jueves, 18 de marzo de 2010

UN TRÁGICO AMOR


Abelardo Y ELOÍSA

María Luisa Arnaiz Sánchez

   Pedro Abelardo nació en 1079. A los 35 años se trasladó a París, donde triunfó en la escuela catedralicia de Notre Dame como maestro laico, suscitando la envidia de otros profesores que, pasado el tiempo, aprovecharían su relación con Eloísa para expulsarlo. Gran parte de su vida es conocida gracias a su autobiografía “Historia calamitatum” (Historia de mis calamidades).


    Eloísa, nacida en 1101, era sobrina de Fulberto, canónigo de la catedral de París, quien en 1115 encargó su educación al floreciente maestro. La confianza entre ambos dio paso al amor, o a la seducción, según se enjuicien los testimonios dejados por el propio Abelardo. Así, en una carta a un amigo confesaba: “inflamado de amor, busqué ocasión de acercarme a Eloísa y en consecuencia, tracé mi plan”. Del mismo modo en su autobiografía dejó escrito: “los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura era el tema de nuestros diálogos, intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros”.


   El escándalo estalló cuando Eloísa se quedó embarazada (ella se trasladó a Bretaña a casa de una hermana, donde dio a luz a un niño, al que llamó Astrolabio) y Fulberto exigió a Abelardo que se casara a pesar de la renuencia de Eloísa que no quería entorpecer la carrera de su amado, pues las dignidades eclesiásticas se concedían únicamente a los solteros. La boda se produjo con el compromiso de no hacerla pública, sin embargo, la difusión del acontecimiento por parte del canónigo hizo que Abelardo enviara a Eloísa al monasterio de Argenteuil.


   Acto seguido, el tío sobornó a un criado de Abelardo y junto con otros servidores castró al fogoso amante. (El criado y un agresor fueron capturados, siendo condenados a perder los ojos y a ser igualmente emasculados. Al tío se le desterró de París y se le confiscaron sus bienes).


   Dado que las leyes canónicas no permitían a los mutilados ejercer oficios eclesiásticos, Abelardo permaneció durante un tiempo en el monasterio de Saint Denis como monje e insistió en que Eloísa se hiciera monja. Sin otra alternativa, ella tomó los hábitos en 1118 y él, pasado un tiempo, se dedicó de nuevo a la enseñanza y al debate filosófico. 


   Ambos mantuvieron un intercambio epistolar durante más de veinte años. Si ella escribía que “para hacer la fortuna de mí, la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz”, él la desengañaba con el ofrecimiento de sus restos: “entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar en ellas ardores criminales: entonces me verás, para fortificar tu piedad con el horror de un cadáver, y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre”.
 

   Abelardo murió a los 63 años y Eloísa a los 62. Desde 1817 reposan en el cementerio de Père Lachaise de París. Allí reciben el tributo de amantes anónimos que cada día depositan flores frescas sobre su tumba.

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