miércoles, 9 de febrero de 2011

ABUSOS

ACERCA DE LOS SALVAJES

María Luisa Arnaiz Sánchez

Arrigo el peludo, Pedro el loco y el enano Amón, Carraci

   En La Laguna tuvo lugar en junio de 2008 la I Muestra Internacional del Libro Antiguo y, por una de las exposiciones que se efectuaron, supe de la existencia de Pedro González Selvaggio, un tinerfeño cuyo segundo apellido es simplemente el apodo que se le daba: “salvaje”. Nacido en 1537 y muerto en 1618, decía descender de un mencey guanche, si bien esta afirmación no contrastada pudo servirle para añadir prestigio a su condición. Padecía una enfermedad que recibió más tarde el nombre del castillo donde se guardaron diversos retratos de él y su familia: se trata del síndrome de Ambras

Castillo de Ambras, Innsbruck

   Con solo diez años fue enviado como regalo a Enrique II antes de su coronación y parece que inmediatamente cautivó al rey porque le recordó a los raros salvajes que se reproducían en cuadros y tapices. Dado que abundaban las descripciones fantásticas sobre el mundo recién descubierto y que la fama de los reyes se veía incrementada por la posesión de seres exóticos, Enrique II de Francia lo protegió y le procuró educación. Se formó humanísticamente y aprendió latín.

 Pietro y Antonieta González

   Cuando el rey falleció, pasó al servicio de su heredero, Francisco II, que lo nombró "sommelier de panneterie bouche" en 1559. "Es muy probable que la reina de Francia, Catalina de Médicis, le consiguiera a su mujer, una dama francesa muy hermosa con la que tuvo siete hijos, cuatro de los cuales eran peludos como el propio González", dice el profesor Roberto Zapperi en “El salvaje gentilhombre de Tenerife”.  

Pietro y su esposa Catalina, Joris Hoefnagel

   Hacia 1590 se trasladó a Parma y se puso bajo el favor del duque Ranuccio Farnesio. Enrico, el hijo mayor, entró en la servidumbre del hermano del duque, el cardenal Farnesio, y Antonietta fue entregada a Isabella Pallavicina, casada con un primo de esta poderosa familia. En 1594 Ulisse Aldrovandi conoció a Antonietta, la examinó y escribió: “cubierta de pelo, excepto las narices, los labios y alrededor de la boca… tiene pelos en gran parte de su espalda y pelos amarillos que le cubrirían hasta el inicio de las ingles”. De los hijos que no heredaron la enfermedad se ignora todo. 

Antonietta González, Lavinia Fontana

   Sin gozar de los mecenas de la familia canaria, la tristísima historia de Julia Pastrana, mejicana nacida en 1834 que padecía el síndrome de Ambras, pone de manifiesto no solo el morbo de los humanos por lo que se aparta de lo corriente, sino la falta de escrúpulos de quienes buscan enriquecerse. Exhibida como “la mujer más fea del mundo”, su marido la embalsamó con su bebé para vivir del negocio. Se fotografió a otros hombres y hace poco la niña tailandesa Supatra Sasuphan fue dada a conocer por los medios.

Julia Pastrana y Supatra Sasuphan

 Fotografía de Charles Eisenmann, 1887

   Los romanos llamaban “bárbaro o salvaje” al que no seguía sus costumbres y los hebreos al excluido de la comunidad por infringir los preceptos de Jehová; para unos el concepto era social, para otros moral. El “homo sylvestris”, vinculado a los sátiros y a los ermitaños, se introdujo en Europa como alegoría de la pérdida de la inocencia o de la marginación según Hayden White y se retrató animalísticamente: vivía en la naturaleza, era violento, lascivo, y tenía el cuerpo cubierto de pelo. Como evocación del dios Pan simbolizó “los deseos ocultos de la sociedad

Ninfas y sátiros, Rubens

   La sugestiva imagen del salvaje masculino se empleó en heráldica como soporte de los blasones y escudos de armas. La de la salvaje femenina también gozó de predicamento pero difundía solapadamente la idea de una sexualidad desordenada con el fin de hacerla repulsiva. Puesto que la mujer “salvaje” era objeto de deseo, hubo que hallar la manera de contrarrestar su atracción.

