero
ese mismo amor sería más puro si empleaba parte de él en compartirlo entre ella
y cuantas otras personas desconocedoras de la felicidad pudiese abarcar.
Antonio Campillo Ruiz
Ilene Meyer