viernes, 15 de noviembre de 2019

UN PLAN PARTICULAR


UNA VIDA DE RECUERDOS

Antonio Campillo Ruiz

 ©George Grie / Джордж Грие

   Les vio venir cuando escuchaba una música que derramaba un torrente de imágenes. Volvía a mirar con asombro aquellas imágenes que su recuerdo mantenía tan imborrables como el día que pudo escuchar y ver, a la vez, la magia de un relato. Lamentaba tener que cortar en cualquier lugar la música. Después tendría que volver a empezar desde el principio. En fin, era domingo y la visita era obligada, aunque siempre pensaba que no querida. La familia llegó a su lado y, cogiendo algunas sillas se sentaron a su alrededor. Su silla de ruedas era cómoda y se propuso manifestar su estado tal y como quería la familia. Su hijo mayor fue el primero en preguntar cómo se encontraba y él, con lentitud, repasó su figura de cabeza a pies con una mirada perdida. No contestó y su hijo, como cada domingo, realizó un gesto de impaciencia. Los demás callaban y miraban el entorno bellamente ajardinado. Empezaron a hablar entre ellos y poco a poco su conversación dejó de lado el lugar en el que se encontraban y el interés por su persona. Continuaba escuchando todo lo que decían y escrutaba de reojo a cada uno, tratando de analizar y recordar cada sus expresiones que, casi en todas las visitas, se repetían.

 ©George Grie / Джордж Грие

   Hacía ya dos años que estuvo, durante una semana, pensando serenamente en lo que iba a hacer, ahora, que su vida había cambiado tanto. Se había quedado solo y tenía que organizar su nueva vida. Muchas posibilidades se agolpaban en su mente y, una tras otra, por distintas razones, fueron descartadas. El tercer día de aquella semana, cansado, salió a dar un paseo y encontró a un amigo que le relató, inquieto y preocupado, que había tenido que internar a un familiar porque su mente estaba afectada por un mal irreversible. Su turbación le preocupó y con un gesto de amistad le palmeó la espalda. En ese momento, un pensamiento empezó a buscar un lugar en él. Encontró su perenne sueño, aquel que, con reiteración repetía que en un bosque intrincado existía la belleza, la paz, la serenidad y la posibilidad de apreciar una Naturaleza virgen. Debía aproximarse lo máximo a este sueño.

©George Grie / Джордж Грие

   Su familia esperaba de él una renuncia de todo su patrimonio, en favor de ellos, prometiendo que cada mes, una de las tres familias se haría cargo de él, de por vida. ¡Con lo que había trabajado por y para ellos! Era un insulto a su inteligencia. El encuentro con su amigo le había abierto su capacidad de reorganización. Sentado frente a la ventana y mirando al horizonte de un mar encrespado por un viento persistente, se ensimismó en un plan que empezaba a gestarse. Debía ser cauto, muy buen actor y no era ni una ni otra cosa. El problema era autoconvencerse de poder llevarlo a cabo. Lo primero que hizo fue acumular bibliografía sobre el mal que su amigo le había contado que padecía su familiar. Estudió mucho material de diferentes fuentes bibliográficas. La semana que se había marcado como única para decidir su futuro, se convirtió en un mes de estudio. Posteriormente, trató de abrirse camino con la acción dramática. Otro mes.

©George Grie / Джордж Грие

   Aprobadas, según su criterio, ambas, adquirió aparatos de alta tecnología y empezó a seleccionar sus recuerdos, algo que le resultó mucho más difícil que todo el trabajo anterior. Empezó por archivar en los aparatos, cuasi miniaturizados, todo aquello que para él había sido imperecedero. Lentamente, clasificando todo con meticulosidad, almacenó trabajos propios y ajenos, textos, música e imágenes que habían influido con potencia en el devenir de su vida anterior, cuando se sentía feliz y en compañía. Era un trabajo agotador y complejo porque no quería dejar atrás nada, aun sabiendo que muchos recuerdos quedarían en un olvido no deseado. Más de otro mes tardó en recopilar y ordenar todo lo que creyó o recordó como importante. Ahora empezaba lo verdaderamente difícil. Primero redactó un testamento notarial en el que cláusulas aconsejadas por expertos cerraban absolutamente el acceso, en cualquier circunstancia, a sus bienes hasta que no muriese. La segunda parte fue solicitar visitas médicas, a ser posible con amigos en los que podía confiar. No tardó mucho en hacer comprender a dos de ellos, en ayudarle con su plan. Lo explicó pormenorizadamente a los dos y, tras los titubeos y consejos contrarios normales, prepararon todo un dosier médico que diagnosticaba una grave enfermedad mental irrecuperable.