Catedral de Murcia y “Salvajada

   Así pues, apareció la figura de un ser fantástico, el unicornio, al lado de una delicada doncella dentro de un jardín. La imagen no fue producto del azar sino que se creó con doble intención: símbolo cortés del deseo sublimado y símbolo cristiano de la encarnación. En consecuencia, es necesario revisar el significado “mítico” que se ha contado acerca de esta “publicidad” engañosa. 

Jeune Fille bleue, tapiz alsaciano del XV

    La Iglesia católica en alianza con los poderosos inculcó las nociones de pureza y castidad a través de estas ilustraciones y asentó en el imaginario colectivo las ideas que mayor control le conferían sobre las almas. Hasta el más ingenuo percibe la similitud entre el cuerno del animal recostado en el regazo de la joven y el miembro viril enhiesto, luego esta imagen, que reúne las oposiciones “dama frente a salvaje” y “jardín frente a naturaleza”, propaga los postulados eclesiásticos:

a)   La mujer virtuosa domina el deseo sexual.
b)   La concepción tiene que ser legítima.
c)    La castidad es el estado perfecto

 La Virgen y el unicornio, Domenichino

   También de forma antitética, junto a la tríada “árbol, agua y joven” como espacio del encuentro maravilloso, apareció el espacio inhóspito de la “serrana” al menos en nuestra literatura. Esta criatura salvaje se relacionaba con quienes pasaban por los lugares en donde pacía su ganado y daba cobijo e información a los hombres que se lo pedían pero robaba, copulaba e incluso mataba. El Arcipreste de Hita muestra cómo se conducía:

“Serrana sennora,
 tanto algo agora
 non tray’ por ventura,
 mas faré fiadora
 para la tornada.”
 Díxome la heda:         
“Do non hay moneda
non hay merchandía   
nin hay tan buen día,
nin cara pagada,
non hay mercadero
bueno sin dinero,
e yo non me pago
del que non da algo,
nin le do posada. 

 Tapiz con fiesta cortesana

   Frente a esa visión de la mujer salvaje, devoradora de hombres y taimada, en medio de la naturaleza, surgirá la del hombre despechado que doma sus pasiones y castiga su cuerpo dentro del protector cerco de la naturaleza. Así oteó don Quijote a Cardenio: “vio que por cima de una montañuela que delante de los ojos se le ofrecía iba saltando un hombre de risco en risco y de mata en mata con estraña ligereza. Figurósele que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna”

Familia de salvajes

   Pues bien, por los paisajes figurativos presentados se evidencia que:

a) El punto de vista con que se construye una imagen no es baladí sino que responde a un fin determinado.
b) Mantener en la ignorancia, privar de información, o intoxicar con mentiras, también responden a un propósito.

   Por los fragmentos literarios aducidos se comprueba que:

a) La naturaleza abierta, no domesticada, es maléfica para el hombre.
b) La naturaleza cerrada, domesticada, es benéfica para el hombre.
c) Naturaleza y sensualidad son el “desorden”.

Salvajes degollando a una mujer, Goya

   Bien. El paso del tiempo trajo nuevas representaciones de la imagen del salvaje: desde el tópico dieciochesco del “buen salvaje”, pasando por el hombre lobo y la mujer pantera, hoy personifica bien las fuerzas primarias, bien el inocente sacado de su paraíso. Sin embargo, ¿cómo luchar contra ideas consolidadas? El que quiera entender...

María Magdalena


2 comentarios:

  1. Sobrecogedoras historias sobre el síndrome de Ambras. Y un buen estudio de los repartos de roles, en cuanto a la sensualidad, entre hombres y mujeres, fruto de la culpa que tanto sembró la ideología judeocristiana y que alcanzó a otras religiones. En todas ellas, la mujer digna tenía que ser relegada al papel de mera paridora, o virgen, cualquier manifestación de libertad de sentimientos y disfrute de los sentidos, se consideraba indigno... y se sigue considerando así en muchos lugares del mundo. Un fuerte abrazo.

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  2. Lo peor es la superación aparente de la “culpa”. No hablo del goce físico que apruebo, sino de que la mediocridad de muchos hombres aún se cree socialmente culpa de las mujeres.
    Un beso.

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