sábado, 13 de agosto de 2011

POEMAS ANDALUSÍES VIII

DELICIAS

María Luisa Arnaiz Sánchez

Guillaume Seignac

                                        EVOCACIÓN DE SILVES
                                            AL-MUTAMID, REY DE SEVILLA, XI

     Ea, Abu Bakr, saluda mis lares en Silves y pregunta
     si, como pienso, aún se acuerdan de mí.
     Saluda al Palacio de las Barandas, de parte de un doncel
     que siente perpetua nostalgia de aquel alcázar.
     Allí moraban guerreros como leones y blancas gacelas,
     y ¡en qué bellas selvas y en qué bellos cubiles!
     ¡Cuántas noches pasé divirtiéndome a su sombra
     con mujeres de caderas opulentas y talle extenuado;
     blancas y morenas que hacían en mi alma el efecto
     de las espadas refulgentes y las lanzas oscuras!
     ¡Cuántas noches pasé deliciosamente junto a un recodo del río
     con una doncella cuya pulsera emulaba la curva de la corriente!
     Se pasaba el tiempo escanciándome el vino de su mirada,
     y otras el de su vaso, y otras el de su boca.
     Las cuerdas de su laúd heridas por el plectro
     me estremecían como si oyese la melodía de las espadas
     en los tendones del cuello enemigo.
     Al quitarse el manto, descubría su talle, floreciente rama
     de sauce, como se abre el capullo para mostrar la flor.

                                              LA HERMOSA EN LA ORGÍA
                      MARWAN BEN ABD AL-RAHMAN, PRÍNCIPE OMEYA, XI

Su talle flexible era una rama que se balanceaba
sobre el montón de arena de su cadera
y de la que cogía mi corazón frutos de fuego.
Los rubios cabellos que asomaban por sus sienes
dibujaban un lam en la blanca página de sus mejillas,
como oro que corre sobre plata.
Estaba en el apogeo de su belleza,
como la rama cuando se viste de hojas.
El vaso lleno de rojo néctar, entre sus dedos blancos,
como un crepúsculo que amaneció encima de una aurora.
Salía el sol del vino y era en su boca el poniente,
y el oriente la mano del copero que, al escanciar,
pronunciaba fórmulas corteses.
Y, al ponerse en el delicioso ocaso de sus labios,
                          dejaba el crepúsculo en su mejilla.

2 comentarios:

  1. Deliciosas delicias de letras andaluzas, María Luisa, gracias por compartirlas.

    Besos.

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  2. Y ¿sabes qué me llamó la atención? Que en el poema del príncipe omeya se cite a la mujer de pelo rubio, pues las rubias eran las preferidas de los árabes.

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