©George Grie / Джордж Грие

   El tercer paso fue encontrar una residencia en la que la atención y bienestar fuesen muy buenas. No era barata pero se lo podía permitir. Desde ese momento su práctica de actor novel empezó a hacer estragos entre sus familiares. A las pocas semanas, él mismo los reunió y les comunicó que había decidido ir a vivir sus últimos días en una residencia que ya habían contratado sus amigos médicos.   De esta forma nadie tendría que cuidarle en unos instantes tan duros y le podrían visitar con la frecuencia que ellos quisieran. Creyó escuchar un largo suspiro de satisfacción multiplicado por todos. Con la premura de quien desea descargar un camión de basura maloliente, decidieron que lo mejor era que al día siguiente se trasladase a su nuevo hogar. Y allí estaba. Tenía una habitación grande y cómoda en la que fue ordenando todo lo que había acumulado de su pasado, libros y aparatos electrónicos repletos de todo tipo de materiales. Orientada al sureste, una gran ventana se iluminaba al amanecer y desde ella un extenso jardín con miles de plantas se extendía hasta un monte cercano. Sus cuidadores le trataban como a un huésped de hotel y, a los pocos días, ya poseía unas rutinas que serían las que realizase durante los años que estuviese en aquel lugar. Su camaradería con los cuidadores, gimnasta y personal de la cocina era día a día más estrecha y agradable. Pero, los mejores momentos del día los pasaba escuchando su música a la que ponía imagen si era la banda sonora de una película o el recuerdo de las personas que llenaban el auditorio donde la había escuchado. El visionado de las imágenes estáticas o dinámicas de miles de momentos mágicos siempre las escrutaba con mucho interés porque, alguna de ellas, era compleja de recordar o distinguir de otras muy similares. Se sentía satisfecho de su pequeña idea y el exitoso desarrollo de la misma.

©George Grie / Джордж Грие

   Las primeras semanas de su estancia, la familia trató, por todos los medios, de saber si podían desahuciarlo por incapacidad mental y él, en cada visita, se comportaba más ausente de todo lo que le rodeaba. Supieron de su testamento y solicitaron una copia que llevaron ante profesionales para estudiar la posibilidad de hacerse con su herencia. Todo fue en vano. Hasta su muerte nada podrían tener. Mientras, su vida se desenvolvía entre amigos y conocidos durante el tiempo que tenía libre, porque su trabajo de revivir era lo más importante.

Antonio Campillo Ruiz

©George Grie / Джордж Грие




2 comentarios:

  1. Un relato que, seguro, muchos otros antes del protagonista habrán imaginado como un proyecto maquiavélico.
    Para saber quienes lo querían de veras. Y quienes eran los que tan sólo esperaban ver al finado en su penúltima morada, sin molestar y con todos sus bienes en manos de sus deudos.
    Tiene un sabor agridulce tu texto, con su punto de humor negro.
    Pero apetecible de poner en marcha...
    Un abrazo.

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    1. Cierto, mi querida amiga ANAMARÍA, creo que es apetecible, mentalmente sano y sereno este plan, antes de enfrentarse a la Parca. En una sociedad que induce a sus componentes a ser más egoísta, dia tras día, poco objetable es que una persona trace su “mínimo plan maquiavélico” para protegerse y proteger su yo. Lo que ha sido. Lo que ha supuesto para él mismo la gestión que ha realizado de su vida. Es hora de decir NO a quien no quiere aprender, descuida, agobia, olvida… lo que fue, en beneficio de lo que es y será. Un abrazo.

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